MARIANA PÉREZ ALMAGRO

En artículos anteriores he mencionado alguna vez la ilegalidad del tatuaje en Japón. Asociados a la mafia Yakuza y a la criminalidad, el tatuaje ha sido repudiado por la sociedad japonesa desde su prohibición hace varios siglos, hasta nuestros días, no permitiendo el acceso a personas tatuadas en espacios públicos como karaokes, playas, algunas tiendas o gimnasios y como no en los baños públicos, los conocidos “onsen”. En el siglo XII el tatuaje fue usado para marcar a los criminales como castigo y finalmente a principios del siglo XIX, cuando Japón abrió sus puertas al turismo fue prohibido. Consideraban que los visitantes podrían juzgarlos de “incivilizados” por ello, a pesar de que los marineros, turistas e incluso personajes de casas reales, acudían al país en busca de los mejores artistas del arte del Irezumi del mundo. La prohibición fue levantada en 1948, pero esta arraigada creencia ha seguido siendo un estigma para las personas tatuadas en el país. Es complicado ser tatuador en Japón, ya que consideran el tatuaje como una intervención medica y no como un trabajo artesanal de expresión artística, así que para ser tatuador legal en el país debes estudiar la carrera de medicina, hasta ahora. Tras una lucha de varios años, el tatuador de Osaka, Taiki Masuda ha logrado que se anule la sentencia que en 2015 lo acusaba por ejercer la “medicina” fraudulentamente, por la cual era condenado a pagar una multa de 300.000 yenes. Y aunque tatuadores de la vieja escuela sigan considerando que parte de la esencia del tatuaje japonés era esa clandestinidad, esta sentencia anulada y el camino hacia el reconocimiento como arte corporal y no como tratamiento médico, es un alivio para las compañeras y compañeros japoneses, tatuadores considerados muchos de ellos como los mejores del mundo, que podrán trabajar libremente y romper por fin con el estigma que ha perseguido al tatuaje en Japón desde hace cientos de años.