GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Dice Rajoy que se acabó la crisis. Yo no sé la crisis, pero lo que se acaba, y sin remedio es el 2014 y me toca hacer otra vez la mujer del año. Un año en el que la vida de muchos se ha convertido en un constante Juego de Tronos donde fuerzas como el Banco de Hierro o los Caminantes Blancos (esos que dicen que Hacienda somos todos) han decidido quedarse con lo poco que los esclavos han luchado. En este año, en el que se ha saltado el Muro y el invierno se ha implantado en la vida y en las casas de muchos que no han podido pagar la luz hemos tenido muchas mujeres que han marcado cada capítulo del año.

¿Quién será la mejor este año para sentarse en el trono de hierro?
Quizá las que como Cersei Cristina de Borbón, la gélida y bella malvada se hacen más tontas de lo que son y no tienen bastante con nacer princesas en un castillo, sino que además roban lo que noos pertenece al pueblo a través de un príncipe consorte rubio y de ojos azules que luego se convirtió en rana.

También se hubiese podido sentar la abuela Olenna Aguirre Redwyne, que tiene la capacidad de salir impune de cualquier ataque del enemigo, caer de pie y salir corriendo sin que fuerza humana (ni municipal) pueda alcanzarla. Todo eso sin despeinarse sus rubias mechas.

Sansa Mato hubiese podido ser reina, pero esta sosa y muda mujer tiene como mayor virtud desaparecer en las peores crisis, no ver jaguar en sus jardines y matar ébolas a cañonazos, con la de víctimas que eso se cobra y casi siempre la que no es, dejando en manos de consejeros más malos que Meñique las explicaciones a su pueblo.

Brienne Cospedal es ese fiel perro del amo que lame la mano del que le da de comer, su presencia impone, y por eso la mandan cual trovador a dar parte de las noticias (casi todas malas) del reino. Tan ansiosa está ella por agradar, como yo por ver cómo resuelve el conflicto de lealtades que se está interponiendo en su camino.

Luego tenemos a esa bajita peligrosa, Melisandre Soraya, que cual sombra negra se extiende por nuestras vidas, sin ser vista ni hacerse notar pero que se cuela en nuestros hogares mediante leyes etéreas y problemas grises que nos encadenan a pagamentas eternas al Banco de Hierro. Ella sería buena candidata, porque una vez que subió se olvidó de que alguna vez estuvo abajo.

Todas mujeres hechas y derechas que han tenido el poder en sus manos y nunca lo han utilizado para ayudar a los demás ni para mejorar la situación de sus súbditos, sino que se han perdido en reinos ajenos alejados de la realidad donde vivimos los demás mortales.

Así que ante el cansancio de los años, quizá lo que necesite el trono es la valentía de la juventud, la ilusión de no conocer aún la maldad humana o el arrojo de creer que el mundo puede ser un buen lugar. Hoy siento en este Trono de Hierro a la niña Arya, su valentía y su falta de escrúpulos para liquidar a los que un día le hicieron daño, a ella o a sus amigos, su decisión de vengar la injusticia y dar la vida por ello. La misma valentía que presentó la turca Tugce Albayrak, supongo que curtida en otras luchas mucho más duras (ya tiene que ser difícil ser estudiante y mujer en un reino de turcos) y que no dudó en dar su vida por defender la de otros. Muchos hombres había en aquel bar, pero salió una mujer a buscar la muerte. Pero ella ya está entre los dioses y una reina debe estar presente y reinar, por lo que hoy siento a Malala y su premio nobel. Y su velo lo cambio por una corona y sus libros (esos por los que casi consigue matarla) por una espada forjada con el acero valyrio, ese con el que se forjan los héroes. Porque ella representa a muchas otras y trae de vuelta una esperanza que hemos perdido los que vagamos por el mundo hace muchos años y que es tan necesaria para gobernar en este reino de oscuridad poblado de gaviotas cargadas de malos augurios.

Como Arya, cada noche repetiremos los nombres de nuestros enemigos, de los que te mataron, de los que matan a las mujeres, a los niños en las escuelas, a los que nos cortan la luz o nos echan a la calle, a los que nos robaron la jubilación y nos arrebataron la dignidad.
Cada noche repetiremos sus nombres. Porque llegará el momento en que para ellos también la noche será oscura y albergará horrores.