PASCUAL GARCÍA

Mi madre había partido las almendras, que mi padre y yo le habíamos reservado de la última cosecha de septiembre, las mejores y más dulces almendras marconas, y mi abuela había comprado la miel de romero, procedente de las colmenas del monte de Moratalla. Teníamos harina, manteca, aceite de oliva, que ahora denominan virgen pero que entonces era el que nos daba la almazara donde llevábamos la oliva en enero, con ese olor ácido y profundo del aceite joven, matalahúva, anís, azúcar, vino dulce, huevos frescos de las gallinas del corral, naranjas y limones, cuyas ralladuras darían ese sabor ácido y penetrante, fresco y vegetal a los dulces navideños.

Durante toda mi infancia y buena parte de mi juventud, al menos hasta que mi madre fue capaz de hacer con sus propias manos las cosas de pascua, en mi casa el repertorio de confitería fue casi invariable: rollos de anís, de vino, de naranja, mantecados tiernos que se deshacían en la boca al primer contacto, toñas tapizadas de almendras y matalahúva, finas y crujientes como una suerte de turrón, alajú, esa hermosa palabra de indudable origen árabe que nombraba un suculento relleno de pan rallado, almendras y miel entre dos obleas, y que consumíamos con el mismo fervor con que algunos recibían la Sagrada Hostia en la iglesia durante la Comunión, o los suspiros preñados de almendras y tan leves como pompas de merengue, que mi madre batía a mano durante horas, incansable, irreductible en la heroica tarea de hacer sus cosas de Pascua como cada año, como mandaba la tradición en las casas de Moratalla. Alguna vez le propuse ayudarla en aquel trabajo culinario, a simple vista elemental y de no gran esfuerzo. Cuando llevaba una hora batiendo con los tenedores la masa de clara de huevo, azúcar y almendras, ni siquiera era capaz de sentir mi propio brazo, como si ya no me perteneciera. Entonces miraba a mi madre, diminuta y encorvada y me preguntaba de dónde había sacado las fuerzas y el entusiasmo para insistir cada año en aquel suplicio.

Durante los días previos a la Navidad, aunque esos días eran parte de la fiesta que ya estábamos celebrando de alguna forma, yo asistía al ajetreo de las mujeres de la casa, que sacaban las viejas bandejas para el horno, las cajas donde dispondrían los dulces para su cocimiento, que se afanaban en la labor de hacer la masa, limpiar los trastos, calcular las medidas, recordar las viejas fórmulas de repostería, transmitidas de generación en generación mediante una obvia línea femenina, de madres a hijas, de abuelas a nietas. Algunas veces acompañábamos los muchachos al horno a las mujeres, de noche y en pleno invierno, con ese frío negro que entraba por Las Torres hasta el horno de Domingo, el del pan, o años después, de El Chaparro. Cobijados frente a la boca infernal de aquellas bóvedas donde los hombres, sudorosos y enharinados, introducían con distintas palas las cajas que iban trayendo las mujeres.

Yo experimentaba una fascinación particular delante de aquella recámara encendida como un infierno de juguete, donde se cocía bajo el efecto de las paredes recalentadas la dulzura de unos días de regocijo, en los que comeríamos y beberíamos en exceso, porque ése era el ritual de los hombres durante aquellas jornadas de la Navidad, que siempre llamamos Pascua. Los olores del dulce, la miel, el pan recién hecho, las brasas y los mantecados terminaban por empacharnos antes de tomar un royo de naranja o un pedazo de alajú o media toña de la bandeja que mi madre preparaba primorosamente, adornada con un mantel coqueto, dispuesta para que cualquier visitante eligiera su dulce predilecto.

Mi madre las llamaba cosas de Pascua y con su acostumbrado afán de guardarlo todo, las que no se consumían en la Navidad, las metía en la artesa de la despensa o en pequeñas orzas de barro que las conservaban algunas semanas. Por la noche, cuando mi hermana y yo volvíamos tarde o mientras veíamos una película en la cocina y nos entraba hambre, era ella la que lograba dar siempre con el escondite donde habían sido depositados estos manjares de fiesta, este maná de la madrugada que tan bien sabía de ese modo furtivo, como si cometiéramos un pecado o nos engolfáramos en el placer cremoso crujiente y entrañable de una tradición tan antigua como la memoria.