GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

No se puede vivir tanto en tan poco tiempo si no te vas a morir, porque luego te queda una vida muy larga para aburrirte y pocas botellas de vino para alegrarla. Eso le paso a Lee Miller, musa de los surrealistas, amiga de Picasso, modelo y amante de Man Ray, que tanto vivió al principio de su vida que luego le faltaron botellas para beberse los años que le quedaron.
Nacida en Poughkeepsie, Nueva York, en 1907 y su infancia acabó a los 8 años cuando la violó un marinero en una de sus escapadas al puerto.
Le dejó la gonorrea y una vergüenza hacia su cuerpo y el sexo que no se le iría hasta 10 años después con otro marinero, en París, donde aterrizaría con sus padres con 17 años y donde decidió quedarse para luchar contra sus propios demonios, a los que ahogó dos años hasta que volvió a Nueva York.
Allí se salvó de ser atropellada por su destino por el amo de Vogue, que quedó enamorado de su belleza cuando la sacó de debajo de su coche en la Gran Manzana.
La puso delante de una cámara, la convirtió en la mujer más deseada y el rostro más conocido. Fue la primera mujer que protagonizó un anuncio de compresas, ella, que más tarde se negó a ser mujer florero y comenzó a fotografiar las flores de los jarrones. Tenía 22 años cuando decide volver a París para convertirse en alumna de uno de los mejores fotógrafos modernistas del momento, Man Ray.
Como se las arregló para meterse en su estudio, y más tarde en su cama nadie lo sabe, lo cierto es que se convirtió en su musa, realizó millones de fotografías de la guapísima Lee, que había abandonado su nombre de Elizabeht por demasiado femenino, y no solo posaba, también le ayudaba. Mientras trabajaba con él , descubrieron la solarización y sobre todo comenzó a codearse con la plana mayor del mundillo artístico del momento: Salvador Dalí, André Masson, Miró, y sobretodo Cocteau y Pablo Picasso.
Cuando aprendió todo lo que Man Ray pudo enseñarle, lo dejó atrás, abandonó su apartamento del bohemio Montparnasse y volvió como retratista a Nueva York. Pero lo suyo no era hacer fotografías a famosos ni un estudio anclado al suelo. Cuando decidió casarse con Aziz Eloui Bey, un rico empresario egipcio e irse a vivir al Cairo, en plan mujer florero, sus amigos se echaron las manos a la cabeza. Le duró el florero tres años, el tiempo que tardó en enamorarse de otro durante un breve viaje a París, esta vez un pintor inglés Roland Penrose, que sería el padre de su único hijo, y con el que se fue a Inglaterra, donde entró a trabajar de nuevo en Vogue, esta vez como fotógrafa.
El siguiente giro a su vida no lo daría ella, sino la II Guerra Mundial. Vogue la mando como corresponsal a un conflicto que le dejo tantas heridas como al continente en el que se vivió. Fotografió la liberación de París, «No seré la única reportera en París, pero si la única dama fotógrafa, a no ser que llegue otra en paracaídas», escribía Lee. Tenía 37 años, bebía como cualquier soldado y siempre se encontraba en el momento preciso para fotografiar. Retrató el campo de concentración de Dachau, el frente, acompañó a los aliados hasta Berlín, donde se vengó de Hitler bañandose en su bañera, hasta que el horror acabó y ella regresó con los que había pasado la guerra, con las tropas victoriosas.
Deprimida y alcoholizada, volvío con Penrose, tuvo un hijo, aprendió a tomar té a las 5 con sus demonios y hasta hacerles de comer. Cambió su cámara y su Hermes por una termomix donde trituró sus últimos años.

Murió a los 70 años tan libre como había vivido: «Le sigo contando a todo el mundo que no he malgastado ni un minuto de mi vida; lo he pasado maravillosamente, pero sé, en el fondo de mí misma, que si tuviera que volver a vivir sería aún más libre con mis ideas, con mi cuerpo y con mis afectos».