Francisco Fernández García/Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

La aprobación por el Consejo Nacional de Patrimonio de la candidatura de los Caballos del Vino para su inscripción en la Lista Representativa del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO, nos sirve de justificación para hacer un recorrido histórico por este singular festejo y por algunas de sus características diferenciales que lo ha convertido en una manifestación antropológica única en el mundo.

Sobre su origen existen dos versiones: una literaria que debemos a la excelente pluma de Manuel Guerrero Torres, cuyo calado en los caravaqueños ha sido tan extraordinario que para la mayoría de la población constituye la auténtica realidad, y otra histórica fundamentada en varios documentos existentes en el Archivo Histórico Nacional, que nos permiten remontarnos hasta mediados del siglo XVIII, aunque estoy totalmente convencido de que su origen es anterior, de hecho alguno de ellos incluye la frase “según costumbre”. Estos documentos son una serie de recibos fechados en los años 1765, 1766 y 1767, y corresponden a la administración de la encomienda santiaguista de Caravaca; en ellos se recoge el gasto de las cintas encarnadas con que se adornaba el caballo y la gratificación que se daba a los mozos por subir las cargas de vino, cuyo número era de cinco los dos primeros años y de cuatro en el último. Dos son los caballos que aparecen citados, uno vinculado a la encomienda santiaguista (en los dos primeros años se especifica su pertenencia a la casa tercia de Singla) y otro a la mayordomía de la Cruz. Además de los referidos, existe otro texto importantísimo para este tema ya que nos detalla dos de las piezas del enjaezamiento del caballo de la encomienda santiaguista: “un repostero de paño azul con su fleco y armas reales que se pone sobre la carga de vino, que sube al castillo para el baño de la Santa Cruz. Una bandera de raso liso encarnado con tres horlas y galon de oro al canto, en que está figurada de raso liso blanco por los dos lados la Santísima Cruz para adorno del caballo quando sube dicha carga de vino según costumbre”. Esta referencia se incluye en el Inventario de bienes muebles de la Encomienda de Caravaca correspondiente al año 1765; por un documento posterior, otro inventario de bienes, sabemos que en 1804 todavía se utilizaba la misma bandera o una similar, ya que la descripción que se hace de ella es idéntica. En este mismo año, en un recibo inserto en un libro de actas del concejo de Caravaca, encontramos por primera vez la expresión “caballo del vino”. El incremento paulatino del número de caballos participantes, incluyendo la aparición de caballos particulares, debió producirse a causa de la demanda que hacían los agricultores de vino bendecido para esparcirlo por los sembrados para obtener una buena cosecha, de modo que se generalizaría la idea de que para poder conseguir suficiente cantidad de este benéfico líquido había que subirlo antes. También hay que señalar que la desaparición de la Orden de Santiago, y por consiguiente de la encomienda caravaqueña, dejaría a partir de 1856 un vacío que debió ser rellenado primeramente por la mayordomía y posteriormente por la iniciativa popular.

A tenor de lo expuesto, conviene aclarar que de todos los festejos que forman parte de las fiestas patronales de la Vera Cruz de Caravaca, excluyendo los rituales y ceremonias religiosas, el de los Caballos del Vino es el mas antiguo ya que tanto los moros y cristianos como los gigantes no aparecen hasta mediados del siglo XIX, es decir cien años mas tarde.

Durante la segunda mitad del siglo XIX el festejo experimentó una notable novedad ya que los caballos dejan de ser el medio por el que se transporta el vino al santuario, pero al contrario de lo que cabría suponer los Caballos del Vino no desaparecen, sino que continúan saliendo aunque llevando solamente los adornos a modo de representación de lo que antes hacían. Caballo y caballistas se convierten así en los auténticos protagonistas y probablemente fue también en esta época cuando se institucionalizaron las carreras, elemento importantísimo gracias al cual el festejo se mantuvo vivo entre la población. Este hecho debió producirse en las décadas finales del siglo XIX ya que Torrecilla de Robles en su libro “El aparecimiento de la Cruz de Caravaca” de 1888 indica que los caballos hacían el recorrido cargados con el vino y adornados con un manto y una bandera mientras que Sala Nogarou en su manuscrito “Apuntes para formar el reglamento de la Comisión de Festejos de la Santísima Cruz de Caravaca” redactado diez años después, en 1898, explica que los caballos ya no transportan el vino solamente representan el hacerlo.

Los años finales del siglo XIX son de crisis generalizada, situación que aprovecharon algunos en 1892 para intentar, aunque sin éxito, suprimir la carrera de los caballos aduciendo su peligrosidad. A fines de diciembre de 1894 llega a Caravaca la temida filoxera, plaga que provocará la extinción del cultivo de la vid en su huerta y campo. Todos estos factores debieron influir en el festejo, descendiendo el número de participantes de manera tan considerable que la Comisión de Festejos determinó suministrar los caballos para asegurar su presencia, hecho que queda reflejado por el Padre Sala en su manuscrito antes citado: “Los Señores de la Comision vino, tendran el cuidado de proporcionar caballos para esta fiesta, y cuantos más, mejor; siendo de cargo de los jovenes que los guian, las ropas y flores con que se adornan. El Tesorero de festejos solo les dá la banderita que llevan.”.

Esta época, y la primera mitad del siglo siguiente, es tal vez la más justa desde el punto de vista organizativo para los Caballos del Vino, ya que la Comisión de Festejos estableció un sencillo pero efectivo organigrama en el que coexistían varias comisiones, una para cada uno de los festejos, todas con las mismas atribuciones y potestades; es decir, había una comisión para decidir y disponer todo lo referente a los Caballos del Vino, otra para los moros y cristianos, otra para los gigantes, otra para las procesiones, etc. Sin embargo, la mal llamada renovación de las fiestas en 1959 (en realidad solo se renovaron los moros y cristianos, el resto se quedó igual), trajo consigo una discriminación hacia los Caballos del Vino, de la que todavía en la actualidad encontramos algunos vestigios. A raíz de esta renovación se formaron dos bandos, el Moro y el Cristiano, dejando a los Caballos del Vino a cargo directamente de la Comisión de Festejos que nombraba a una persona para todo lo relacionado con ellos. Tendrían que transcurrir casi una década para que se creara una subcomisión de los Caballos del Vino y otros diez años más para su constitución como Bando. En el presente la discriminación continúa ya que el festejo de moros y cristianos tiene el doble de representación y por tanto de votos que los Caballos del Vino en la Comisión de Festejos que organiza las fiestas, lo que sería muy conveniente subsanar atendiendo a razones democráticas y de igualdad.

Los Caballos del Vino han sufrido muchas vicisitudes a lo largo de su ya dilatada historia, pero han sabido subsistir a todas ellas, adaptándose a las circunstancias y superando todo tipo de dificultades. Han crecido introduciendo elementos nuevos, pero manteniendo siempre su pureza e integridad; continuismo superado cada año con renovados equipos de trabajo de enjaezamiento que fomentan la creatividad y el orgullo de la superación, horas de trabajo para la preparación de caballo y caballistas que conforman una actitud mas allá de la propia fiesta, convirtiéndose en una forma de vida y en una de las señas de identidad de nuestra ciudad.

Hemos dado un paso más para mostrar nuestra fiesta y que se reconozcan los indudables méritos que tiene, pues no olvidemos que los Caballos del Vino es un festejo popular, barroco y multicolor, concebido y realizado para deleite de los sentidos y sublimación de la emoción, conservado y trasmitido de generación en generación por un pueblo amante de sus tradiciones.