FÉLIX MARTÍNEZ/FILÓSOFO

Mientras pienso qué podría entretener al respetable, mientras cavilo qué podría ofrecerlos yo durante unos breves minutos en esta estación llena de quehaceres y diversión enciendo un pequeño ventilador para intentar alejar de mí el sudor que comienza a ser recurrente en mi cuerpo. Tengo a mi izquierda un café frio y llevo unos pantalones cortos que, a pesar de lo horribles que los encuentro a nivel estético, no puedo negar que se llevan comodísimos. Con todo pienso en esta nueva semana y caigo en la cuenta de que ella alberga la Noche de San Juan, posiblemente la noche más esperada y conocida de la época calurosa del año.

La mayoría de los lectores conocen a la perfección tanto esta noche como su significado y su simbolismo, los cuales son varios y variados y, por ende, en cada zona y lugar tienen sus propios ritos y costumbres. Con todo, aquí no trataremos de las posibles simbologías de esta noche, trataremos, por otro lado, de intentar ver las cosas desde otro punto de vista. Para empezar, ¿cuál es el origen de la celebración de esta noche? De un lado, se encuentra la coincidencia con el solsticio de verano (20-22 de junio), a esto habría que unirle la festividad religiosa de San Juan Bautista (24 de junio).

Una vez tenemos el origen nos es más sencillo elaborar el por qué. El por qué de esta celebración es tan vetusto que podemos anclarlo, en cualquiera de sus variantes y, como suele ocurrir, al mito. Dos son los elementos principales en la tradición de esta noche: el agua y el fuego. Ambos elementos, aunque opuestos comparten un mismo significado: la purificación.

La tradición de las hogueras es mucho más antigua que las posibles significaciones acuosas de esta noche. Pues las tradiciones antiguas y paganas, las cuales rendían culto al Sol, realizaban hogueras por varios motivos: para agradecer y ayudar al Sol por la iluminación -y todo lo que eso conlleva- a la Tierra; otro motivo sería que la reducción temporal de las noches, haciendo así de las hogueras una especie de tributo al Sol. Por otro lado, y de manera relacional a las anteriores tenemos una antigua tradición en la cual el Sol estaba enamorado de la Tierra y no quería abandonarla, debido a ello los días en verano serían más largos. Las hogueras serían la simbología de este triunfo de la luz frente a la oscuridad.

Sin embargo, sobrevino el cristianismo y con él la asimilación de las fiestas paganas tomaron un cariz plenamente religioso. En la Biblia se cuenta que Zacarías, padre de Juan, a la postre San Juan Bautista, ordenó encender una hoguera para anunciar el nacimiento de su hijo. Pero no solo mandó encender la hoguera, sino que también saltaba por encima de ella para demostrar así la pureza tanto de su mujer, Santa Isabel, como de su futuro hijo.

En este hijo, además, encontramos la unión de la tradición de las hogueras como de la tradición de purificación al respecto de las aguas, pues como los católicos conocemos por tradición, el momento del bautismo de Jesús es uno de los más trascendentales y relevantes dentro del relato bíblico.

Todo esto quedaría fraguado por uno de los personajes históricos que más hizo a favor del cristianismo: Teodosio I. Este, el 27 de febrero del año 380 firmo el Edicto de Tesalónica, donde la religión cristiana pasaba a ser la religión oficial del Imperio romano. Con esto la festividad pagana dejaría paso, tan solo, al relato bíblico.