Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)
Hemos bromeado mis amigos de Moratalla y yo muchas veces con el miedo, referido siempre a las vacas, a la fiesta por excelencia de nuestra tierra, a esos días grandes del Santísimo Cristo del Rayo. Digo que hemos bromeado, porque desde muy niños teníamos la convicción de que estábamos obligados a exponernos de algún modo frente a los animales bravos como un rito iniciático que nos situaba en el umbral de una hombría campesina y muy deseada; era una mezcla de emoción contenida y de temor ante la fiera porque, en esos días estaríamos lo más cerca posible de ellas, no necesariamente fintando o quebrando sus embestidas ni corriendo junto a los cuernos, porque, al menos, yo, tuve siempre muy claro los terrenos de la aventura, y mis propias carencias, aunque el espíritu torero nada tiene que ver con las facultades deportivas. Piensen en Juan Belmonte, en su debilidad física que, sin embargo, lo capacitó para revolucionar el toreo, porque antes de él los diestros saltaban, corrían y se quitaban con presteza del morlaco, pero después de él, fue la bestia la que entraba en la jurisdicción del torero e iba moviéndose al compás de la inteligencia y del instinto del hombre, o en Curro Romero de mayor, con su barriga incluida, dispuesto en la plaza de la Maestranza de Sevilla a dar las tandas de verónicas más perfumadas de la historia, con esa lentitud de mito y ese pecho moviéndose sobre el eje de sus zapatillas y al ritmo del toro.

Bromeábamos entonces, de niños, pero lo decíamos en serio, mis amigos y yo sobre del miedo que íbamos percibiendo conforme llegaba la fecha de los encierros, a sabiendas de que saltaríamos los boquetes y de que no nos quedaríamos en casa ni nos subiríamos a los balcones, porque nuestro lugar de hombrecitos en ciernes era la calle y la proximidad del peligro, y sabíamos también que cuando vinieran las vacas, intentaríamos aguantar lo máximo posible frente al bar del Manolo, hasta que las viéramos pasar por la curva del Caracas, y entonces, sí, entonces echaríamos a correr hasta el boquete de la Plaza de la Iglesia, pues ése era nuestro espacio, nuestro lugar natural, nuestra querencia y lo había sido desde el primer año en que empezamos a salir a la calle.
Nos decíamos que el miedo era en balde, que podíamos quedarnos al otro lado de los palos o no salir de casa o evitar la aventura y mantenernos en el lugar más alejado, pero en nuestro fuero interno éramos conscientes de que no haríamos nada de eso, de que coquetearíamos toda la fiesta con el aroma salvaje de los animales, que nos pondríamos cerca para ver las vacas, que iniciaríamos la carrera lo más tarde posible, que nos subiríamos a una reja en el último segundo y que tal vez, allá arriba, encaramados sobre el peligro sordo del cuerpo oscuro de un animal bravo aguantaríamos mucho tiempo, todo el tiempo que hiciera falta, aunque nos dolieran los brazos y las manos, sudáramos a chorros y apenas nos sujetáramos a la reja.
Eran los rigores de la fiesta y los conocíamos; no los buscábamos de un modo premeditado, pero no los rehuiríamos nunca, porque estábamos en la calle y en cualquier momento nos acechaba el riesgo.
Esa inquietud dulce y placentera cuyo origen químico desconocíamos entonces era el verdadero dopaje de aquellas horas inmensas de la adolescencia.
Luego pasaríamos el invierno recordando aquel placer y temiendo que vinieran de nuevo los días del desasosiego, pero, entre tanto, no cesábamos de hablar de ello, de bromear sobre el miedo conforme transcurría el año y el verano nos abordaba con su obligada premonición de sombría inquietud.