Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Su único pecado, su único delito fue escribir un libro titulado Versos satánicos donde, al parecer de ciertos integristas islámicos, blasfemaba contra Alá y contra Mahoma, su profeta y solo por eso merecía la muerte. Le advirtieron que lo encontrarían más tarde o más temprano, porque el mundo está lleno de descerebrados dispuestos a ejecutar una orden divina y criminal, que muchas veces es la misma cosa. Han pasado algunos años en los que el novelista no ha parado de esconderse en diversos lugares, ha llevado una vida de nómada sobresaltado y con miedo, en algún momento todo parecía haberse tranquilizado hasta que un individuo de Nueva Jersey, un hombre con camiseta, tez morena, pelo corto, descrito por los testigos como furioso, que saltó al escenario donde el escritor pronunciaba una conferencia, ataviado con una máscara negra fue capaz de arremeter contra la víctima, pelear con los agentes y asestarle una puñalada .en el abdomen y otra en el cuello al escritor angloíndio.      Los detalles del atentado no son tan importantes como el terrible hecho, esa orden sagrada de ejecutar al que ha ejercido su libertad de opinión, amparada por cualquier constitución democrática, y ha publicado una historia que solo puede ofender al que se considera intocable y en posesión de la verdad absoluta.

         Dan mucho miedo estas religiones de la revancha, dominadas por dioses y profetas sanguinarios, entre las que ha estado el cristianismo hasta hace muy poco, porque el que se somete a ciegas, y la fe es ciega, a un conjunto de normas dictadas por la emoción desatada y a un dios invisible, y no por el razonamiento, la inteligencia y la ley humana, que obligan a sus adeptos a levantar sus manos airadas contra  sus semejantes, es una persona muy peligrosa que puede hacer mucho daño  a sus congéneres, y ahí quedan los datos de los atentados de los últimos años, las conflictos bélicos  de religión de siglos pasados y los de nuestro tiempo, los adeptos a la guerra santa que acuden de muchos países occidentales, incluido el nuestro, y se suman a la barbarie salvaje de un dios y de una cultura que ni siquiera son los suyos.

         Alguien podría pensar que se trata de una actitud ajena con la que nada tenemos nosotros en común, cosas que pasan en el tercer mundo y que no nos afectan, como si nosotros, todos nosotros, los occidentales, los europeos, los españoles y los moratalleros, por incluirnos también, tuviéramos poco en común con el ser humano.

         La historia nos enseña que el mal y la estupidez acechan por todas partes y campan en cualquier lugar. Viajar, leer y vivir podrían ayudarnos a ver las cosas con una mayor relajación y a reírnos, si al caso viene, de nosotros mismos, porque la risa es inteligente y liberadora y necesitamos tomarnos determinados asuntos, que parecen afectarnos a las entrañas, con un talante relajado y humano, porque no queremos sentenciar a nadie a muerte por no decir lo mismo que ciertos libros sagrados o ciertos profetas, o a ser lapidado como en el viejo testamento porque escriba ideas diferentes a las nuestras y tenga un punto de vista opuesto.

         Por fortuna disfrutamos de un estado de libertad y de justicia que nos permite albergar nuestras propias convicciones y defenderlas con el arma sutilísima de la palabra contra diversas doctrinas espurias. En un estado de derecho nos amparan las leyes y nuestro dominio de la razón y de la discusión, porque la verdad en democracia nos la ganamos con nuestro ingenio y no con el exabrupto, la amenaza o la violencia, más propios del ámbito animal.

         El que más grita suele ser el que menos razón tiene