Pedro Antonio Martínez Robles 

Dice mi hermano Eduardo que lo persiguen dos manías veraniegas desde aquella edad tierna en que uno empieza a soñar con la ilusión de la independencia. Manías que debe cumplir al menos una vez cada verano si quiere ingresar sin inquietud en los brazos del otoño. Una es bañarse en el río Segura y la otra cenar ante la pantalla del cine Rosales.

Ninguna de estas dos manías requiere un gran sacrificio, sino que suponen un pequeño placer. Tanto lo de bañarse como lo de cenar dejan aquí de ser dos necesidades elementales para convertirse en dos compromisos de disfrute, sin que por ello haya de dejar el hecho el menor peso en nuestra conciencia por eso de que hay gente que no tiene ni gota para beber —no ya para bañarse— ni brizna de yerba que llevarse a la boca. Hecha la salvedad anterior, totalmente prescindible, diremos que lo de cenar en el cine Rosales es una costumbre muy generalizada en nuestro pueblo desde la época en que el tiempo parecía no transcurrir, cuando las casuarinas y los eucaliptos de medio siglo parecían haber crecido todo lo que tenían que crecer y los bancos de mampostería del gallinero parecían estar allí desde siempre y para siempre, así como el patio de butacas metálicas y sillas complementarias de anea parecía eternamente inconquistable para muchos. Entrar en lo que entonces fuera el cine Rosales era entrar en un abrazo de frescor de yedra, chinarro de río recién regado y música ambiental de gramófono con Antonio Machín de fondo. Cenar en aquellos años en el cine empezó por ser una necesidad para el crecimiento de nuestros cuerpos y acabó siendo un hábito inculcado por el desvelo de nuestras madres. Sin embargo hoy, y atendiendo a los caprichos de la memoria que trueca sabiamente necesidad por goce, hemos convertido aquellas cenas infantiles en una de esas boyas que encontramos en el mar de los recuerdos y a la que nos aferramos para sentir por un instante la ilusoria felicidad de que en el cine Rosales aún se yerguen las casuarinas y eucaliptos de medio siglo, que nos sigue abrazando el frescor de la yedra, que El Calvo, a quien Dios se llevó hace muchos años, aún sigue regando el chinarro antes de cada sesión y que nosotros seguimos soñando con las mismas cosas de siempre. Sólo le falta al cine  Rosales, para que la inmensa mole de viviendas que ocupa hoy lo que ayer fuera el gallinero no nos importe demasiado, que las películas vuelvan a ser diarias y que antes de cada sesión vuelva a sonar en el gramófono la voz y las maracas de Antonio Machín.