GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Con ocho meses de trabajo que llevo en una copia de un cuadro de Kandinsky me ha dado tiempo y lugar a pensar en sus colores y en sus formas. En qué pensaría este cristiano cuando hacía esas mezclas que ahora a mi meNina resultan imposibles y como haría esas líneas tan rectas, para lo torcida que fue su vida. Si serían esos colores los de los ojos de alguna de sus mujeres, o las formas de sus cuerpos, porque los tonos oscuros seguro que fueron las sombras que dejó en las vidas de algunas.
En 1925 pintaría el cuadro que hoy yo torpemente intento reproducir en mis ratos libres, un año en que ya su vida sentimental iba en línea recta. Pero mucho antes las curvas habían sido muchas y pronunciadas.
Kandinsky entró en el mundo del arte relativamente tarde, a los 30 años de edad.
Dejó su carrera académica y abandonó Rusia. Se fue a Alemania llevando con él solo a su mujer, Anna Chimyakina.
Anna, prima de Kandinsky, tampoco era una mujer común en aquella época (fue una de las primeras universitarias en la Universidad de Moscú) donde Kandinsky daba clases, no de pintor, sino de leyes. El caso es que se casó con un abogado de vida insulsa y terminó abandonada por un pintor bohemio en un país que no era el suyo al que le había acompañado por amor. Ay, esa cosa que es el amor.
El mismo que el pintor encontró en otra alumna, esta vez ya siento profesor de arte, una pintora alemana llamada Gabriele Münter. Se conocieron en 1901, cuando Gabriele se matriculó en el centro de Arte Phalanx. Vivieron como lo que eran, una pareja libre con una relación no tan liberal para ella, que quedó enganchada al pintor como se quedan enganchados los rosales en las paredes, retorcidos, dolorosos pero hermosos por fuera. Haría con ella el pintor la única de sus excepciones: pintarle un retrato, por lo demás, la abandonaría igual que a las demás, por otra más joven y menos lista. Que para sobresalir ya estaba él. Así que en la tercera se buscó una mucho más joven (27 años menos) y ni intelectual ni pintora, tan solo ama de casa y bastante fantasiosa, por cierto.

Cuentan (bueno, lo cuenta ella en sus memorias, que lo mismo podían ser las de la protagonista de los ricos también lloran) que un día Nina Andreevskaya llamó al genio para darle un recado y éste quedó prendado de su voz, a la que le dedicó varias acuarelas (lo dicho, lo cuenta ella).
En Febrero de 1917 Kandinsky, ya con 51 años, se casa con Nina y su matrimonio sería «el comienzo de la primavera en el otoño de su vida. Nos enamoramos de un flechazo y por esa razón ya no nos separamos ni un día».
Tuvieron un hijo, Vsevolod, que nació ese mismo año y murió en 1920 durante la guerra civil en Rusia.
En Diciembre de 1921 Kandinsky y Nina se fueron a Berlín, dejando atrás una Rusia hambrienta, arruinada y un hijo enterrado.
Hasta la muerte del pintor, en 1944, Nina siempre estuvo a su lado, a la sombra, atendiendolo y confortandolo. Se cobró más tarde con su poca sabiduría lo que otras más listas no quisieron regalarle. Queda como única heredera y crea una fundación con su nombre. Y pese a que nunca se volvió a casar, pensó que ya había padecido bastante con el pintor y dedicó su vida a hacerse feliz ella misma a sí misma con jóvenes gigolos que pagaba con la herencia de su marido muerto.
En 1983 fue asesinada en su villa en Suiza, parece ser que un robo. Nada se supo, enterraron a la viuda alegre como había vivido de casada, sin sobresalir, sin levantar la voz, en un cementerio de París y pronto fue olvidada.

Dice mi amiga Inma que Kandinsky no pensaba cuando pintaba… sentía. Pero sentiría quizá las cicatrices que fue dejando su pintura??