Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)/Francisca Fe Montoya

No queremos ver llorar a los niños, porque algo muy hondo y muy doloroso se nos remueve ahí dentro, en lo más intrincado del corazón. Un niño viene al mundo sin culpa, por mucho que el Cristianismo y algunas monsergas doctrinales se empeñen en el pecado original. Nosotros, los adultos, somos los únicos responsables de su presencia en la tierra y a nosotros nos compete, por tanto, su bienestar y su ventura. No hay justicia posible, pues, mientras los niños y las niñas de todas las latitudes, colores y credos viertan lágrimas de dolor y de desesperanza sobre el suelo compartido de nuestro planeta.
Los estamos viendo y casi los tocamos cada día en las pantallas de nuestros televisores, cruzando solos o acompañados los territorios que los separan de la felicidad y que los alejan de la guerra y del terror. En el fondo, se trata de una imagen repetida durante décadas, porque todos huyen de la guerra y los niños están siempre ahí, frágiles y precarios, entusiastas del presente absoluto y comprometidos indefectiblemente con el único futuro posible. Huyeron de las guerras europeas y, antes, de la guerra civil española y lo han seguid haciendo, contumaces en todas las contiendas y conflictos bélicos del siglo pasado y del presente.

 

Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)/Francisca Fe Montoya

No queremos ver llorar a los niños, porque algo muy hondo y muy doloroso se nos remueve ahí dentro, en lo más intrincado del corazón. Un niño viene al mundo sin culpa, por mucho que el Cristianismo y algunas monsergas doctrinales se empeñen en el pecado original. Nosotros, los adultos, somos los únicos responsables de su presencia en la tierra y a nosotros nos compete, por tanto, su bienestar y su ventura. No hay justicia posible, pues, mientras los niños y las niñas de todas las latitudes, colores y credos viertan lágrimas de dolor y de desesperanza sobre el suelo compartido de nuestro planeta.
Los estamos viendo y casi los tocamos cada día en las pantallas de nuestros televisores, cruzando solos o acompañados los territorios que los separan de la felicidad y que los alejan de la guerra y del terror. En el fondo, se trata de una imagen repetida durante décadas, porque todos huyen de la guerra y los niños están siempre ahí, frágiles y precarios, entusiastas del presente absoluto y comprometidos indefectiblemente con el único futuro posible. Huyeron de las guerras europeas y, antes, de la guerra civil española y lo han seguid haciendo, contumaces en todas las contiendas y conflictos bélicos del siglo pasado y del presente.
Quien me conoce pensará con razón que nunca soporté los llantos irracionales de los muchachos que extorsionaban de este modo a sus padres pusilánimes y negligentes; que alguna vez me ofrecí, medio en broma y medio en serio, para cortar las rabietas con un azotazo contundente, en absoluto violento ni cruel, pero eficaz desde el principio de los tiempos.
Los niños han llorado siempre para sacarnos de quicio, para saltar una alarma humana que avisaba a sus progenitores de algún tipo de desajuste, error o necesidad perentoria. Nosotros, sus padres terminamos distinguiendo el llanto molesto de la fiebre, el berrido imparable del hambre, el disgusto continuo de la caca o el malestar sincopado del sueño. La madre acertaba siempre, porque sabía lo que tocaba en cada instante y el padre, sumiso, obedecía sus órdenes con premura y entusiasmo.
Los hombres no lloraban cuando yo era un crío. Lloraban las mujeres y los niños, aunque en nuestra memoria histórica, que incluía la última guerra y una larga posguerra de hambre y sacrificios, las lágrimas fueron tan abundantescomo la carestía de alimentos y placeres. Y, sin embargo, no imaginamos a nuestros abuelos y a nuestros padres en un trance parecido al de ese niño sirio, que ha escapado de la guerra y ha caminado noche y día para cruzar la frontera entre Serbia y Hungría que pretende pasar al primer mundo acompañado de sus padres, pero que finalmente serán detenidos por la policía y llevados a campos de acogida, porque son ilegales, signifique lo que signifique esa palabra en un planeta que es de todos y que un día se extinguirá con todos dentro, como han de extinguirse todas las cosas que nacieron alguna vez.
Algo no funciona en este modelo de vida del que el primer mundo se enorgullece de manera inconsciente sin reparar que no hay hombres de primera, de segunda o de tercera; y menos aún, niños, criaturas que traemos aquí para que nos sobrevivan, sean felices y prosigan con el sueño y con el proyecto de ser mejores.
Ese niño llorando camino de Hungría no recuerda que hemos fracasado, los políticos y hombres de estado en sus cancillerías respectivas, los hombres y las mujeres de bien en su lugar cotidiano, los artistas e intelectuales en su verdad incontestable y en su inalcanzable belleza. Todos fracasamos, porque el dolor de un niño debe provocar la repulsa de millones de hombres, que tiene la obligación, si no lo son, de sentir como un padre y de querer como un hermano.
De pequeño, recuerdo en mi barrio las lágrimas excepcionales, es verdad, de algunos niños que pasaban el día pidiendo pan a sus padres. La pobreza ha tenido siempre mala imagen, pero pobres ha habido en todas las épocas. Entonces y ahora. Nuestro nivel de solidaridad es alto porque el paso del tiempo nos ha humanizado y nos conduce de una manera irremediable hacia un nivel de civilización, que no permita el horror del llanto infantil protestando frente a un muro que le impide llegar a la tierra de promisión en la que algunos tenemos la suerte de vivir.
Mi sensibilidad de padre de dos criaturas no acaba de tolerar del todo la mueca desencajada, el rostro húmedo de lágrimas y un velo de incomprensión en los ojos tiernos de un niño que ha visto demasiado.