ANTONIO FERNÁNDEZ

Ya van quedando menos periodistas de los de la vieja estirpe, aquellos monstruos de tirantes y pajaritaque aún sabían ponerle vestimenta a la profesión y hacían el luto al colega que había muerto escribiéndole un réquiem que luego ganaba el Cavia. Conchita, hazme un café que con este artículo acabo de ganar el Cavia, le dijo a su mujer el escritor y periodista murciano Jaime Campmany cuando le escribía el obituario a uno de los mejores y olvidados articulistas: César González Ruano. Coincidían aquellos columnistas en que uno no puede hacer buena prosa si no se ha leído el Siglo de Oro, y ellos iban empolvando de lírica las páginas de los diarios, esos pliegos a los que ahora les sale un revés dorado del oro de las palabras. Ya van quedando menos de la vieja estirpe que un día resonó como trueno desternillante y fiero y ahora es tan sólo un párrafo en algún manual de Periodismo.
Y es que cada cosa, sí, tiene su tiempo, su gloria, su juerga. Campmany lo dejó más claro en aquel obituario: César escribió para hoy, sólo para hoy. ¡Qué estúpidos los que dicen escribir para la posteridad! Y escriben las cosas obvias, las cosas que se repiten eternamente, sólo porque cada año nacen nuevos ignorantes que las desconocen. Los monstruos de aquel periodismo al que le pilló la autocracia supieron escaparse, como Larra, de la tijera censora con la sapiencia del costumbrismo y la ironía. Alguna gente que no los conoce les pone la etiqueta de fachas acomodados al régimen con bigotillo falangista. Vivimos en el tiempo del prejuicio, de encasillar a las gentes por la vacuidad de un gesto, de una palabra, de un bigote, como si acaso los humanos fuésemos tan simples. Simplones son los que desprecian sin conocer. Cuando murió Campmay, Umbral, que no compartía las ideas políticas del murciano, dijo: “los lectores veteranos del ABC le leen buscando al viejo falangista, pero yo lo leo buscando al gramático latino, al latino pardo, al castellano clásico y al castellano cheli”. El arte está por encima de cualquier ideología. Y esto parece que no acabamos de entenderlo bien.
En fin, ya van quedando menos periodistas escritores que hacían en el periodismo profunda literatura del hombre. Ya no quedan ni sus tintas eternas en los pliegos porque los periódicos, seamos sinceros, han dado siempre buena lumbre y los ecologistas nos llevan años de ventaja y concienciación social. Aquellos columnistas que se desayunaba la gente cada mañana, ay. Raciones de tinta castiza, quevedesca, callejera, carpetovetónica, cafetera, jocosa, rescatadora de latinismos y por tanto de todo el verso español del Renacimiento y el Barroco. Vivían en la acracia, que es el sistema de vida de un libre pensador. Yo creo que los periodistas sufren hoy tanta desacreditación porque se han cebado demasiado en hablar del mundo político en vez de hablar del mundo y las gentes, y han buscado saborear a veces la gloria de estrechar la mano a éste o al otro y no se han enterado de que a quien hay que estrechar la mano todos los días es a los lectores y darles el pan de la información. Y pan, en griego, significa todo.
Aquella generación ha subido al cielo de las letras y los que por aquí quedamos nos movemos ahora en los mares turbulentos de las webs, los mundos globalizados del tenderete y la moneda,
la trama mediática empresarial que coarta la libertad de prensa, los corruptos y corruptos a los que nadie ya les hace una crítica
en alejandrinos. Y, sobre todo, ya nadie más ganará el Cavia escribiendo un obituario a su colega de profesión, como le pasó a Campmany con Ruano: Luego, mientras cuente las monedas, apretaré los dientes para que no se me salgan las lágrimas.