José María Ortega
El otro día, compartiendo mesa y mantInmigrantes canariosel con gente a la que quiero, surgió una conversación sobre lo acaecido recientemente en Melilla, con la muerte de 13 inmigrantes subsaharianos que intentaban acceder a territorio español a nado, y fueron repelidos por la Guardia Civil, en un incidente que ha levantado grandes dudas sobre el papel jugado por las fuerzas de seguridad.
En el debate, que resultó acalorado, alguien asumió enseguida la tesis defensivas del Gobierno; tesis que defienden el papel de las fronteras están para separar a los países de sus peligrosos invasores y dónde se entiende que, si alguien intenta saltarse las fronteras es obligación del estado repeler al invasor, si es preciso, con el uso de la fuerza. Estas opiniones encontraron enseguida el respaldo de algunos de los allí presentes, pues el discurso primario del nacionalismo y del miedo al otro es un tren al que resulta fácil hacer subir a mucha gente.
Nadie de los que apoyaban la represión ejercida en aquella discusión fue capaz de ponerse en el lugar del otro, del ser humano que escapa de un país en el que no puede subsistir y tiene que tratar de llegar a Europa en busca de una vida mejor. Nadie se acordaba de que, en nuestras propias familias, hubo quien salió del pueblo buscando una vida mejor y que, si no tuvo más remedio, saltó ilegalmente la frontera de Francia y trabajó en lo que pudo con tal de alimentar a su familia. La memoria es frágil. Durante un buen rato, en aquella mesa como tantas mesas de nuestras familias, casi nadie fue capaz, en un primer momento, de analizar las cosas desde el punto de vista del más débil, menos aún lo fue de profundizar un poco en la cuestión, y de analizar el fenómeno migratorio como un movimiento de población que tiene razones sociales y económicas claras en las que los países receptores no son precisamente los más inocentes:
Si durante los siglos XIX y buena parte del XX los países del occidente europeo no hubieran esclavizado, a través del colonialismo, a los países africanos, tendríamos una situación diferente. Si el proceso de descolonización se hubiera hecho respetando la independencia social y económica de los nuevos países, no se hubiera creado un modelo económico como el que actualmente hay instalado en la mayoría de los países africanos, donde los recursos naturales están en manos de una élite corrupta y vinculada a nosotros, a los antiguos países europeos ocupantes: Inglaterra, Francia, Alemania, Bélgica, Italia, Portugal, Holanda y España…países éstos que son co-responsables de la extensión de la pobreza y de la falta de equidad en África. La pobreza de África llega a niveles humanamente insoportables, pero occidente trata de mantener la miseria detrás de su frontera al tiempo que seguimos explotando sus enormes recursos. Sería posible, por una cantidad de dinero asumible, proporcionar a esos inmigrantes un alojamiento seguro, una asistencia médica y un proyecto de inserción social en Europa. Ese gasto crearía empleo entre los desempleados de España. Esos centros no deberían ser centros de internamiento sino centros de promoción, cuyo coste debería asumir Europa o bien los países que históricamente más se han beneficiado, y siguen beneficiándose de la pobreza en África y de sus gobiernos corruptos con los que es fácil hacer negocios indecentes.

Y, cuando no sea posible mantener o integrar a más, lo lógico sería una repatriación en la que se respetaran los derechos humanos. De todos modos, A los que se forran con la economía sumergida (25% del PIB según algunos cálculos) les interesan fronteras blindadas e inmigrantes proscritos, supervivientes e ilegales, que por desesperación pueden trabajar muchas horas con menos sueldo ,como ocurre en ciertos almacenes de fruta «invisibles» que hay por nuestros pueblos y huertas.
Explicar que hay alternativas a la actual política de inmigración es difícil; requiere tiempo, empatía y cierto nivel cultural en quien escucha. A muchos de los gobiernos que hemos padecido en España no les ha interesado una población capaz de hacer análisis profundos de problemas sociales como el de la inmigración. La población culta se convierte en masa crítica, que es exigente y no tolera ciertos privilegios de casta. A los que mandan les resulta más a cuenta agitar el miedo al inmigrante, defender que esta es la sociedad que tenemos y mejor no mover su estructura. Los días de diario a disparar contra los que quieren saltar nuestra frontera, y los sábados a misa, a darnos golpes en el pecho, como hace el Ministro del Interior, que es del Opus Dei, claro. Y luego se lamentan de que a Jesús, que era un paria, lo crucificaran los mandamases de su tiempo por ser una amenaza a su comodidad indecente.