PASCUAL GARCÍA

A todos nos han dolido las cosas y los seres que queremos. Nos han dolido nuestros pequeños fracasos, los sueños que no fuimos capaces de llevar a cabo, los hijos, que no siempre tomaron el camino recto que les habíamos propuesto desde el principio, las mujeres y los hombres que no nos amaron con la misma intensidad con que los amamos nosotros y nuestro pueblo de origen, al que hemos pertenecido siempre, aunque nos fuimos muchas veces, unas para ganarnos la vida y volver pronto y la otra, la definitiva, para vivir en otro lado sin dejar de pensar en nuestra tierra. Fue entonces cuando entendí que había escrito más y mejor alejado de Moratalla, aunque nunca, pese al criterio de algunos dejé de escribir sobre mi pueblo. Es posible que no siempre utilizara el nombre real y, como hicieron tantos grandes escritores del pasado y del presente, como Faulkner,  García Márquez, Juan Benet, Mateo Diez o el más reciente Antonio Muñoz Molina, y lo sustituyera por una toponimia figurada con la voluntad de convertir mi lugar de nacimiento en todo un mito literario. No sé si lo he conseguido del todo, pero estoy seguro de que si preguntamos a varias docenas de profesores, escritores, críticos literarios y lectores por lugares como Los Olmos o Puerto Errado contestarán que detrás de estos nombres se halla Moratalla y su campo, un lugar soñado por Pascual García, alejado de todos los tópicos costumbristas y terruñeros que no solo no añaden nada bueno a la grandeza de nuestro municipio, sino que además le restan singularidad, porque el nacionalismo, o peor aún el aldeanismo, es una enfermedad que se cura con los viajes y con los libros.

El papanatas es según nuestro diccionario de la lengua el simple y crédulo que se asombra por cualquier cosa y lo admira todo sin paliativos y el chauvinista, también conocido como patriotero, es el que considera a su grupo social, a su pueblo o a su país superior al resto del mundo. Ambas especies juntas y fundidas son extremadamente peligrosas y constituyen el germen del fascismo nacionalista que tantas guerras ha provocado y tanto daño ha hecho en el mundo.

No es fácil juzgar de un modo objetivo a tu pueblo, como no lo es tampoco hacerlo con tus hijos o contigo mismo, necesitamos de una mirada crítica para curar nuestros males, educar a la juventud y no consentir desmanes perniciosos que puedan perjudicarnos aún más, aunque nos duela como nos duele  cuando el médico nos extirpa un tejido maligno o una muela picada. Impedir, perseguir o sancionar la autocrítica condujo en otros tiempos al holocausto, la dictadura franquista y tantas guerras terribles y calamidades, regímenes indeseables y crímenes contra la humanidad.

Al médico le agradecemos que nos diagnostique una enfermedad y nos la cure, al profesor que nos saque de las tinieblas de la caverna platónica y nos permita ver  la  verdad y la luz, pero a muy poca gente le consentimos que nos señale los defectos de nuestro pueblo, nos muestre sus posibles soluciones y nos indique el camino a  la verdad; de un modo erróneo nos envanecemos  de nuestros propios desaciertos y convertimos los disparates y las aberraciones en éxitos y destrezas. Nadie, y menos que nadie, una persona de fuera ha de decirnos lo que somos o lo que no somos, aunque esa persona sea un reputado filósofo, un escritor destacado o todo un sabio. Nadie es nadie para nombrar nuestros males como si tal cosa. Solo nosotros tenemos la potestad de insistir en nuestro yerro con una tenacidad salvaje. ¡Faltaría más!

Ni que decir tiene que todo esto es broma, claro.

 

 

 

 

Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)