Rubén Castillo Gallego/ww.rubencastillo.blogspot.com
En el mundo de la literatura soy francamente exigente. Siempre lo he sido. No porque me guste afiliarme a la aspereza, me llame la atención ejercer la crueldad dPortada de Lo que sueñan los insectosel dictamen o me tiente el sarcasmo, sino porque entiendo que en medio de tantos millones de libros como hay en el mundo sólo me será dado leer unos pocos miles (en el mejor de los casos), y que eso me obliga a ser selectivo. De ahí que únicamente me gusten un tipo de libros: los buenos. A partir de ahí, me importa más bien poco que sean líricos, realistas, intelectuales, esotéricos o de ciencia-ficción. O, como en este caso, de terror.
Yo no conocía a Javier Quevedo Puchal hasta hace unas semanas, pero una feliz coincidencia internética (Facebook) me lo acercó. Y el título de su última novela (Lo que sueñan los insectos, editado por el sello Punto en Boca) me pareció tan llamativo que me dije que tenía que hacer el intento de leerlo. Así ha sido. Y el resultado es de nota.
Déjenme que les ponga un poco en situación… Milena es una chica muy especial, que procede de una familia resquebrajada y que se dedica a una labor más que chocante: identifica, neutraliza y ahuyenta a los demonios que acechan a otras personas. No es una psíquica, ni tampoco una exorcista, pero sin duda participa de ambas habilidades. Está casada con Diego, un antiguo celador que cuidaba de la madre de Milena en el centro psiquiátrico donde está alojada. Es, también, una persona famosa en el mundo de la imagen (tiene un programa de televisión) y de la literatura (sus libros son conocidos por el público). Pero es esencialmente una muchacha insegura, con lagunas interiores y anteriores, que le impiden ser feliz del todo, como quisiera.
De otro lado tenemos al catalán Didac Sardà, un antiguo productor cinematográfico cuya hija Isabel (quizá la mejor amiga que Milena haya tenido nunca) desapareció hace años, sin que haya vuelto a saberse nada de ella. Todo el mundo, desde la familia hasta la policía, ha desistido de encontrarla. Pero el señor Sardà ha recibido una visita muy especial, que le hace sospechar que su hija pudiera estar viva o al menos necesitando ayuda urgente. Y sólo se le ocurre una persona que le pueda echar una mano en ese asunto: Milena.
Con ese arranque narrativo tan sugerente (que pronto se poblará de personajes estrafalarios, secretarios melosos, grupos satánicos dominados por el fanatismo, dragqueens, detectives ineficaces y ginecólogos con problemas de conciencia), Javier Quevedo Puchal construye una novela muy bien escrita, muy creíble (aunque trate de demonios, visiones infernales y crímenes rituales de lo más aterrador) y donde se realiza una aproximación muy inteligente hasta los miedos, las orfandades, las esperanzas, las ambiciones y las cautelas del ser humano.
Que nadie espere (aunque de todo eso hay en la obra, como es lógico) borbotones de sangre, víctimas con el cuello quebrado o ensartadas con cuchillos, grabaciones magnetofónicas inquietantes o macabras y demonios que mastican repugnantemente brazos y piernas de bebés, mientras permanecen sentados sobre un montículo de cadáveres. En Lo que sueñan los insectos hay mucho más. Sin duda mucho más que eso. Les puedo asegurar que no estamos ante un buen novelista de terror, sino ante un buen novelista. Y punto.