JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Uno de los atractivos de la exposición “Signum” que próximamente abrirá sus puertas en la antigua iglesia de la Compañía, es el conjunto o ciclo pictórico del antiguo retablo de la Vera Cruz, desmontado en fecha incierta que imagino tras la inauguración del actual templo de la Patrona en los primeros años del S. XVIII. Tras desmontarlo, la parte más importante de las tablas pintadas de que estaba compuesto, se colocaron en el crucero y sacristía del nuevo templo; aquellas en sitio, aunque a gran altura, muy apropiado, pues parece que el arquitecto hubiera pensado en la nueva edificación, el lugar idóneo para su colocación.

Las pinturas han sido siempre atribuidas al pintor valenciano Hernando de Llanos, fijándose la fecha de ejecución de las mismas el año 1521, desde González Simancas en los primeros años del S. XX, pasando por Elías Tormo en 1923 y Alfonso Pérez Sánchez en 1976, además de ilustres historiadores del arte posteriores; y ello basándose en los paralelismos entre la iconografía y ciertos ademanes y gestos de algunos personajes protagonistas del “Milagro de la Aparición de la Cruz” del viejo retablo caravaqueño, con el cuadro de “Los Desposorios de la Virgen” del Museo de la Catedral de Murcia, obra al parecer cierta del artista valenciano. La atribución se ha confirmado recientemente por especialistas a quienes nada tengo que objetar. Sin embargo, ya dejó claro Cristina Torres-Fontes Suarez en 1983, la existencia de la documentación alusiva a la contratación de un retablo con pinturas alusivas a la tradición histórica del Milagro de la Cruz y sus protagonistas Ceyt Abuceyt y el cura Chirinos, con el artista burgalés Andrés de Bustamante, afincado en la ciudad de Murcia al menos desde 1496. El retablo en cuestión lo encargó el 6 de septiembre de 1510 Pedro Pérez, mayordomo del Salvador y apoderado del Concejo y Vicaría de Caravaca para obligar todas las propiedades y rentas de dicha iglesia mayor y concertar con Andrés de Bustamante la construcción de un retablo para dicha iglesia, conforme estaba convenido con D. Pedro Fajardo, como comendador santiaguista que era de la entonces villa de Caravaca. De ello se ocupó, además de Cristina Torres-Fontes en el ya citado año 1983 (revista “Murgetana” de la Real Academia “Alfonso X el Sabio” Nº 65), el malogrado historiador Miguel Rodríguez Llopis en 1984 (“Señorío y feudalismo en el Reino de Murcia”). Por el contrato del retablo en cuestión sabemos sus dimensiones: 27 ó 30 palmos de alto por 34 de ancho. Y también su precio: 15.000 maravedíes, pagaderos en ocho plazos, siendo el primero al empezar y el resto conforme se fuera haciendo la obra. El retablo se encargo para el templo del Salvador, hoy La Soledad, pues el actual se concluyo noventa años después. En la fecha indicada el templo de la Stma. Cruz era una pequeña estancia en la denominada “Torre de la Cruz” en la fortaleza local, de muy reducidas dimensiones, donde no cabría el retablo. No cabe la posibilidad de haberse fabricado dos retablos de la misma naturaleza en tan corto espacio de tiempo

Así las cosas, la atribución va por un lado y la documentación por otro. Cabría pensar en la posibilidad de lo que hoy denominaríamos una “subcontrata” por parte de Bustamante a Llanos, pero ello es imposible pues aquel precede a Llanos en más de 20 años, cuando el valenciano aún no había regresado de Italia.

Si, haciendo caso a la documentación archivística las tablas fueron de Bustamante y no de Llanos, en absoluto estaríamos desmereciendo su calidad artística, pues el burgalés fue un afamado arista renacentista que, a la manera de Miguel Ángel, tocó la pintura, la escultura y el retablo, siendo considerado en la ciudad y reino de Murcia, en los años referidos, uno de los más famosos, de ahí que D. Pedro Fajardo, primer Marqués de los Vélez y mecenas como se sabe de buena parte del ajuar de la Vera Cruz, pensara en él y no en otro para obra de tanta envergadura en Caravaca. Ya D. Elías Tormo, al señalar que estas tablas eran parte de un retablo pintado hacia 1910, calificaba a su autor (para él desconocido entonces), de “insigne pintor”, que logró el fin propuesto: acrecentar la fe, dar veracidad a la tradición histórica caravaqueña y que ésta “se viera” y se hiciera tangible y admirado lo que hasta entonces sólo había sido expresión oral. Con ello, además, se fomentaba por la “piedad ocular” la devoción.

Como dije antes, aquel primitivo retablo se desmontó en fecha incierta, yendo a parar cuatro de sus tablas al crucero del nuevo templo y dos a la sacristía, perdiéndose las que las que formarían la predela y otras de lugares de menor consideración, evidentemente de menores dimensiones. Allí estuvieron hasta que en 1987, siendo Hermano Mayor de la Cofradía de la Vera Cruz quien esto escribe, se trasladaron a Murcia para su limpieza y restauración en el entonces “Centro de Restauración de Verónicas” (hoy “Centro de Restauración de la CARM), siendo intervenidas por el equipo que dirigía, y lo sigue haciendo en la actualidad Francisco López Soldevila.

Tras su restauración, y desprovistas de sus marcos, se dispusieron en la Sala de Pintura del Museo de la Cruz, montado siendo Hermano Mayor José Nevado Medina. Las oscilaciones térmicas del nuevo emplazamiento (orientado a poniente), a todas luces inadecuado, propiciaron la aparición de craquelados y desprendimientos, lo que obligó a una segunda intervención algunos años después, yendo a parar después al lugar que nunca debieron abandonar, en el crucero del templo de la Vera Cruz, donde la oscilación térmica es menor y donde se habían aclimatado tras el paso de los años. La tercera restauración (desde 1987), recientemente practicada, financiada por la fundación “Banco Santander” en la primavera pasada, siendo intervenidas por el restaurador Manuel Sánchez debe ser la definitiva tras la exposición “Signum”, en donde se van a poder contemplar en todo su esplendor y cercanía. Demostrado queda que la salud e integridad física de las más antiguas pinturas del patrimonio cultural caravaqueño exige unos cuidados que distan mucho de su intervención cada corto espacio de tiempo.

Atribución, documentación histórica y restauración, son conceptos presentes en las “tablas” del Castillo, antes y ahora, las cuales siguen hablando y no sólo a expertos en pintura renacentista, sino a todos cuantos quieran escuchar su mensaje estético, devocional y tradicional