MANUELA SEVILLA

La otra joya de la torre es EL RELOJ. Comenzaremos indicando que este no es el primer reloj que tiene, hubo otro anterior que se trasladó desde el Antiguo AyuntamienEl reloj de la Torre del Relojto de Calasparra, llamado en aquella época Concejo. Debido a sus constantes roturas fue sustituido definitivamente en 1907, como anécdota señalar que la prensa de la época llegó a compararlo con el reloj de la Torre de la Catedral de Murcia, que también sufría desajustes funcionando sólo una esfera.

Quien comenzó el arreglo de la Torre, entrando el siglo XX, fue D. Juan Ruiz Urrea, Alcalde de esta Villa, solicitando al arquitecto de la Diputación de Murcia su revisión. Por ello vino D. Pedro Cerdán Martínez, que en el año 1902 certificó su estado ruinoso, debiendo reedificarse los dos últimos tramos de esta torre. D. Pedro volvería más veces a Calasparra, siendo el arquitecto de la “Escuelas Graduadas”. Los maestros alarifes de la reedificación de la Torre fueron Juan Piñero Miralles y Francisco Álvarez García. Para la fabricación de los ladrillos de arcilla roja, pues la Torre fue de estilo neo-mudéjar, se hizo una tejera y un horno especial cerca del “Cortao Rojo”. Más alta que la anterior, para que pudieran oírse mejor los toques de las campanas, y cambiando la planta octogonal que tenía en el segundo cuerpo por la actual cuadrada, se terminó en el año 1905, como reza su cartel. Es posible que dentro de sus ladrillos exista una “cápsula del tiempo” botella de cristal, como las que los alarifes tenían la costumbre de introducir con apuntes históricos de la época.

Ya tenemos torre “nuevecica”, pero las arcas de Ayuntamiento no tenían dinero para colocar un reloj acorde a la monumentalidad de este edificio. El Ayuntamiento echó mano de las personas “notables” de la villa, como en otras ocasiones. Los Condes del Valle de San Juan habían aportado dinero para las sucesivas reconstrucciones de la torre y arreglo del reloj, la capilla de la Virgen del Rosario en la Iglesia de San Pedro, además de donar la escultura de Niño y Tritón que corona la fuente de La Corredera.

Es en esta época cuando irrumpe en Calasparra un personaje singular y original, D. Joaquín Payá y López. Poeta y mecenas, Licenciado en derecho y bilingüe, diplomático en Shanghái, director del Banco de Cartagena, Medalla del Mérito Naval por su ayuda en el naufragio del buque “Sirio” en las costas de Cartagena, componente del “Ateneo Mercantil”, Sociedad industrial y minera, Gerente de la Mancomunidad de Minas de Hierro de Cehegín.

Precisamente, para esta última empresa, propiedad del Conde de Mejorada, necesitaba un transporte ligero y rápido, solicitó permiso al Ayuntamiento de Calasparra para la creación de un “ferrocarril aéreo”, por cable, que fuese desde Las Minas de Gilico a la estación ferroviaria de Calasparra. Para ello se realizaron dos grandes oquedades (un cable de ida y otro de venida) en la montaña trasera del Castillo, hoy conocidas como “los Tunelillos”.

El Ayuntamiento accede a la petición, añadiendo el Alcalde, en la cláusula quinta del contrato, que tiene que realizar la compra del nuevo reloj de la Torre por un importe de 2. 400 pesetas, ni más ni menos

El Alcalde, D. Gabino Ruiz Soler, encarga en Madrid a la “Fábrica de Relojes Pesados de J.G. Girod” fundada en 1860 el reloj, la segunda joya escondida de la torre junto con la campana. Esta importante relojería, con sedes en Madrid, Barcelona y Suiza, es la que instala un reloj de pesas y la campana que faltaba para dar los cuartos, al final de la escalera de caracol en una plataforma de madera, encerrado en una caja de madera y cristal de la que solo queda una puerta. Las dos campanas, la medieval y ésta de 1907, se subieron a otra plataforma superior de difícil acceso (por esta razón no está abierta al público) enganchadas en una cruz de madera, anclada en el copete también de madera. Posiblemente las campanas del reloj se conservaron en la Guerra Civil por su carácter “civil” asociado al reloj que siempre se ha considerado un instrumento social y no de la Iglesia aunque no había forma de bajarlas ni de tirarlas por los estrechos vanos.

Existen otros relojes GIROD, el más cercano está en Orihuela, otro lo encontramos en Puente Genil y, el más conocido, el de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid de 1913, que hoy día es la Casa Encendida, Centro Cultural de Madrid.

Así es como nuestra villa ya dispone de un nuevo eco que acompaña las vidas de sus habitantes, pues la sonería del reloj toca las horas, los cuartos y repite las campanadas de las horas dos veces: la primera a la hora en punto y al minuto vuelve a repetirlo. Así siempre ha estado en funcionamiento, salvo pequeños intervalos de tiempo. Pero esta joya ya no funciona, o a lo mejor sí, pero sus antiguas ruedas dentadas han sido sustituidas por tecnología digital, como en casi todos los relojes de la Región de Murcia. Ahora las pesas ya no son las que controlan la vida del reloj, ni el alguacil el encargado de darle cuerda cada tres o cuatro días, ni el herrero del pueblo de arreglar los pequeños desperfectos y engrasar los piñones, sino que de ello se encarga un sistema informático conectado vía satélite a un reloj atómico.

Ahora todo es más sencillo, el reloj no se retrasa ni un sólo minuto de la hora centroeuropea. Incluso cambia de manera automática la hora en otoño y primavera. Las campanas ya no son accionadas con una simple cuerda que movía la maza exterior, sino con electromazo que las tañen anónimamente. La campana de los cuartos no tenía badajo, fue colocado por los campaneros de Calasparra para tocar en contadas ocasiones como vimos en el artículo anterior. La sustitución del reloj mecánico por otro electrónico tiene sus ventajas en cuanto a su exactitud y su programación, pero es una importante pérdida cultural ya que esta centenaria máquina industrial podría durar uno o dos siglos más mientras que el ordenador tendrá que ser renovado cada diez o quince años.

Nuestro reloj no es el único que ha sido regalado a un pueblo. A lo largo de la historia se han dado varios casos como el reloj de la Puerta del Sol, regalado por José Rodríguez Losada exiliado en Londres y que creó una prestigiosa relojería. Otro caso el de José Rodríguez que prometió que si salía elegido diputado, donaría un reloj al pueblo de Villaviciosa en 1919. Por último, el caso del “reloj moro” que perteneció a La Alhambra de Granada y fue un regalo del monarca español Felipe III a la ciudad de Comayagua, aunque esto parece más leyenda, pues no se ha certificado que sea de aquella época.

Así satisfacen los mortales este tributo al dios Cronos para lograrse la inmortalidad en el tiempo.