José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.
Con frecuencia, a lo largo del tiempo, en costumbre que aún pervive, se mencionaron a las hembras de una familia numerosa por el apellido paterno o con un mote conocido por toda la sociedad local.


En el ecuador del pasado siglo, época a la que continuamente me refiero, eran sobradamente conocidas las de Olmo, las de López, las Dentistas, las Sola Loja, y anteriormente las Capelas o las Carlistas. En la actualidad se mantiene la costumbre, como el lector reparará en su recuerdo.
Una de las sagas más conocidas en la época referida fueron Las Rosellas: Carmen, Encarna, Lola y Mercedes, hijas del capitán del ejército que perdió Cuba D. Miguel García Rosello. Con domicilio en la C. Mayor 39, frente a la confitería de Cecilio y la perfumería de la Papirusa, entre las MM. Carmelitas y la Compañía.
La menor de ellas y más conocida fue Doña Mercedes, o La Tita Meme como se la llamaba por sus abundantes allegados y familiares; paradigma de la mujer tradicional española caricaturizada por Lorca en La Casa de Bernarda Alba, depositaria y defensora de valores tradicionales ya caducos, que defendió a capa y espada, con gran personalidad, hasta su muerte.
Doña Mercedes contrajo matrimonio a principios del S. XX con un oficial del Cuerpo Jurídico de la Armada: D. Fidel Martínez, con quien se embarcó en viaje de novios rumbo a Filipinas. En el mismo barco viajaba la querida de su esposo, invitada por éste, lo que motivó la ruptura inmediata de la pareja y el rápido regreso de Dª. Mercedes sola, aunque embarazada de su hija Merceditas, quien se crió y educó al calor de su madre y sus tías en la casa familiar antes mencionada.
La casa se mantenía de las rentas que aportaban abundantes fincas en La Encarnación y Navares, además de un olivar y otras propiedades rústicas en Caravaca. Y en ella, además de las hermanas y la hija, convivían seis criadas, entre ellas Antonia López Pérez, de Archivel,Juana, María (que era el ama de llaves), Josefa y Josefica. También del chófer Manuel el de las Rosellas, con su mujer y sus cuatro hijos (hasta que éste ocupó otro domicilio junto a La Lonja. Con el tiempo, al personal referido se añadieron los ahijados Luís García Martínez y Emilio Díaz Sáez.
Las rentas rústicas mencionadas permitían una vida cómoda pero austera en la casa, sin excesos ni excentricidades, y el ejercicio de obras de caridad sin cuento con gentes de humilde condición, que continuamente demandaban de Dª. Mercedes quien, generosamente compartía sus bienes con los más necesitados.
Mujer de carácter afable y desenfadado, respetada por todos y admirada por muchos, vistió siempre de negro, peinó siempre con moño y se aseó unicamente con agua de rosas; encargándose personalmente de repartir el trabajo diario para que nadie en su entorno permaneciese ocioso un momento. Exigente consigo misma y con la servidumbre, a la que vestía con uniforme de diario y de fiesta, impedía excesos de ningún tipo respecto a la moral tradicional heredada de sus mayores.
De ella se recuerdan anécdotas como la de haber agujereado, con el extremo puntiagudo de su paraguas la cartelera en la que la empresa Orrico anunciaba una película cuya protagonista se exibía ligera de ropa. De lo que nadie se escandalizó ni pidió responsabilidades por tratarse de quien era. Las revistas que entraban en su casa, generalmente figurines relacionados con la moda en el vestir, eran censuradas previamente por ella cerrando escotes y alargando faldas con lápiz o bolígrafo a la mano.
Durante la Cuaresma y Semana Santa se comía con gran austeridad, observándose los ayunos y abstinencias como si de un convento de clausura se tratara. No se celebraba el carnaval. Se asistía a misa primera cada domingo, antes del amanecer y se rezaba el rosario a diario, al caer la tarde, todos los de la casa juntos e incluso con asistencia de algunos vecinos.
Cuando contrajo matrimonio su hija Merceditas , en su propio domicilio, como era costumbre entre las clases sociales distinguidas, con el prestigioso farmacéutico D. Luís Sánchez Caparrós, no asistió a la ceremonia pues, según sus creencias, la presencia de una separada en la misma traía desgracia a los contrayentes.
Al fallecer su esposo en Madrid, a pesar de no haberlo visto desde el cariacontecido viaje de novios a Filipinas y haber pleiteado larga y costosamente con él por la patria potestad de su única hija, no sólo le llevó largo tiempo luto riguroso, sino que vistió a toda la servidumbre de negro durante el tiempo que ella lo hizo.
Con motivo de la visita ocasional a su casa, del obispo D. Francisco Cavero Tormo, quien había sido párroco del salvador con anterioridad a su consagración episcopal, hizo fabricar uniformes nuevos para toda la servidumbre, consistente en una túnica azul y delantal blanco, con cofia del mismo color y alpargatas de cáñamo, que fue muy comentado y elogiado por la sociedad local.
Adicta a todo lo relacionado con la Iglesia, pertenecía y pagaba cuotas a todas las cofradías y hermandades benéficas locales. A su casa tenían acceso a la hora de la comida, tanto los frailes carmelitas como los claretianos que cuidaban del culto a la Stma. Cruz en el Castillo, así como los miembros de clero secular cada vez que lo requerían. El claretiano P. Goñí, como los carmelitas Gabriel, Felipe y Amado, como otros muchos, eran asiduos visitantes al domicilio de la C. Mayor, en el que se alojaba el obispo D. Ramón Sanahuja y Marcé cuando se desplazaba a Caravaca en visita pastoral.
Dª. Mercedes formaba parte de aquella clase social cuyas féminas apenas salían a la calle, haciéndolo sólo para actividades religiosas y caritativas, así como para hacer o devolver visitas domésticas de amistad o de pésame. Entre sus amistades de visita obligada periódica se recueran a Dª. Matilde Ródenas, Dª. Mercedes Caparrós, Dª. Carolina y Dª. Pepa Delgado, Dª. Julia Blanc y Dª. Julia Muso entre otras.
Mujer de grandes contrastes emocionales, igual era inflexible a la hora de intervenir en los noviazgos de las mujeres de su entorno inmediato que se volcaba en obras benéficas y de caridad. Mandó edificar a su costa la nueva ermita de La Encarnación con las 500.000 pts. Fruto de la venta de una finca en Los Prados a Juan Antonio Arias y la aportación en trabajo de los vecinos, para que los aldeanos no tuvieran que hacer el largo recorrido hasta la antigua, en el monte, cada domingo. Y falleció víctima de un estúpido accidente de tráfico cuando en su coche Citröen Pato color negro, se dirigía a Almería, para buscar trabajo a Pedro Antonio, hijo de Manuel, su chófer.
Su entierro fue un gran manifestación de duelo popular, al que no faltaron las familias gitanas y de humilde condición a quienes tanto favoreció. La oración fúnebre, en su funeral en el Salvador, la pronunció el coadjutor de aquel templo y periodista José Freixinós Villa , uno de los que siempre la llamaron Tita Meme. La muerte años después de su hija del mismo nombre, acabó con Las Rosellas y con lo que ellas, junto a otras familias de condición similar, significaron y representaron en la sociedad local como ejemplo de unas formas y unas costumbres que estuvieron en vigor hasta lo que se denominó el ocaso de la vida tradicional que podemos afirmar dio comienzo en Caravaca, como en el resto de España, en la década de los cincuenta de la pasada centuria.