Ya en la calle el nº 1047

Las Cuevas de Las Quinterías y quienes allí vivieron

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Las Cuevas de las Quinterías pertenecen al nerpiano partido rural del río Moral.

Se dice que el nacimiento del río Taibillla es en el amable sitio de Fuente Taibilla, un poco por encima de los Chorretites de Arriba, pero realmente el río Moral es el primero que recoge aguas en las cumbres de Huebras y en las robustas montañas de la Sierra de las Cabras, y luego se transforma en río Taibilla. Todo esto dicho así por encima, porque las cosas de los ríos no son nada sencillas, aunque algunos por ahí, sobre todo cuando se trata de pelear por el control político del agua, digan alguna tontería que otra y hablen de los ríos como si de tuberías se tratara.

El caso es que el río Taibilla y sobre todo sus manantiales, sus riberas, sotos, terrazas y hasta los terrenos inundables, dieron vida a un sinfín de cortijos, cortijadas, molinos y aldeas desde tiempos remotos. Como corolario, ese bendito río da agua para beber desde hace casi un siglo a cientos de miles de personas. Y como tantas cosas en esta vida, quienes más han dado son los que menos han recibido.

Las Cuevas de Las Quinterías y quienes allí vivieron
Las Cuevas de Las Quinterías y quienes allí vivieron

El caso es que el río Taibilla, aun siendo río Moral en sus primeras andaduras, como es el caso de las tierras de Huebras, no coge mucha hondura, sino que se desplaza plácido en el centro de ese valle que tan buenos trigos dio en tiempos no muy lejanos. Tal es así, que en la parte central del valle de Huebras el río es realmente un hondón, entre sangrador y cauce, al que llaman El Zanjón. Sin embargo, después de recibir los primeros aportes de las montañas más señeras -La Yegua de Pincorto y el Calar de las Víboras- el río toma hechuras, teniendo bastante que ver en ello las aguas que bajan de Fuente Hermosa y que suministraron energía a los molinos de Pincorto.

No entraré en más detalles, aunque valdría la pena, porque este río no es cualquier cosa.

Por debajo del Collao Rubio el incipiente río se embarranca, para apaciguarse un poco después. Gracias a eso y a la especial morfología del lugar se formó siglos atrás una de las cortijadas más admirables de toda esta serranía: Las Cuevas de las Quinterías.

Las Cuevas de Las Quinterías y quienes allí vivieron
Las Cuevas de Las Quinterías y quienes allí vivieron

El sitio es recóndito, pero de muy buen estar, porque se encuentra al abrigo de los tiempos del norte. Fue lugar de paso durante siglos, y por allí transcurría uno de los históricos ramales del camino real de Nerpio a Santiago de la Espada. Aún se pueden ver las hormas que sustentaban el carril.

Las casas de la cortijada son cuevas. Para su construcción horadaron el talud en los tiempos que fueran y consiguieron hacer unas viviendas con las dependencias propias de la vida campesina que aún se mantienen, a pesar del abandono que sufrieron cuando el gran éxodo.

Creo que fueron Juan Antonio y Margarita, la cual era prima segunda de mi padre, los últimos en abandonar esta señera cortijada. Angelita, hija de ambos, y dotada de una soberbia memoria, y sobre todo de una capacidad excepcional para recrear todos los ambientes en los que desarrolló su vida, recuerda con nostalgia y con cierta añoranza los tiempos en los que vivió en las Cuevas de las Quinterías. Allí tenían nogueras y tierra propia, ganado y un par de mulas. Junto con ellos vivían bastantes familias con lo propio y con lo que compartían, como era el caso de una singular era de trillar, que tiene una parte cubierta por un abrigo de piedra, y allí se podía hacer la trilla y el aventao aunque lloviera. Hasta de Huebras bajaban a trillar cuando el tiempo entraba en nubes.

Al leer el libro “Cuando Canta la Garlocha”, de José Fajardo Rodríguez (2023), que estudia numerosos rincones de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha, me sorprendió que se adentrará en este recóndito sitio. Según cuenta su autor, fue a visitar una de las casas-cueva acompañado por Alonso Verde y León Molina. El primero es biólogo, el segundo es un prohombre afincado en Yetas, que es poeta, entre otras cosas, porque de la poesía solo no se vive. Fueron a la cortijada por cosas de etnobotánica, dado que el sitio está como fosilizado. Las gentes se fueron yendo, pero no solo quedaron las casas en relativo buen estado, por el abrigo que supone el farallón en el que se albergan, sino que la disposición de las mismas, su estructura, sus dependencias y elementos auxiliares, dan testimonio del modo de vida al que dieron sustento.

Fajardo describe y explica lo que va viendo. Y yo no dudo en llamar a Angelita, para contrastar la mirada del visitante con la experiencia de quien lo habitó. Una especie de rescate nada usual.

Se fijó Fajardo en el detalle de que las casas tuvieran en alto las gateras “para que no entraran las serpientes”. Angelita es un poco escéptica con el asunto y dice que “las culebras, si quieren, se meten por donde sea”.

Vio también el visitante “atadillos de plantas” por muchos sitios, que treinta años después aún se conservaban. Sobre ellos dice Angelita que el tomillo y la mejorana se utilizaban para hacer infusiones. Que la mejorana es buena para el estómago y el árnica para curar las heridas. Que la costumbre era echar en un puchero varias cosas: hinojo, árnica, mejorana y lo que fuera, que además de remediar dolencias el jugo que salía estaba bueno. Y que algunas hierbas se hervían solas, como la hierba de la sangre, que va bien para cuando te quedas afónico.

También se fijó Fajardo en unas gavillas de judías con sus tabillas. Angelita lo confirma y dice que las dejó allí su padre. Precisa que eran para simiente de alubias morunas de esas que más de uno recordamos, porque eran inigualables para hacerlas estofadas con chorizo.

Y “haces de pajas de centeno cortadas y muy bien arregladas para hacer escriños y paneras”. Y Angelita confirma que tenían un escriño en el que echaban la harina para cernerla. Un escriño de cañas de centeno. Dice que cuando se mudaron se lo llevaron y lo dejaron para que pusieran las gallinas, lo cual lamenta ahora, porque era una pieza admirable de cestería. Iba trenzado con cordeletes de esparto que le daban firmeza. A la par, recuerda Angelita que allí también se dejó un bolillero, que ella tenía habilidad para hacer encaje de bolillos y otras muchas cosas de costura fina. Y es que Angelita se fue de las Cuevas de las Quinterías cuando ya tenía 20 años y suficientes conocimientos para esa vida sencilla, pero llena de sabiduría.

Y “horcos de ajos y de panizo del terreno…además de simiente de tabaco verde y alábega”. La simiente, dice Angelita, se echaba entre los pimientos. También se echaba simiente de clavellinas y otras cosas, que luego lucían en primavera. Tabaco de hoja se utilizaba en toda esta región serrana, aunque su cultivo estuviese prohibido.

Y “un manojo de romanza seca”, remedio conocido para las diarreas y los dolores de barriga. Pero se ve que esa planta se utilizaba en este sitio para cuando se resfriaban las mulas. Eso dice Angelita…”mi padre las guardaba para cuando se resfriaban las mulas”.

Sin embargo, las malvas, que también encontraron, dice Fajardo que eran para los tabardillos y dolores de costado, pero al parecer aquí se usaban en fresco para hacer un emplasto y curar los granos ciegos esos que te salen y te molestan bastante porque se hacen gordos y duelen.

También quedaron restos allí de todas las cosas de uso doméstico: escobas de hiniesta, de panizo, cacharros de cocina, cestería…

Y de una “cama antigua, hecha de marco de madera sobre el que se ataban cruzadas tomizas de esparto bien tensas…” Lo cual confirma Angelita que dejaron en su casa, y refiere que también se dormía bien en esas camas, y que tenían colchón de lana. Las almaraquejas se echaban al suelo para cuando venían visitantes, en especial en las matanzas.

Las Cuevas de Las Quinterías y quienes allí vivieron
Cama antigua de marco de madera

Y colmenas de esparto, que Angelita dice que también se hacían con cañas de centeno, igual que los escriños.

Y se ponían membrillos en las habitaciones, que daban una olor muy buena.

Y en las marraneras ponían manojos de ruda, según Fajardo para el mal de ojo y “el mal colorao”, y según Angelita para evitar que los bujaños -roedores trompudos- le mordieran al cerdo cuando lo capaban. Los bujaños son muy dañinos para todo, también para las ovejas que les muerden en las ubres y si no las tratas con penicilina se mueren. Cómo serán de malos que los gatos los matan, pero no se los comen porque son como venenosos.

Eso sí, la ruda se usaba también para cuando a una oveja se le salía la madre -la matriz- al parir. La lavaban con agua de ruda y se le metía sola.

Y muchas más lecciones de sabiduría…Y el ruido de la memoria de las buenas gentes que se escucha por donde te arrimes a ese rincón privilegiado de España, y que las sacudidas que dan los tiempos ha dejado ahí, silente y perdido entre los montes.

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Un comentario

  1. Hola Jesús, gracias por esto buenos relatos.
    Algunos de los protagonistas son amigo y conocidos. Este cortijo tiene la peculiaridad de estar a salvo de casi todas las inclemencias meteorologicas, En aquellos tiempos era un gran alivio contar son esa protección.
    Con 6 años estuve una temporada en Gracizo. Un cortijo precioso, hoy abandonado, muy cerca en linea recta de Las Cuevas, El invierno del año 1967 fue duro, lo recuerdo bien.

    En todos los cortijos encontramos huellas, restos, indicios, enseres, utensilios… que tardaran en desaparecer a pesar del espolio que han sufrido. De cada rincónde una casa en ruinas, de los viejos arboles o de las piedras para picar esparto, podriamos escribir una historia.
    Tenemos, casi diría, la obligación de escuchar y escribir para las proximas generaciones, la sabiduria atesorada durante generaciones y que todavia recuerdan las pocas personas que vivieron en los cortijos, cuando estos estaban llenos de vida, porque no quedaba ni una sola casa vacia.
    Las nuevas generaciones no lo entenderán, pero la vida en los cortijos, era un trasiego constante de personas, noticias, eventos, y todo tipo de faenas, también de penas y diversiones. Pero sin radio, televisión, rrss… aunque parezca raro, no quedaba tiempo para el aburrimiento. Todos tenian su misión y su función establecida en la comunidad.
    Animo y hasta pronto.
    Un saludo
    Santano Álvarez.

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