Pascual García (pasgarcia62@gmail.com

Ilustración: Francisca Fe Montoya

Tenía mi abuelo más de ochenta años y una de sus vanidades era cumplir más años, sumar tiempo al tiempo y presumir de viejo, que era, al fin y al cabo, una categoría considerable.

Viejo entonces suponía haber llegado lejos, haber luchado como un león, haber pasado una guerra, décadas de hambre y sacrificio y estar todavía entre los vivos, disfrutando de los nuevos tiempos y sentado en el sitial de los elegidos.
Mi abuelo trabajó como un titán, pero lo recuerdo gozando de su descanso merecido, sentado en una silla en el portal de mi casa, que también era la suya, en invierno, y en la calle al sol o a la sombra, si era verano, mientras liaba aquellos interminables y maltrechos cigarros de picadura que él gastaba como único vicio.
No solía dar la tabarra, pero alguna vez contaba sus batallas de joven y lo hacía desde la distancia de su posición en el final del camino. Me quedan cuatro días, solía decir. Vaya tiempos aquéllos, repetía. Parece que fue ayer, salmodiaba.
En cambio, a mi padre, que ha pasado de largo la edad del suyo cuando se fue de este mundo, no lo veo tan convencido ni tan conforme con su estado. Aunque es autónomo, radicalmente independiente y está perfectamente adecuado a su hábitat, Moratalla, no ha terminado de aceptar del todo que ya se encuentra en el sitio desde donde uno puede volver la vista atrás y contemplar toda una vida.
Reconozco que le envidio los noventa años que cumplirá en noviembre, como envidio los que ya ha cumplido mi tío Jesús, porque no solo están entre nosotros, sino que, en el caso de mi padre, al menos, está bien y continúa en su casa, tan campante, luchando a diario como desde el principio por un espacio propio.
También a mí de mayor me gustaría llegar tan lejos y ser tan viejo y no tener demasiados achaques y repartir, de vez en cuando, algún garrotazo a discreción, porque un viejo… ya se sabe, es como un niño y no se lo puedes tener en cuenta.
Llegar a viejo, pero de verdad, viejo de los de antes, es un premio en toda regla y te permite una impunidad absoluta, como si a partir de un momento ya no pertenecieras a este mundo, sino que te hallaras muy por encima de resto de los mortales; de hecho, ni siquiera la ley puede meterte en la cárcel y cualquier desaguisado se puede justificar con un lapsus de la memoria o de la voluntad, con una debilidad física o con un capricho del carácter que se agria cuando uno cumple demasiados años.
Mi abuelo fumaba sentado a la puerta de mi casa y observaba la calle y a los transeúntes como un general que contempla altanero el espacio diezmado de la última batalla y sonríe, porque ya sabe que los que no han caído todavía bajo el fuego enemigo, más pronto que tarde tendrán que afrontar un destino semejante.
Me gustaría conservar esa actitud del héroe invicto, que ya conoce el resultado final de la guerra; otear el horizonte desde las Torres o desde la terraza de mi casa en Murcia y sonreír reconfortado porque ya sé que la vida es eso que he apurado, con más o menos acierto, hasta el último sorbo.