FRANCISCO FERNÁNDEZ GARCÍA/ARCHIVO MUNICIPAL DE CARAVACA

El 28 de septiembre de 1770 D. Pedro Pablo Abarca de Bolea y Ximénez de Urrea, décimo Conde de Aranda, como presidente del Consejo de CastRetrato del Conde Arandailla, ordenó a todas las villas y ciudades del reino la elaboración de un censo sobre “las Hermandades, Cofradias, Congregaciones, Gremios y quales quiera otra especie de gentes coligadas que zelebran una o mas juntas en el año, con motivo de funcion de yglesia, u otro, sus gastos de donde probienen, quantos hacen, si estan fundadas con Real Consentimiento o con aprobacion del Ordinario solamente, o sin uno ni otro”. El interés de esta averiguación residía en el proyecto de reforma política auspiciado por este estadista que, desde su llegada al Consejo de Castilla, intentó aplicar criterios procedentes de la Ilustración para acabar con los privilegios de la iglesia y sus allegados, en este sentido podemos recordar su importante actuación en el proceso que concluiría con la expulsión de los jesuitas, consiguiendo con ello el aprecio de las clases mas populares. Sin embargo, sus divergencias con el rey Carlos III, determinaron su alejamiento de la política activa, siendo nombrado embajador en París tras su retirada del Consejo de Estado.
Desde Murcia la Real Orden fue comunicada a Caravaca por carta remitida el 14 de octubre por D. Antonio Carrillo, Intendente del Reino de Murcia, siendo presentada ante el concejo en la sesión celebrada el 26 de ese mismo mes, acordando su cumplimiento así como la formación de una comisión integrada por los regidores D. Celestino Torrecilla, D. Manuel Portillo y D. Nicolás de Cuenca para “instruian el contenido de dicha orden”. El informe se concluyó en junio de 1771, está rubricado el 17 de ese mes, y fue presentado en la sesión celebrada por el ayuntamiento el 22 de junio, explicando los comisarios la imposibilidad de completar el encargo puesto que había desaparecido “el Libro antiguo de la Cofradía de Señor San Sebastian”. En vista de lo cual decidieron darlo por concluido y enviarlo rápidamente al Intendente del Reino de Murcia para que a su vez lo remitiera al Consejo de Castilla, acompañado del testimonio del acuerdo.
El contenido del informe es muy interesante para conocer las diversas cofradías existentes en Caravaca en esa época, aunque para el caso que nos ocupa solo vamos a tratar lo referido a la Cofradía de la Cruz. Según el informe, que finalmente fue redactado por el regidor D. Manuel Portillo y el abogado de los Reales Consejos D. Juan Pedro Casaus Lostado, la Cofradía de la Cruz no era de fundación real y tenía aproximadamente dos siglos de antigüedad (gracias al interesante artículo de Vicente Montojo “El origen de la Cofradía de la Santísima y Vera Cruz de Caravaca”, publicado en larevista de fiestas de este año, sabemos que su fundación tuvo lugar en el año 1556), disfrutando del “consentimiento tazito de todos los ordinarios eclesiasticos que ha havido y ay de presente en esta dicha Villa, con varias Bulas Pontificias, privilegios e Yndulgencias para sus funciones”. El informe continúa aportando otros detalles relevantes como que el patronato sobre el castillo y su fábrica correspondía al “Serenisimo Señor Ynfante Duque de Parma”, comendador de Caravaca, que anualmente celebraba una reunión para elegir y nombrar mayordomo “lo que es voluntario en los cofrades o devotos” y que no tenía bienes raíces ni censos, ya que estos se habían cedido tiempo atrás para la fábrica de la Cruz.
Las anotaciones referidas a la Cofradía de la Cruz concluyen con un detallado balance de los ingresos y gastos de la misma durante el último ejercicio, resultado haber 5.369 reales de ingresos y 10.217 reales y 17 maravedíes de gastos, por lo que resultaba alcanzado e lmayordomo en 4.848 reales y 17 maravedíes. Los ingresos pertenecen en su mayoría a la venta de los productos recogidos en calidad de limosna (103 fanegas de trigo, 20 de centeno, 150 de cebada, 51 corderos, 80 arrobas de mosto, 13 de cañamón, 2 de borra y 2 fanegas de cañamón).
El resto se corresponde a la limosna y donativos de los caravaqueños, “quatrocientos y cincuenta reales poco mas o menos que se recogen entre año en este pueblo”, y 90 reales entregados por el Comendador.
El capítulo dedicado a los gastos incluye las referidos al mantenimiento del culto y servicio religioso, sacristán, campanero, organista, música y cera (el salario del capellán corría a cargo del ayuntamiento), así como a la recolección de limosnas y su transporte, “vna fanega de trigo para ostias al capellan, algodon y incienso” y mil reales para “el gasto peculiar de la Casa”. Muy significativos son los referidos a las fiestas: 2.631 reales para la pólvora de las tres festividades (mayo, julio y septiembre), 450 para los sermones de las funciones de mayo y septiembre, 1.030 para “refrescos de dichas funciones”, 1.233 para pago de los Armados y “garvanzos, abellanas y vino que se da a los soldados”, 760 para pagar la danza de gitanos, 666 para los tambores, clarines y dulzainas, 120 para “la Tropa que acompaña al Capitan”, 70 para los sargentos y 200 para el vestido de un “Page de Jineta” que figuraría en el cortejo. Hay que señalar que en esta época no existían los grupos de moros y cristianos y era una soldadesca armada con mosquetes y trabucos formada por voluntarios y devotos quienes acompañaban a la Stma. y Vera Cruz en sus traslados procesionales.
A la vista del informe, el Intendente del reino de Murcia, recomendó la extinción de las 18 cofradías existentes en Caravaca, manteniéndose las festividades, que se realizarían con mayor austeridad “como corresponde y alivio, devocion y Religion bien entendida del Publico”, quedando en el caso de la Vera Cruz reducida a un solo día, el 3 de mayo, y a una sola“ procesion sencilla del Clero, la Villa y Devotos que quieran asistir para bajar la Cruz á la Parroquia, celebrar su Misa y Sermon y restituirla á su Templo”.
Los elementos negativos que le llevaron a tal recomendación se fundamentaban, en la caso de la Cofradía de la Cruz, en el elevado gasto de sus festividades: “El gasto excesivo de Fuegos, Toros y manutencion del Culto todo el año que hacen los Mayordomos de su Bolsillo, …, sin la impertinencia de estar ocupados y sus familias todo el año” y en otras razones de carácter cívico, moral y religioso, como la existencia de la soldadesca, las velas en el interior de las iglesias, la irreverencia de arrojarse al agua tras ser bendecida y el abuso del consumo del vino igualmente bendecido por la Cruz: “la varvara soldadesca que dura desde la vispera de la celebridad, con mosquetes que sobre estremecen los edificios del pueblo, lo exponen á infinitas desgracias. La concurrencia del Pueblo en el templo, con la irreverencia y Paganismo de comer y dormir en el toda la noche ombres, y Mugeres juntos. El Baño de la Cruz en un estanque de Agua donde con la misma irreverencia, preocupacion y desorden a la vista de la Cruz, del Clero y Pueblo numeroso, se arrojan indistintamente Ombres, Mugeres y Niños haciendo creher que todos o los más salen sanos de sus dolencias. El Baño de la misma Cruz en vino que desde luego sirve para llenarse de el en la misma Sachristia de la Yglesia, regalar á los principales del Pueblo y Baptizar las Cubas de los Cosecheros, consumiendolas en continuas borracheras de aquellos dias como por especie de Culto a la Cruz”.
Además de estas razones, en la decisión de Intendente influyeron también otros factores, como el excesivo aumento de los precios durante las fiestas, especialmente los alojamientos, la perdida de jornales de muchos trabajadores y el derroche que estos hacían de sus escasos recursos, así como las disputas y altercados que se sucedían con frecuencia: “El crecido intolerable gasto de los Hospedages todos los años por la concurrencia numerosa que desde luego trae consigo, no solo la distraccion y perdida de Jornales, pero tambien el dispendio de muchos gastos en las Jentes Jornaleras y demas desordenes e Ynsolencias consiguientes en tales concurrencias”.
Por fortuna, todas estas diligencias no pasaron de la fase de instrucción pues, como ya se ha dicho, el Conde de Aranda cesó en el Consejo de Castilla en 1773, pasando a residir durante 10 años en París, donde ocupó el cargo de embajador. Regresó a España tras la muerte de Carlos III, siendo nombrado en 1792 Secretario de Estado, la autoridad mas alta de la nación tras el monarca.
Falleció en 1798, estando considerado como el mayor representante del reformismo ilustrado español.