José Antonio Melgares GuerreroCronista Oficial de la región de Murcia.

El largo proceso seguido por el expediente para la declaración de las “Tamboradas en España” como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, ha concluido felizmente el pasado 29 de noviembre, con la inclusión de este bien inmaterial en la lista de la institución europea.

La tramitación ha sido larga. Casi diez años han pasado desde que el Consejo de Patrimonio Histórico Español decidió ampliar la propuesta del Ayuntamiento de Hellín para que sus tamboradas fueran propuestas a la UNESCO. Quien esto escribe estuvo presente en los inicios del proceso, que comenzó en una reunión en el Ministerio de Cultura de los representantes de las cinco comunidades autónomas en cuyo seno tenían lugar este tipo de eventos: Andalucía, Aragón, Castilla-La Mancha, Murcia y Valencia, cada una con sus características, terminología e indumentaria muy diferentes entre si y con el denominador común del redoble del tambor. El proceso de recogida de datos fue lento y dificultoso por los diferentes equipos de trabajo, que en la Comunidad de Murcia coordinó la antropóloga Inmaculada García Simó.

Desde el primer momento se planteó la necesidad de argumenntar el origen de la actividad, a todas luces desconocido en todos los lugares, tanto en su aspecto temporal como en el morfológico; así como el desarrollo del mismo, siempre en el marco de la Semana Santa.

Como trabajo de campo y sin llegar a conclusiones definitivas en el planteamiento de los orígenes, se aceptaron dos teorías que finalmente se tuvieron en cuenta como complementarias y no excluyentes la una de la otra.

El origen remoto de las tamboradas es difícil de precisar con exactitud, pero está vinculado al desarrollo de las cofradías de penitencia que comienzan su andadura tras la celebración del Concilio de Trento en el S. XVI, sin desechar la posibilidad de sus comienzos en la baja edad media, y está íntimamente ligado a la celebración del “Oficio de Tinieblas” que se celebraba a la hora “sexta” (del “tempo sacro”), coincidente en el tiempo civil con las tres de la tarde, cada viernes santo.

Como recuerdan los de mi generación y anteriores, durante las primeras horas de la tarde de ese día, los sacerdotes se reunían para rezar juntos la “hora sexta”, en el denominado “Oficio de Tinieblas”, a lo largo del cual y tras recitarse los salmos correspondientes del Oficio Divino, se iban apagando las luces (velas) del “tenebrario” (que recordaba las siete últimas palabras de cristo en la Cruz). Llegado el momento de apagarse la última, en que se evocaba la muerte del Redentor, los sacerdotes abatían ostentosamente los asientos del coro donde se encontraban, cerraban los libros con gran estruendo e incluso los tiraban con fuerza al suelo, causando mucho ruido en el templo que a partir de ese momento quedaba completamente a oscuras y en silencio. De esa manera se representaba plásticamente el terremoto y el eclipse solar que, según los Evangelios siguieron a la muerte de Jesús en la cruz.

La ceremonia del “Oficio de Tinieblas”, que tenía lugar en el interior de los templos, era seguido dentro y fuera de los mismos por las gentes de cada localidad, quienes en algún momento se incorporaron al ruido causado por los clérigos, con todo tipo de utensilios a su alcance; no siendo extraño que también se hiciera con tambores, ya preparados para la procesión vespertina del “Santo Entierro” a celebrar pocas horas después. El desarrollo de la actividad sonora vino después, así como su reglamentación y ordenación, primero por las propias cofradías y luego por los ayuntamientos encargados del orden público.

Curiosamente, la actividad tamborista comenzó y se desarrolló en lugares con presencia franciscana (En Moratalla y Mula hubo hasta la desamortización del S. XIX conventos franciscanos), cuyos frailes, desde la época de S. Francisco de Asís, se preocuparon por acercar los misterios de la redención de forma sensible al pueblo llano mediante representaciones plásticas como el “belén”, el “vía-crucis” o los “autos” de Navidad y Pasión.

Aquella práctica de origen renacentista o bajomedieval, en algunos lugares languideció con el tiempo, resurgiendo en el S. XIX, durante la época del Liberalismo, ya con otro sentido más festivo e incluso vinculado a la contestación social. Aquí es donde se sitúan quienes defienden la teoría del origen de las tamboradas en esta centuria, despojando a la actividad tamborista de su sentido religioso ancestral.

En mi opinión ambas teorías son, como antes dije, complementarias y en ningún caso excluyentes. Así se plasmó en el expediente que finalmente ha tenido en cuenta la UNESCO para la declaración de las Tamboradas en España como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, bien cultural que en la región de Murcia se une a las Pinturas Rupestres del Arco Mediterráneo, el Consejo de Hombres Buenos y la Dieta Mediterránea, expresiones de nuestra cultura que se ofrecen al mundo como elementos a cuidar y proteger, pues son patrimonio de todos, mostrándose como atractivo a cuantos se fijan en lo cultural como oferta turística.

La Lista UNESCO no es sin embargo y en ningún caso a perpetuidad. Igualmente que se incluyen en ella bienes materiales o inmateriales por sus destacados valores sociales, culturales, históricos y antropológicos, pueden excluirse de la misma al ser considerados “patrimonio en peligro”, cuando estos se desvirtúan por la pérdida de aquellos o el alejamiento de los principios que animaron su declaración. No es frecuente, pero sí posible, con el desprestigio mundial que ello acarrea, la exclusión de un bien de la Lista UNESCO. No será así en lo referente a las tamboradas del Noroeste y Río Mula, a las que entre todos debemos cuidar y proteger de elementos espurios que pudieran perjudicar su prestigio, cuya consideración trasciende a lo estrictamente local, pues es patrimonio de todos.

Cuando dentro de unos días se produzca la “rompida” anunciada en todas las tierras de España donde  se produce el fenómeno tamborista para celebrar la declaración de la UNESCO, no faltarán los políticos para hacerse la foto y celebrar el éxito. Sin embargo, en ninguna de esas fotos figurarán los técnicos y profesionales de los equipos multidisciplinares que con mucho trabajo y dedicación fueron construyendo el expediente que finalmente consiguió el éxito. Sirvan estas líneas como reconocimiento a su labor callada y eficaz cuyo éxito ahora otros celebran,