JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Las recientes “pruebas de diagnóstico” que han sufrido los estudiantes de segundo curso de la ESO en mayo pasado, contra las que se han manifestado algunas APAS y comunidades escolares de la Región, traen al recuerdo del Cronista las reválidas y el preu que sufrimos muchas generaciones de estudiantes que cursamos nuestro bachiller entre el ecuador del pasado siglo y la promulgación de la conocida vulgarmente “Ley Villar Palasí” de 1970. A aquellos miles de estudiantes de la región de Murcia y de los pueblos de la comarca Noroeste (al igual que en el resto de España) nos afectó la denominada “Ley de Ordenación de la Enseñanza Media” que entró en vigor en 1953, siendo ministro de “Educación Nacional” Joaquín Ruiz Jiménez. De acuerdo con aquella ley, a la que popularmente nos referíamos como “Plan de Estudios de 1953”, a los diez años comenzaba el bachiller, tras los estudios primarios, con el recordado Examen de Ingreso, que consistía en un “dictado” (en el que no podía haber faltas de ortografía), y una prueba oral ante un tribunal compuesto por profesores de diversas materias. Tras el “ingreso” y los cuatro primeros cursos, los estudiantes concluíamos el “Bachiller Elemental” y sufríamos nuestra primera REVÁLIDA (la reválida de cuarto), a la que nos enfrentábamos en Murcia, y concretamente en el Instituto Alfonso X el Sabio, junto a la Glorieta de España, ante un tribunal que durante muchos años presidió el inspector de Enseñanza media D. Manuel Vilaplana, un hombre tan admirado como temido en la comunidad escolar de la entonces provincia de Murcia, por su seriedad, rectitud profesional y su aspecto elegante. Las diferentes pruebas de la “reválida de cuarto” se prolongaban durante dos largos días, lo que obligaba a los estudiantes de las localidades lejanas a permanecer todo ese tiempo en la capital, y comprobar en persona que lo del calor y los mosquitos (entonces) de Murcia, en el mes de junio, eran verdad y no exageración de los mayores. Las calificaciones obtenidas por cada cual llegaban días después a las academias, colegios privados y “Oficialmente Reconocidos” (como era el caso el Colegio Cervantes de Caravaca). Los suspensos en junio tenían otra oportunidad en septiembre, y no se podía pasar al “Bachiller Superior” sin haber aprobado aquella temida “reválida de cuarto”. El “Bachiller Superior” se prolongaba a lo largo de los cursos quinto y sexto, donde ya el alumnado se dividía, según preferencias y aptitudes en “ciencias” y “letras”. Con asignaturas específicas para unos y comunes para unos y otros. Al concluir el citado bachiller superior llegaba otra vez la reválida (en este caso la “reválida de sexto”), también celebrada en Murcia, aunque en este caso en el instituto Femenino “Saavedra Fajardo”, en el barrio del Carmen, junto a la iglesia de este mismo nombre y frente al Jardín de Floridablanca. Los exámenes se dividían en pruebas de materias comunes y específicas, además de una prueba de idioma (generalmente Francés entonces), sin diccionario. En los tribunales que juzgaban la “reválida de sexto” figuraban catedráticos desconocidos para nosotros que imponían gran respeto, si bien es cierto que solía haber algún profesor conocido, procedente de los centros de procedencia de los examinandos. Tras aprobar la “reválida de sexto” teníamos derecho al tratamiento de “don” o “doña”, y ya nos podíamos considerar “bachilleres”, título suficiente para iniciar algunas carreras técnicas y escuelas profesionales. Sin embargo para el acceso a la Universidad en general, era obligado hacer el curso “Preuniversitario”, popularmente conocido como el PREU, que a partir de 1953 sustituyó al “Exámen de Estado” obligado para muchas generaciones anteriores. Los exámenes de Preu tenían lugar en la Universidad (en su único campus entonces de La Merced), y constaba de dos pruebas: una común con dos partes (conferencia y resumen de la misma, comentario de texto y lectura y traducción oral del idioma, generalmente Francés entonces), y otra específica según se hubiera cursado el bachiller de Ciencias o Letras. Como en las reválidas, para quienes no aprobaban los exámenes ordinarios de junio, habían pruebas extraordinarias en septiembre, y había que tener aprobado el “Preu” para la matriculación posterior en las facultades universitarias. La Ley General de Educación (o “Ley Villar Palasí”) de 1970 sustituyó el PREU por el COU (Curso de Orientación Universitaria), y posterior Selectividad aún en vigor. El último curso que funcionó el “Preu” fue el 1970/71, y a los exámenes en la Universidad había que presentarse (los varones) correctamente vestidos, lo que equivalía en la época a que me refiero, a la indumentaria a base de chaqueta y corbata, a pesar de los calores del verano murciano, pues tanto las reválidas como el “preu” tenían lugar a lo largo del mes de junio. La sociedad permisiva de los años siguientes no estuvo por conservar en adelante aquellas pruebas, todas ellas selectivas y acompañadas del ritual propio del respeto casi reverencial a las instituciones educativas de la época. Desde entonces, en muy poco tiempo, las cosas han cambiado muy rápidamente.