JOSÉ ANTONIO MELGARES/Cronista Oficial de la Región de Murcia

La llegada al poder municipal del Partido Socialista Obrero Español tras las elecciones municipales celebradas el pasado 24 de mayo, trae al recuerdo de muchos, aquella otra llegada del PSOE en 1987, y de las personas que entonces integraban la lista que encabezó Antonio García Martínez-Reina, entre las que figuró Leandro Martínez Romero, quien falleció un año después, en agosto de 1988 siendo Concejal Presidente de la Comisión de Educación y Cultura.

Leandro vino al mundo junto a la Pl. de Toros y Plaza del Egido, el 2 de abril de 1953, en el seno del matrimonio integrado por Francisco Martínez Martínez y Catalina Romero Elbal, siendo el menor de los cinco hijos engendrados por aquellos, precediéndole Paco, Maruja, Antonio y Encarna.

Aprendió las primeras letras en el colegio de «El Salvador», hizo el bachiller en el Colegio Cervantes y obtuvo la licenciatura en Filología Francesa en la Universidad de Murcia, ganando las oposiciones al cuerpo de Profesores de Educación General Básica en 1978.

El mismo año en que aprobó las oposiciones hubo de incorporarse al servicio militar, realizando «la mili» en los Regulares de Ceuta, a cuya conclusión contrajo matrimonio, en diciembre de 1979, con Carmen del Mar Férez Cánovas, y se incorporó a su primer destino docente en la localidad almeriense de La Fuente de Pulpí, donde nació Leandro, primer fruto de aquel matrimonio. Su hija Carmen nacería, años después, ya en Caravaca. En 1983 obtuvo plaza en el colegio de San Francisco de Caravaca, estableciendo el domicilio familiar desde entonces en la ciudad, en el edificio popularmente conocido como «la Casa de los Maestros» en la C. Ascensión Rosell. Tras una año en aquel centro educativo, y en compañía de su colega Loli Oñate, fundaron el CPR de Cehegín donde se preocupó por la formación de los profesores en la disciplina de música, cuando ésta materia aún no era obligatoria en los planes de estudio en vigor.

A Leandro se le vincula en la sociedad contemporánea local a la música, actividad en la que se inició a los 12 años de la mano del maestro D. Antonio Martínez Nevado, en la academia de la Banda Municipal de la Placeta del Santo, donde aprendió solfeo y el manejo de la trompeta, instrumento en el que fue un virtuoso durante los nueve años que formó parte de la «Laureada Local». Sus estudios de solfeo y piano los fue revalidando paulatinamente en el Conservatorio de Murcia como alumno libre, obteniendo siempre las máximas calificaciones.

Por lealtad a su amigo Antonio García Martínez-Reina y por su vocación de servicio a la sociedad local, aceptó formar parte de la candidatura del PSOE en las elecciones municipales celebradas en mayo de 1987 que dicho partido ganó por mayoría absoluta, integrándose en la Comisión de Gobierno Municipal como Concejal de Educación y Cultura en cuyo seno, y en el corto espacio de tiempo que pudo ocuparse de la concejalía brilló con luz propia y no sólo por lo ejecutado sino por los proyectos que lideró y puso en marcha.

Preocupado desde la infancia por la marginación social del barrio en cuyas plazas y calles transcurrieron sus primeros años, constituyó una obsesión para él la promoción cultural de la población de acuerdo con las aptitudes de cada cual, de ahí que aceptase la propuesta de la AMPA del Colegio Cervantes para impartir clases de música en el programa de actividades extraescolares del centro, formó un coro en el Barrio de S. Francisco y, durante las vacaciones de verano participó durante años en los cursos de formación denominados «Música en la escuela», con significativas presencias en Burgos, Madrid y Salamanca, actualizando conocimientos que luego ponía en práctica en las aulas que la Administración Educativa le asignaba para la docencia.

Como concejal dio forma a la vieja ilusión del viejo maestro Martínez Nevado de crear la Escuela de Música, que con el tiempo se convirtió en el Conservatorio que lleva su nombre, cuya primera ubicación tuvo lugar en los bajos de La Compañía, frente al antiguo Mercado de Abastos, trasladándose después a la C. «Gregorio Javier» y, definitivamente, en edificio de nueva planta, en «María Rosa Molas». Así mismo impulsó con nueva energía la «Semana de Teatro» que cada año sigue celebrándose durante el verano local.

Mucho tiempo después de su prematura muerte, a los 35 años, ocurrida el 11 de agosto de 1988, víctima de un cruel cáncer de estómago, la sociedad caravaqueña sigue recordándolo con cariño y añoranza. Son muchos los que recuerdan su época de «monaguillo» en las Monjas Carmelitas (con quienes siempre conservó la complicidad de la infancia). Su presencia durante la adolescencia en el Club Edit-Estein de los PP Carmelitas junto al P. Dionisio Tomás y tantos muchachos que nunca perdieron la amistad entre ellos, como Miguel Férez, José Manuel Cantó Sánchez, Antonio López Bermejo, Ramón de los Santos, Cosme Reales, José María Palomares, José Manuel Ferrer y tantos otros de imposible mención por razones de espacio. Su entrega al Barrio de S. Francisco al que nunca olvidó y donde ayudó física y económicamente a construir la guardería infantil, y al que en el lecho de muerte pidió al alcalde no dejara de su mano. Su presencia en la Casa de Oración que Fulgencio Bernal, el cura del barrio alquiló en «El Canal» para retiro espiritual de quienes, voluntariamente, buscaban el encuentro con Dios y consigo mismos en la paz y el silencio de la huerta. Y los proyectos de vida, felizmente hechos realidad en las personas de su esposa y sus propios hijos.

Desprendido, generoso, apenas interesado por él mismo y siempre preocupado por los demás, a su lado se respiraba la paz que su presencia transmitía. La sociedad a la que sirvió con dedicación absoluta, representada por los grupos políticos que integraban el Ayuntamiento, unánimemente le otorgó su nombre a la Escuela de Música y Conservatorio Profesional, en Pleno Municipal celebrado el 16 de diciembre de 1996, lo que se materializó solemnemente y en el marco de las actividades programadas dentro del denominado «Memorial Leandro Martínez Romero» en el mes de junio del año siguiente.

Tras su muerte, el escritor Juan Manuel Villanueva Fernández escribió una hermosa semblanza con el nombre «Leandro Martínez Romero. In memoriam», aún inédita, cuya publicación podría ser el homenaje de nuestro tiempo al hombre joven que se ocupó de Caravaca tiempo atrás.