JUAN FERNÁNDEZ DEL TORO

Hablar de Mula es hablar de su Castillo, de su insigne fortaleza esculpida piedra a piedra por expertas manos en el arte de la cantería y que se eleva sobre la ciudad, cual corona marquesal rematando el escudo de la familia fajardo, sus promotores. Sin embargo, el conjunto fortificado cuenta con elementos defensivos tan importantes como el propio Castillo y que ya estaban allí antes de que lo hiciera la fortaleza renacentista: sus murallas; porque, a pesar de que pasen desapercibidas, Mula es, o fue, una ciudad amurallada.

Para conocer el origen de las defensas muleñas, hemos de trasladarnos hasta la fundación de la ciudad de Mula en su ubicación actual. Tras la destrucción, en torno al 825 d.C., de la Mula tardorromana situada sobre la planicie del Cerro de la Almagra (una de las siete ciudades recogidas en el Pacto de Tudmir), los habitantes hispanomusulmanes de la zona fundaron un pequeño núcleo de población al amparo de un hisn, es decir, una fortaleza encaramada en lo alto del monte. Durante el dominio musulmán, era común la existencia de pequeñas aldeas, conocidas como alquerías, dependientes de una ciudad o medina y donde residían los agricultores que explotaban la tierra circundante. Normalmente, esas alquerías contaban con una torre-fortaleza donde los habitantes podían refugiarse en caso de ataques enemigos. Ese debió de ser el caso de Mula al principio.

La gran facilidad de defensa del lugar, dada la escarpada orografía del terreno, y la fértil vega constituida en terrazas regadas por el agua de la acequia mayor, hicieron que la ciudad experimentase un desarrollo demográfico importante, hasta el punto de convertirse en uno de los abastecedores de alimentos principales de la capital, Mursiya. Ese desarrollo llevó aparejada una creciente importancia política. Así pues, Mula llegó a convertirse en la capital de un iqlim o distrito que ocupaba un vasto territorio, tanto que Caravaca formaba parte de ella como alquería.

En ese contexto, se levantaron las imponentes murallas que circundaban la ciudad, protegiéndola de los peligros externos. La configuración de la medina obedecía al trazado de su muralla, dividiéndola en tres recintos o zonas principales: la alcazaba, el albacar y el caserío. El primero se ubicaba en la parte superior de la ciudad y estaba destinado a albergar a los poderes políticos y militares. En él existía, al menos, una torre del homenaje situada donde hoy lo hace la del castillo renacentista. A continuación, ladera abajo, se encontraba el albacar, una zona destinada al refugio del ganado y que, además, servía como nexo de unión entre los otros recintos, ya que con él se salvaba una zona de elevada pendiente casi inservible para la construcción de viviendas. Cabe destacar la conservación de un magnífico ejemplo de aljibe hispanomusulmán situado en el centro del albacar y que es conocido como Cueva de los Moros.

Por último, en la ubicación más baja, se encontraba el casco urbano. En este recinto existirían todos los espacios propios de un núcleo de población hispanomusulmán con categoría de ciudad, por ejemplo, el zoco para la venta diaria de abastos y los talleres de todo tipo de artesanos para dar servicio a los habitantes. Como construcciones fundamentales resaltarían en el entramado urbano las mezquitas, que según cuenta la tradición eran dos y se correspondían con las actuales iglesias de Santo Domingo y el Carmen. En torno a ellas debieron de existir unos baños, imprescindibles para las abluciones de los musulmanes, y alguna de esas mezquitas debió de albergar una madraza, lugar destinado a la enseñanza.

La cerca exterior, la cual cerraba la ciudad por su parte inferior, contaba con una serie de puertas que daban servidumbre de paso a la ciudad. Entre ellas existía la de Yéchar, ubicada en el entorno del actual barrio del Pontarrón; la de los Olmos, en el extremo oeste de la ciudad; o la puerta del Cantón, cuya ubicación exacta desconocemos pero que pudo corresponderse con una de las calles centrales del barrio del Carmen, por su configuración acodada.

A extramuros, discurría la acequia mayor, una arteria vital para la ciudad, pues de ella bebían sus habitantes y su huerta. A pesar de no contar con un río que fluyera con la suficiente cercanía como para abastecer a los muleños, éstos no renunciaron a su asentamiento, dadas las magníficas características defensivas del lugar, una condición indispensable para toda ciudad medieval. La solución al problema pasó por construir la citada acequia, una verdadera obra de ingeniería que conduce el agua desde el azud del Gallardo, una presa ubicada en el Río Mula a unos 14 km de la ciudad, hasta Mula, aprovechando las curvas de nivel del terreno. Gracias a ella podía fertilizarse la vega que tanta riqueza trajo a la ciudad.

Esa gran facilidad de defensa, gracias a la orografía del terreno y a las vetustas murallas, quedó patente cuando el infante Alfonso, ante la imposibilidad de tomar Mula por la fuerza, se vio obligado a sitiarla durante meses. Finalmente, la ciudad se rindió a los cristianos el 23 de mayo de 1244. De aquella gesta dejó constancia el Rey Sabio en su Crónica General de España, alabando a Mula:

«Mula es uilla de grant fortaleza et bien çercada, et el castiello della es commo alcaçar alto et fuerte et bien torrado, et es abondada de todos abondamientos  de lauor de tierra et de todas coças de monte que a conplida uilla conuiene…»

Aún volvieron a jugar un gran papel en la historia del Reino de Murcia las murallas muleñas, cuando la Corona aragonesa tomó por la fuerza todo el reino a excepción de Mula, que quedó como único reducto fiel a la Corona de Castilla e imposible de conquistar por la fuerza pese a los años de asedio que vivió.

El declive de las cercas muleñas comenzó tras la conquista de Granada en 1492. Con ella desapareció el peligro constante de ataques hispanomusulmanes en una zona de frontera como era Mula. Desde entonces, la función de la muralla perdió su carácter militar, sirviendo como defensa contra las plagas y como control de acceso, en general, a la ciudad. No obstante, Mula creció y rebasó sus murallas, que en muchas ocasiones fueron derribadas y sobre sus sólidos cimientos se levantaron casas. De esa forma, cuando era necesario, se levantaban ligeras cercas que servían para controlar la entrada de personas, como ocurrió con la epidemia de peste de 1648.

El castillo hispanomusulmán fue demolido en torno a 1520 para levantar en su lugar la fortaleza actual y sus murallas fueron modificadas para adaptarse a la nueva construcción. Sin embargo, el albacar continuó manteniendo sus murallas, que fueron deteriorándose con los años. En ocasiones sufrieron demoliciones intencionadas por el peligro que suponían para quienes habitaban a sus pies. No obstante, aún hoy contamos con importantes vestigios de estas murallas que describen de forma clara el trazado del recinto del albacar, con sus lienzos y sus torres, los cuales han comenzado a intervenirse con pequeñas actuaciones de consolidación. Esperemos que los trabajos continúen para recuperar este interesante monumento que, sin duda, contribuirá a la difusión turística de la ciudad.