Pedro A. Muñoz Pérez (pedroamupe@gmail.com)

¿Recuerdan ese llanto compungido de cuando éramos niños, ese llanto final contenido que se nos metía hacia adentro conforme nuestra madre nos chistaba y nos instaba a callarnos? Era la peor fase del berrinche, las lágrimas seguían cayendo, pero cerrabas la boca conteniendo los espasmos hasta lograr ahogar la pena en un sollozo contenido. Sufrir pero sin exteriorizarlo, reprimir el sentimiento de tristeza y abandono pese a que nos hubiera gustado seguir haciendo aspavientos de plañidera para demostrar al mundo nuestro inconsolable dolor. Así está Caravaca estos días. Así mismico. Aguantándose el llanto en las entrañas. Conteniendo el torrente de lágrimas que no hay río ni cauce de suficiente capacidad para evitar su desbordamiento.

La primavera, absorta, duda de sí misma. Hasta las flores se avergüenzan de salir para no disturbar, recelosas de que se las pueda acusar de engalanar una fiesta inexistente. Las golondrinas están de luto y sobrevuelan las calles semivacías adonde ya dudarán de si volver porque creen haberse equivocado al no sentir el bullicio de otros años, siglos. El agua del bañadero del templete fluye opaca y sin alegría, cansina. Una congoja universal se adueña del paisaje. La música se ha suicidado ahorcando melodías en los brotes tiernos de los árboles de la glorieta. En los establos, se remueven inquietos los caballos, desorientados, recelosos, expectantes. En su memoria sensorial reproducen los momentos de estos mismos días en años pasados: las manos de quienes los vestían con reverencia, los tañidos de las campanas y el sordo rumor de las tracas, el arranque de la  charanga, la algarabía de la peña danzando a su alrededor, coreando su nombre y sus consignas. Y el nerviosismo que los hacía piafar de impaciencia por subir la cuesta entre la admiración y el bramido de la multitud. Monturas sin jinete, de una hermosura casi sobrenatural, portando en sus lomos la belleza concebida por la ilusión de tanta gente. Si su frustración pudiera manifestarse les saldrían relinchos como llantos. En la cuesta vacía, las acículas de los pinos reproducen sin éxito el clamor de todos los años. La ciudad entera se recluye en un marasmo entre la desolación y la pena.

¿Y qué decir del confinamiento de los trajes en los armarios? ¿Las espadas, las lorigas, los alfanjes y cimitarras, las cotas de malla, los turbantes, los yelmos…? Los moros y cristianos, las cristianas y moras, hermanados en el desengaño de no lucir sus galas bajo el sol de mayo. Este año será sin duda menos luminoso. La ausencia de los destellos de estos días multiplicados en los bordados y en los atalajes, en los metales bruñidos, en la lujuria de la bisutería no alimentará la luz rutilante del verano.

Tardaremos años en recuperarnos de este golpe. En realidad, nunca el olvido será un lenitivo eficaz contra las punzadas del resquemor lacerante que permanecerá en la memoria de esta generación. Se ha tambaleado el engranaje de nuestro mundo de certezas y de ciclos y recurrencias que parecían inmutables. Y mucho más para una fiesta en la que no caben la prórroga ni el aplazamiento. El ritual tiene sus horas y sus días apalabrados con la tradición. Nadie se imagina los caballos subiendo la cuesta un día de julio, ni el baño de la Cruz en septiembre ni los desfiles y simulacros de moros y cristianos bajo un sol otoñal en declive. No es posible. Los festejos de Caravaca están engranados en la dinámica de la propia naturaleza. Requieren el tono de luz adecuado, el verde virginal de los brotes recién estrenados, la liviandad del aire tibio de primeros de mayo, el olor de los campos que se desperezan tras el sueño invernal, el rumor de los pájaros enamorados, la indecisión de las nubes, el bullicio universal del ingreso en la primavera.

No soy festero, como es público y notorio. Carezco del entusiasmo militante de quienes viven el festejo desde dentro, adscritos a una peña caballista, a una kábila, a una mesnada, pero eso no me hace menos sensible y solidario al desconsuelo de tantos conciudadanos abrumados por la frustración de no poder exhibir su orgullo colectivo en la demostración de la fe y la recreación histórica, que de eso va esta fiesta sin par.

Este día de san Marcos nadie esperará al Tío de la Pita en una plaza Elíptica huérfana de entusiasmo, amortiguado por la sordina de una chiquillería ausente, resonando en el aire incierto de este abril bastardo. Los gigantes no saldrán de su letargo y un silencio inusual se adueñará, extrañado, de la Placeta del Santo. Se echará de menos los gestos de pasmo infantil al acercarse a las manos enormes de estos colosos hieráticos. El miedo ha cambiado de bando, se ha mudado a las caras de los adultos en las que una mascarilla ahoga la sonrisa y disimula sus temores. No habrá grupos hermanados en los corros que circundan las sartenes de migas ni sonará el arrebato de las charangas en las plazas y en las calles la noche del día 30, inundadas otras ocasiones por jóvenes disfrazados y exultantes, entregados a la liturgia dionisíaca de sentirse inmunes y pletóricos de vida. La mañana del día 1º de mayo las familias no dispondrán los refajos ni los ramos de flores para la ofrenda a la patrona. Tampoco se volverá la gente avisada por el relincho de un caballo o de una jaca en plena calle. Los caballos desnudos y brillantes, los corceles recién peinados con sus crines al aire, trotando airosos y desafiantes, de una hermosura varietal en la complejidad de sus pelajes: bayo, ruano, alazán, albino, pinto, mulato, isabelo, tordo, azabache… Y el silencio se hará todavía más notable en la “cuesta de las quinielas” y en la plaza del Hoyo al caer la tarde: “¡eso es un caballo, eso es un caballo!”, resonará por los cuatro costados el eco del griterío de otros años. ¡Caballo visto!, se oirá la voz familiar como si fuera una psicofonía, lejana y melancólica. Y qué será de las ropas de los caballos,  avanzadas en su confección a lo largo de tantos meses, supongo, que no serán expuestas ni reveladas a la intemperie de la curiosidad, siempre ávida de calibrar la calidad de los bordados, y abiertas al fragor del ánimo competitivo. No sé cuánto se habrá llorado en los talleres de bordado. A lo mejor las lágrimas se habrán solidificado en grumos de ámbar cristalino y se integrarán en las filigranas de la urdimbre junto con las lentejuelas y los canutillos.

Lo confieso: prefiero que el día 2 amanezca nublado y pronto llueva a cántaros para disimular las lágrimas y hacer más llevadera la aflicción. Que presente su cara más hosca y antipática, aunque solo sea por buscar una justificación para permanecer encerrados sin remordimiento ni rabia. Imagino que el día 3, la Stma. Cruz replegada en su basílica-santuario recibirá, en un ambiente íntimo no exento de solemnidad, el culto adecuado, dispensando a los fieles de venerarla este año. Se echará de menos la declamación siempre vibrante y celebrada por la multitud del parlamento entre el sultán moro y el rey cristiano. En la Cuesta de la Cruz, durante las horas del crepúsculo, se parará la circulación del aire como si el mundo entero contuviera el aliento, por respeto a la ausencia de la reliquia en su punto cénit y de la procesión que la precede a su baño ritual.  El día 4, la Gran Vía sin gente ni tribunas será más que nunca el escenario expectante y majestuoso de los grandes acontecimientos multitudinarios que cada cual llenará con sus recuerdos y su coreografía de pasiones.

Y así se sucederán los días, vacíos de actos callejeros pero muy llenos de puertas para adentro, en los balcones engalanados, en las casas donde se vestirán de blanco y rojo los caballistas, los moros de moros y los cristianos de cristianos, como procede, y los demás de domingo, de fiesta mayor levantina y voluptuosa; las marchas sonando por todos los rincones, los himnos en los corazones y el llanto en el alma, por nosotros mismos y por los que echaremos de menos. Dentro, muy adentro, casi en los confines del origen del sentimiento, se irá recluyendo hasta el último sollozo y de ahí nacerá la risa, la semilla de la alegría para el año que viene. Guardaremos el júbilo a buen recaudo, seguros de que llegará el momento de despilfarrarlo, pero nunca, nunca jamás olvidaremos que hubo un año en el que lloramos para adentro. Y eso nos hará, sin duda, vivir las fiestas venideras (y el porvenir mismo) con un más puro y poderoso convencimiento.