Ya en la calle el nº 1052

Las casas que habitamos, por Pedro Antonio Martínez Robles

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Las casas que habitamos, por Pedro Antonio Martínez Robles
Las casas que habitamos, por Pedro Antonio Martínez Robles

¿Quién no ha sentido, al regresar a su casa, su casa materna, la de siempre, después de una larga ausencia, y encontrarla sola, vacía, ya sin nadie que la habite, ese halo casi fantasmal que hiere y reconforta al mismo tiempo? Solo de vez en cuando entro en mi vieja casa, la que me vio nacer. Paso largos meses sin visitarla, no como algunos de mis hermanos, que lo hacen a diario. Cuando abro la puerta de la calle y luego la del zaguán, las mismas puertas que están ahí desde hace más de noventa años, me envuelve el abrazo de su soledad y el húmedo frescor de la casa cerrada. La última vez que entré, hace solo unos días, me acompañaba mi hija Isabel María; yo trataba de ocultar la emoción que me producía hallarme rodeado de lo que fue mi vida durante tantos años, la vida de mis padres, la vida de mi familia, pero ya al salir y antes de cerrar la puerta, mi hija me dijo:  <<Sigue oliendo la casa como antes, como siempre, huele igual que cuando estaban aquí los abuelos>>, y no pude evitar que la emoción se acentuara en mí.

Las casas que habitamos, por Pedro Antonio Martínez Robles

Todas las casas tienen su vida, tienen su historia y tienen su memoria, y eso apenas lo advertimos mientras las habitamos. Es después, cuando entran en esa muda soledad, en ese casi abandono, cuando nos hablan desde el espeso silencio de sus paredes, desde los objetos que el polvo va cubriendo en ese olvido al que los relegamos por inservibles, por desidia o por ese romántico compromiso con la nostalgia. Pero hay un evidente misterio en esas cosas tan simples que despiertan en nosotros, con una simple mirada, con un simple gesto, la sensación de toda una vida. En esta última ocasión en que visité mi casa y mientras bajaba muy despacio los veinte peldaños de la escalera de caracol hasta la planta baja, llevaba mi mano puesta sobre el pasamanos de la barandilla y pude sentir el tacto de esas manos que ya no están, las de mi padre, las de mi madre, y las de tantos otros, que se posaron miles de veces sobre su madera. En todas estas cosas reside el alma de una casa: en las paredes silenciosas, en los objetos olvidados que se han hecho inmutables, en los muebles, en las sillas vacías, en los viejos cuadros colgados de la pared que ya nadie mira, en el aire espeso en el que se percibe, a pesar de los años de ausencia, el mismo olor de siempre encriptado en ese ambiente envejecido y húmedo que percibimos por esas largas permanencias de estancias cerradas sin ventilar.

Siempre que paso ante mi casa no puedo evitar mirar su puerta, su fachada, sus balcones. Si alguna vez la derribaran, si alguna vez donde hubo tanta vida, solo dejaran un absoluto vacío, estoy seguro de que al pasar junto a su solar, por ese camino inevitable, giraría la cabeza para no ver los restos de su cadáver.

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