Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Hemos pasado un Santo Cristo sin bares y parece que no nos hayamos dado cuenta, aunque esto no haya sucedido nunca en el pueblo, al menos yo no lo recuerdo, unas fiestas mendigando un plato de costillas de cordero, una cesta de pan de horno, una ensalada de tomate, cebolla y olivas y cerveza sin medida a cualquier precio, aunque las puertas permanecían cerradas y salvo en algún bar recóndito y en las peñas, por supuesto, en ninguna parte se olía a cordero y a plancha. Por la noche sucedía otro tanto, en la carretera tampoco abundaban las terrazas para cenar como Dios manda, y no solo hamburguesas, bocadillos, kebab y perros calientes, que es comida para críos.

Nos lo anunciaban antes de las fiestas: este año no abrirán los bares, y no acabábamos de creérnoslo, pero la vieja Calle Mayor por donde antaño se podía pasar, aunque estuviera la vaca en la calle, saltando de bar en bar, por debajo y por encima, se ha convertido en una calle desértica donde ya no se huele a cerveza ni a gambas porque los viejos bares, los clásicos no han abierto sus puertas este año.

Estas fiestas hemos pasado hambre, a pesar de que algunas peñas nos han socorrido con su cerveza, su cordero, su pan y sus embutidos, pero hemos echado en falta tantos bares, tanta cerveza bien tirada con sus cuatros dedos de espuma, tantos platos de queso y de jamón, tantas ensaladas de tomate con su chorro generoso de aceite de oliva y tantos platos de gambas olorosas.

Los locales donde estuvieron nuestros bares de siempre permanecían mudos, pero nosotros sabíamos donde se encontraban. Nos preguntábamos si alguien tendría el arrojo y la iniciativa de ponerlos en marcha para dar un buen ejemplo al resto de los emprendedores de nuestros pueblo, hombres y mujeres que se han partido el pecho en ciudades y países extraños para crear riqueza fuera y traerse un buen dinero a casa.

Quizás nos falta el ánimo de importar esa pasión por el trabajo bien hecho, ese espíritu de sacrificio al solar de nuestros mayores.

Yo creo que nos hace falta cierta coordinación para prevenir estos errores de bulto, para evitar que la demanda sea superior a la oferta y que aquellos que vienen de fuera no tengan otra cosa que lugares de encanto para alojarse, el paisaje más bello de Murcia para contemplar y el clima más agradable, pero no hallen media docena de bares con las tapas más exquisitas y contundentes de la gastronomía local, con la cerveza más fría en esas terrazas mágicas de la noche moratallera donde cualquiera puede soñar mirando el cielo   estrellado de julio.

Si vendemos algo en Moratalla, y hoy se vende todo en todas partes, debiera ser magia, entusiasmo, sensualidad y el sueño de las noches de verano en las terrazas del centro y de La Glorieta bajo el lujo de las estrellas y la frescura inaudita de la bóveda celeste, pero hemos de hacerlo con cierto orden y algún provecho. No podemos permitir que alguien nos pregunte por un bar para degustar tapas típicas de Moratalla y no sepamos donde mandarlo o tengamos que decirle que los bares están cerrados, y en plenas fiestas para colmo.

Tenemos la obligación entre todos de prever el desastre y ponerle remedio porque nos jugamos nuestra imagen y el futuro de Moratalla, adecentar las calles principales, aumentar la oferta cultural del verano, inventarnos algún evento excepcional, sacar a relucir con provecho nuestro don de gentes y nuestra creatividad, pero sobre todo poner a trabajar nuestro talento comercial, el que hemos usado siempre fuera de Moratalla para dejar el nombre de nuestra tierra bien alto.

Y que no vuelvan a cerrarse los bares como ocurrió en los peores días de la pandemia.