Pedro Antonio Martínez Robles      

El agua que las mujeres recogían del venero de la Fuente del Secano era sólo para beber y cocinar. No había entonces esa suerte de cañerías subterráneas y artificiales que más tarde habría de llevar el bendito milagro del agua hasta las casas. En aquellas disputas por el agua, de largas colas y más larga desesperación, muchos cántaros se quedaban en tiestos en las escalinatas de la fuente y muchas mujeres habían de volverse a sus casas sin ese primario elemento, tan utile, humile, pretioso et casto, como diría san Francisco de Asís. Pero el agua de la Fuente del Secano sólo daba para eso que hemos dicho: para beber y elaborar los guisos.

El resto de las aguas necesarias para el día había que ir a buscarlo al río, y no era fácil andar tanto con el culo en remojo como andamos hoy, que para el caso nos bastaba, en invierno, un enjuague dominguero en barreño de cinc con agua calentada a lumbre de fogón, y en las insufribles siestas del verano, las expediciones al remanso de Los Terreroso La Vaerica la Granaera, en el río Argos. Mi mujer –y aquí el posesivo no denota pertenencia, sino situación; pues ella es tan de mí como yo soy de ella, y ambos de nadie y de todo lo que nos rodea–  aún se acuerda de cuando acompañaba a su madre, siendo una cría, en las crudas mañanas de aquellos inviernos en los que todavía se celebraba la fiesta de la matanza, al río Argos para lavar las tripas que habían de contener la masa de las morcillas, los chorizos, la salchicha, la longaniza o la butifarra. Pero de todas estas aventuras en busca del agua, la más ordinaria era la que emprendían casi a diario las mujeres del pueblo para llegar hasta el río Segura, de aguas más abundantes, frescas y limpias, para lavar la ropa. Cuentan –que a mí no me alcanza la memoria ni la edad para tanto– que la Cuesta de la Conejera se convertía, de domingo a domingo, en un rosario de mujeres con barreños llenos de ropa en la cabeza, más liviano el peso a la ida que a la vuelta, pues a la penuria del lavatorio había que añadir el doble esfuerzo de acarrear la ropa mojada y cuesta arriba, al regreso de la faena. Pero como el tiempo no sólo trae vejez y desidia, sino que a veces lleva escondida bajo las alas la fortuna de la prosperidad, aquellos años pasaron y su dolor se ha convertido, en los de más edad, en nostalgia dulce, pues el vigor y la juventud siempre se recuerdan de buena manera, aunque se hayan nutrido de la adversidad. Por la gracia de esta fortuna, hace ya muchos años que el término lavanderaapenas se usa, salvo para algunos formalismos, y ha ocupado su lugar, con una fuerza imparable y buena, el término lavadora, y eso es de agradecer.

 

1 de julio de 2008