Pascual García (garciapascual@hotmail.com)

Nos hemos olvidado de aquellas sutiles y firmes capazas de palma, que mi madre y el resto de las mujeres usaban para traer la compra cada día, incluidos los sábados de mercado. En no pocas ocasiones, cuando yo era todavía hijo único, me encargaba mi madre hacerle algún mandado con la capaza de marras y yo, cohibido y pudoroso, cruzaba las calles, entraba en la tienda de turno y esperaba a que la dueña me atendiera.

Años después leí en algún libro de Francisco Umbral la descripción de una escena autobiográfica parecida y me sentí identificado con aquel sentimiento del genial escritor madrileño cuando se refería a una frase de Baudelaire acerca del artista que ha de ser sublime ininterrumpidamente. ¿Cómo podía ser el niño Umbral sublime ininterrumpidamente, a pesar de su deseo de ser escritor, con una capaza de palma en las manos camino del mercado? ¿Cómo podía serlo yo?

Los capazos, así en masculino, eran otra cosa, un objeto de hombres que usábamos en la huerta para recoger almendras, oliva o patatas y con los que llenábamos grandes sacos, que después nos cargábamos a la espalda.

Algo de pobreza femenina, de cierta vulgaridad entrañaban aquellas capazas de mi infancia, porque eran los signos verdaderos de un tiempo precario y humilde, en blanco y negro, como las imágenes del Nodo.

Cuando llegaron las bolsas de plástico parecía que se había hecho la luz y que el engorro de las capazas había desaparecido, aunque sólo en los establecimientos importantes, como los supermercados,  o en la ciudad se usaban verdaderamente. Era, a todas luces, un dispendio que la mentalidad ahorradora de nuestras madres no concebía; de modo que guardaban todas las que les iban dando y las utilizaban para otros menesteres en un afán de reciclaje, aprendido de madres a hijas desde los años del hambre, que en la historia de España y en la clase social a la que ellas pertenecían venía de muy lejos, casi de la noche de los tiempos.

Recuerdo la afición de mi madre a las bolsas de plástico, donde guardaba los alimentos o cualquier otro objeto que necesitara colocar en alguna parte de la casa. Su despensa rebosaba con estos adelantos de la ciencia y de la técnica, porque el viejo papel de estraza había sucumbido a la nueva moda. De repente, desaparecieron las capazas de palma y quedaron tan sólo los nuevos envases etéreos, con publicidad, que las mujeres y los hombres transportaban de un lado para otro, pues lo mismo valían para hacer el mercado que para subir unas alubias de la huerta o unos pimientos, no costaban nada y uno podía olvidarlos en cualquier parte o tirarlos directamente a la basura.

Hoy las cosas han cambiado y los plásticos no biodegradables, cuyo proceso de descomposición puede durar varios siglos, han aumentado hasta extremos inconcebibles. Se dice que cada añocirculan en todo el mundo entre 500 mil millones y un billón de estos objetos. Ha llegado la hora de tomar medidas; en algunos establecimientos se cobran las bolsas y en otros países el material del que están hechas es el papel, aunque tampoco están los bosques para talar  a troche y moche, a pesar de que el papel sería más fácilmente reciclable y contaminaría menos.

Vistos los pros y los contras, yo creo que la capaza debe volver a ocupar su sitio en las compras diarias y en la vida familiar, la capaza de diversos materiales ligeros y ecológicos, pero sobre todo la antigua capaza de palma, la que mi madre se colgaba airosa del brazo para salir a hacer sus compras o la que me endosaba a mí algunos sábados, para que le trajera aquello que había olvidado adquirir a última hora.

Avergonzado, yo la sostenía con una de mis manos e intentaba que no se viera mucho, porque, como años más tarde escribiría Francisco Umbral, recordando las palabras de Baudelaire, yo aspiraba a ser sublime sin interrupción, y con una capaza en las manos no resultaba una empresa fácil, que digamos.