Pascual García (garciapascual@hotmail.com)

Acabo de quedarme sin teléfono móvil, por razones técnicas, en plenas vacaciones y ando preocupado, como si, de súbito, me hubiese quedado solo en el mundo, aislado de los que tienen mi número y no podrán llamarme, de mi familia que no será capaz de ponerse en contacto conmigo si ocurriese cualquier incidente, de algún editor, del que espero las pruebas de mi nuevo libro y de los responsables de algún otro proyecto que me afecta y me interesa.

Entonces, recuerdo que una buena parte de mi vida la he pasado sin ningún artilugio que me permitiera comunicarme con alguien que no se encontrara a mi lado. En mi casa de Moratalla no hubo teléfono hasta que no terminé la carrera (por cierto, el mismo que todavía está colgado de la pared de la entrada veinticinco años más tarde). Por aquellos días acudíamos a las cabinas telefónicas para estos menesteres, y de este modo conseguí mantener a distancia la relación amistosa con la que ahora es mi mujer el año que pasamos separados después de finalizar los estudios en Murcia. Acaso no había tantos asuntos de los que hablar como hoy. Antes, durante mi infancia, la gente acudía a la centralita de los pueblos en contadas ocasiones para poner una conferencia a algún familiar lejano. Como los telegramas, no solían presagiar nada bueno. Y eran sucesos siempre extraordinarios.

No han pasado tantos años y parece mentira que de aquel silencio y de aquella paz aparente, (pues nadie te molestaba a la hora de la cena ni en el momento de la película por la noche ni sonaba el timbre o la musiquilla de los aparatos modernos en cualquier acto social, incluidas las misas, los recitales y las clases) proceda este constante, neurótico e ininterrumpido parloteo al que ya nos hemos acostumbrado, porque no hay otro remedio, y también nosotros llevamos en el bolsillo, como un arma secreta, nuestro propio móvil, que de un modo invariable nos suena, pese a que siempre intentamos apagarlo o ponerlo en modo de silencio, en una reunión importante, en el momento más inesperado.

Quizás tengamos que decirnos muchas cosas al fin y al cabo, de decírnoslas a todas las horas del día y de la noche y en todos los sitios, pese a que después la factura sea demasiado alta y, a veces, nuestra dependencia del chisme se convierta en una auténtica adicción, en una enfermedad que debemos tratarnos más pronto que tarde. En realidad, sufrimos una epidemia tecnológica en toda regla, que nos está creando nuevas necesidades hasta hoy desconocidas y, en cierta forma, nos está descolocando, como si no estuviésemos preparados para la rapidez con la que ocurren estas cosas y fuésemos empujados por su ímpetu casi irracional.

No queda apenas nadie sin un móvil, más o menos de última generación, en este país: pueblos, ciudades y campos incluidos, y las empresas del ramo se lucran, mientras nos atosigan con miles de ofertas intercambiables, también a golpe de teléfono, a la hora impertinente de las comidas, como si nos fuera imposible huir de esta obsesión, que nos acerca a mucha gente y, sin embargo, nos aleja a la vez de todo el mundo, porque cada día resultan más frecuentes los encuentros virtuales en el ciberespacio y en ese otro, igualmente etéreo, de las ondas electromagnéticas, mientras vamos olvidándonos de lo cerca que estamos, en el fondo, los unos de los otros, pared con pared, vecinos de la misma calle y habitantes de un espacio común, que prosigue dando vueltas sobre sí mismo y alrededor de un astro tan grande como inalcanzable.

Aunque esos misterios de la ciencia comienzan a pertenecer más al ámbito de la mística y no son tan insondables como la posibilidad de tener en nuestra mano el poder de hablar con tantos hombres y mujeres en cualquier parte del mundo y a cualquier hora. Es difícil sucumbir al encanto de la magia tecnológica, a los nuevos fetiches de un credo que nos tiene literalmente embobados, con la oreja puesta en voces lejanas, en melodías hipnóticas y la atención dispersa, como idos, pendientes sólo del extraño sonsonete que anuncia la llamada, la buena nueva, las palabras de la divinidad.