Francisco Fernández García

Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

Aunque hay varias ceremonias que se siguen realizando sin apenas variación, las fiestas de Caravaca han ido evolucionando y cambiando según los tiempos. En esta ocasión vamos a centrarnos en el año 1767, un año que en principio parecía que iba a resultar bastante problemático puesto que la mayordomía de la Cruz no quiso encargarse de organizar las fiestas al no haber nadie entre los cofrades de la Stma. y Vera Cruz que estuviese dispuesto a ello debido a los cuantiosos gastos que conllevaba, por lo que tuvo que ser el Ayuntamiento quien asumiese esas funciones.

Ceremonia del baño de la Cruz en 1762

Ceremonia del baño de la Cruz en 1762

El problema se hizo manifiesto el año anterior ya que el 21 de abril de 1766 la Cofradía de la Cruz presentó ante el Ayuntamiento un memorial exponiendo que próximo a concluir el periodo por el que fue nombrado mayordomo don Cristóbal Fernández Capel (en esta época todavía no había comenzado a utilizarse el término Hermano Mayor) no había encontrado a ninguna persona dispuesta a hacerse cargo de la misma «por causa delos crecidos gastos que entodo ello se ocasionan alos Mayordomos y la escasez delas cosechas delos malos años y limosnas en su consecuencia dadas», lo que ponían en conocimiento del Ayuntamiento para que adoptase las medidas convenientes para evitar interrupciones en el desarrollo de las funciones de la Cofradía. Fernández Capel era el último de la rueda de mayordomos formada en el cabildo de la Cofradía de 24 de mayo de 1754 y que tenía una duración de 12 años.

La primera decisión del consistorio fue facultar a don Diego Melgares, que era comisario fabriquero de la Vera Cruz, para que se encargase de todo lo concerniente al culto de la reliquia y también para que buscase el personal necesario para recolectar la limosna de cereales que anualmente entregaban los campesinos. De igual forma, en junio nombró un comisario para la recaudación de la limosna de borregos que entregaban anualmente los ganaderos y a finales del mes siguiente otros para la recolección de la limosna de agosto. En enero de 1767 don Diego Melgares informó al Ayuntamiento de que las limosnas en grano se habían recolectado y estaban almacenadas en poder de del tesorero de la fábrica de la Cruz ya que no se habían vendido esperando a que subiera el precio del cereal, pero que estimaba conveniente el hacerlo cuanto antes para disponer de fondos necesarios para sufragar ciertas cuestiones relativas a las fiestas, especialmente la pólvora. La limosna obtenida ese año se cuantificó en 81 fanegas y 11 celemines de trigo; 20 fanegas, 10 celemines y 1 cuartillo de centeno; 14 fanegas y 8 celemines y medio de cebada y 3 fanegas y 9 celemines de panizo, acordando en vista de la necesidad de dinero su venta «a los prezios corrientes».

Peregrinos y fieles introduciendose en el agua tras la ceremonia del baño en 1762

Peregrinos y fieles introduciendose en el agua tras la ceremonia del baño en 1762

A finales de marzo se pidió a don Diego Melgares que certificase los ingresos obtenidos por la mayordomía que administraba en concepto de limosnas y también de lo que se había gastado de ellas, de modo que pudiesen ir decidiendo los asuntos pendientes relativos a la organización de las fiestas, para las que apenas faltaba poco mas de un mes, citando entre otros dulzaina, danza, tambores y clarines. Dada la urgencia se ordenó que presentase las cuentas el día 30, pero le fue imposible hacerlo puesto que no «se puede a punto fijo venir en conocimiento asi del ymporte delas limosnas que toda avia pueden dar, y algunos efectos, y enseres, y asi mismo los gastos que ocurren en dicho dia y funzión por haver que ajustar danza, tambores, dulzaina y demas nezesario». Ante esta situación, el Ayuntamiento dictaminó en su sesión del 31 de marzo que se hicieran todos los gastos necesarios para celebrar las fiestas con el mayor lucimiento y brillantez utilizando para ello todo el dinero de las limosnas y si faltase algo se cogiese prestado de la fábrica de la Cruz, a donde se repondría cuando hubiera oportunidad. En esta misma sesión nombraron comisarios para que se encargasen del «refresco de los soldados» y del arreglo del altar y capilla. Igualmente se acordó dar aviso al dulzainero de Hellín para que asistiese a la festividad y se comisionó al alférez mayor don Diego de Uribe para que aprovechase un viaje que tenía que realizar a Murcia para contratar los tambores y danza en esa ciudad. El 7 de abril informaba por carta de que ya tenía ajustada la danza y que estaba negociando para que asistiesen al alarde una compañía de soldados milicianos con sus armas, uniformes y tambores. El concejo aceptó de buen grado lo concertado por don Diego Uribe, aunque decidió estar prevenido para en el caso de que no pudiesen asistir los referidos soldados solicitar su participación a «la tropa que viene a forrajear a esta villa».

Este año no se presento nadie para ocupar los cargos de capitán y alférez de la soldadesca, por lo que llegado el día 2 de mayo «deviendo en el dia dar principio según la inmemorial costumbre dever haver personas delas qualidades correspondientes que sirban de capitan y alferez en dicha festibidad en cuio supuesto se haze indispensable que esta villa nombre comisarios y a su nombre ejerzan dichos empleos». Los elegidos tuvieron que ser necesariamente dos regidores, don Andrés de Quesada y don Juan Lucas Luján. Esta contingencia había sido prevista con anterioridad, ya que en el sorteo de turnos de vela de la Cruz había reservado a dos regidores para que suplieran en sus horas a los que sirviesen dichos puestos.

Las fiestas se celebraron con la brillantez y devoción acostumbrada siguiendo el programa habitual de esos años. Las celebraciones comenzaron el día dos por la mañana con la bendición del vino cuyo transporte hasta el castillo se había realizado a lomos de caballos como era costumbre. La ceremonia estuvo a cargo del capellán de la Cruz don Pedro de Mata y Corbalán. Aunque es posible que hubiera alguno más, existe constancia documental de la presencia este año de dos Caballos del Vino, uno de la casa tercia de la encomienda de la Orden de Santiago y otro de la mayordomía de la Cruz, llevado cada uno por cuatro mozos que recibieron por esta labor cuatro reales. El caballo de la encomienda iba adornado con doce varas de cinta, posiblemente de color rojo, un repostero y una bandera. De estos dos últimos elementos existe una descripción correspondiente a 1765 y con toda seguridad fueron los mismos que se usaron en este año de 1767: «un repostero de paño azul con su fleco y armas reales» y «una bandera de raso liso encarnado con tres horlas y galón de oro al canto, en que está figurada de raso liso blanco por los dos lados la Santisima». Por la tarde, acompañada de las autoridades civiles y religiosas, soldados, armados, tambores, dulzainas, clarines y fieles en general, se trasladó procesionalmente la Vera Cruz desde su capilla en el castillo hasta la parroquial, permaneciendo velada por los regidores y custodiada por los armados en turnos de dos horas que comenzaron a las seis de la tarde hasta el día siguiente. Tanto este día como el sucesivo los soldados recibieron su refresco habitual consistente en «garvanzos, abellanas y vino» y los armados su correspondiente salario.

El día tres de mayo se celebró en la parroquial de El Salvador la solemne función religiosa de la festividad de la patrona de la villa, oficiada este año porel padre Fr. Manuel Guardiola y Rueda, franciscano descalzo, visitador de la Provincia de Castilla La Nueva, que fue también quien pronunció el sermón panegírico en honor de la Vera Cruz titulado “La gloria de Dios en Caravaca”, que fue publicado en Murcia algunos meses mas tarde. Posteriormente y con idéntico acompañamiento que el día anterior se efectuó la procesión del baño. La actual capilla donde se realiza la ceremonia del baño, conocida por todos como el Templete, se encontraba en fase de construcción. Las obras se habían iniciado en 1762, pero se habíanparalizado a mediados de 1766 por falta de fondos, no reanudándose hasta 1768. Para que la ceremonia se realizase con la solemnidad y seguridad necesaria el Ayuntamiento acondicionaba y adornaba el lugar. A su conclusión se regresó a la parroquial donde quedó depositada la Cruz antes del mediodía, celebrándose por la tarde la definitiva procesión que reintegraba la Cruz a su capilla. Tanto este día como el anterior se realizaron danzas, posiblemente por gitanos, para entretenimiento del personal. La pólvora, uno de los actos que más público atraía y que mas expectación generaba, puso punto final a las fiestas.

Los ingresos por las casetas y tiendas de la feria de este año ascendieron a 1.154 reales y 9 maravedíes, en tanto que el total del dinero de limosnas fue de 1.233 reales y 1 maravedí.

En los días previos a las fiestas se negoció entre el Ayuntamiento y la Cofradía de la Cruz para tratar de evitar la ausencia de mayordomo, llegando finalmente a un acuerdo por el cual el Ayuntamiento se hacía cargo de ciertos gastos recibiendo a cambio los censos propiedad de la Cofradía, propiciando de este modo una nueva rueda de mayordomos que aseguraban la ocupación de dicho cargo durante varios años.

Para quien eche de menos a los moros y cristianos hay que decir que en esta época no existía este festejo en Caravaca ya que hasta mediados del siglo siguiente no comenzarían a formar parte de los cortejos procesionales de la Cruz. En cualquier caso hay que señalar que el esquema relatado solo es válido para los años centrales del siglo XVIII, posteriormente fueron surgiendo novedades que produjeron cambios en el programa festivo: supresión de la soldadesca, aparición de carros triunfales, etc.