PASCUAL GARCÍA GARCIA

De entre las muchas noticias terribles que nos concede cada año la Navidad como un regalo agridulce y, a veces espeluznante, con el fin de situarnos, al parecer, en las antípodas del espíritu que se supone estamos celebrando, nos llega en esta ocasión la de un niño de tres años que ha sufrido heridas graves, incluida la pérdida de las dos orejas, al ser mordido por varios perros de raza bull terrier en una finca de la localidad madrileña de El Molar. Presenta, asimismo, varias mordeduras, entre ellas una grave en el muslo izquierdo y otras en la cara de menor gravedad.

Los datos del perro y del sitio donde ha sucedido esta barbaridad me importan poco, me sobrecoge el ataque, el padecimiento extremo de una criaturica, que no solo mostrará de ahora en adelante las cicatrices externas de su drama, sino que tendrá que vivir con el miedo de la acometida de una fiera, que bien podría haberlo matado, porque, a la postre, se trata de animales con instinto salvaje lo suficientemente inteligentes y astutos para escoger y agredir a los más débiles, pues en esos instantes casi trágicos se   despierta en ellos la sangre primitiva de la bestia que se defiende o se abre paso en la naturaleza del mismo modo que un león elige la gacela más débil para su colación diaria.

Hemos incorporado a la civilización de la manera más natural, confiada e ingenua las alimañas y encima las estamos protegiendo como si fueran reliquias en vías de extinción y necesitaran de nuestro mimo diario. No acabamos de entender que cada especie y cada raza tienen su lugar y que los niños corren peligro entre estas fieras presuntamente domesticadas. Todavía recuerdo, en el tiempo en que paseaba a mis hijos pequeños por Murcia, las muchas ocasiones en las que tuve que   reprobar a individuos que apenas podían sujetar perrazos de espanto y a los que me enfrentaba por el temor de que atacaran a mis cachorros, los únicos importantes en el reino animal, como lo es el niño de tres años de la noticia. No se trata de prioridades, sino de reeditar la vieja conciencia de que nosotros gobernamos el mundo para el bien de todos y de que si algún ser debe ser sacrificado, siempre ha de ser el animal, el que nos ha dado desde el principio del mundo su piel para calentarnos, su carne como alimento y su compañía como consuelo.

La ciudad ha perdido, en mi opinión, el viejo, duro y noble trato con la naturaleza, porque todo en ella es artificioso y un poco falso, y abunda la hipocresía y la sensiblería y las emociones excesivas y fraudulentas. Hasta el punto que hemos dado en sustituir lo importante por lo accesorio, eso que en el caso referido se traduciría en la protección exagerada y absurda del perro frente a la indefensión inexplicable de un niño herido, cuyo trauma le durará toda la vida. No debería haber ocurrido en ningún caso, pero si ocurre en un pueblo como Moratalla, el perro ya estaría criando malvas, al menos en mi época, y nadie se sentiría culpable por eso.

No tengo nada contra el ecologismo, antes bien al contrario me resulta imprescindible en la sociedad actual, salvo que sus ideas entren en conflicto con el ser humano y su supervivencia; en ese caso la única palabra posible sería fascismo, y por ahí no paso.

No creo que nadie en su sano juicio dude a la hora de elegir entre un niño y un animal, por muy perro, mucha raza y mejor amigo del hombre que sea.