PASCUAL GARCÍA

En diciembre se nos acaban los días demasiado pronto. Es la vieja costumbre del tiempo y de las esferas celestes girando interminablemente en torno a la vida y a la luz. Acontecen las estaciones y con ellas mudan las sombras y los amaneceres.

A finales de noviembre, cuando salíamos de la escuela, se nos escapaban los minutos para jugar a la pelota o al zompo en el Patio Campanario. Muy pronto mi madre me llamaba para cenar, una vez que había encendido la estufa y mi padre había llegado de la huerta y había cortado la leña. En los cristales de la cocina se reflejaban los destellos mortecinos de las precarias bombillas de las que cada calle disponía a modo de farola. Las llamábamos peras y apenas si estaban enroscadas en un cochambroso portalámparas, que alguien había sujetado a la pared del vecino. Por la noche, en verano, paseaban las  salamanquesas alrededor de la aureola luminosa como si buscaran el abrigo de la luz para su gélida intimidad de saurios.

En cambio, en invierno los reptiles del campo están dormidos y podemos salir al monte sin cuidado, al abrigo de los pinos y las carrascas. La luz es cruda, casi irreal y tiene los matices helados del clima de estas latitudes. En seguida se encienden las farolas de la Calle Mayor y de los bares sale el barullo de las conversaciones sin orden, el olor de las tapas del Moreno y del Tarugo y poco a poco voy enfilando la calle en dirección a la Plaza de La Iglesia por cuyo callejón empinado he de subir hasta el Castellar, en donde vivo.

Alguna vez las inclemencias meteorológicas ocasionaban un espectacular apagón, que nos sumía en la edad de las cavernas, como animales torpes que habían perdido la posesión del espacio y del tiempo. Desde la Ascensión del Estanco hasta el Patio Campanario no había otro resplandor que el de la propia conciencia o, si tenía suerte, el de la luna como un milagro en mitad del cielo bruno, y era preciso andar a gatas, con los pies y con las manos, para no tropezar en alguno de los impracticables escalones, que por aquel entonces jalonaban la calle. Agarrado a las paredes, tocando la superficie de la madera de las puertas, las rejas de las ventanas y el yeso descascarillado de las tapias conseguía trepar hasta el Patio, orientarme en su vacío y acertar con la boca de la calle que, otra vez, a gatas, me llevaría hasta mi casa, en cuyas ventanas titilaba la claridad de las velas como una consigna de viejos contrabandistas.

A pesar de todo, yo siempre disfruté del invierno y fui un muchacho al que le gustaba la nieve y la lluvia, el frío de las mañanas y la paz de los troncos que mi abuelo prendía cada tarde, el olor de la ramas quemadas del otoño, los castillos de la Purísima en Las Torres en mitad de la noche. Luego, he apreciado las luces y los colores de la primavera y esa lánguida decadencia del verano en la que todo parece fiesta bajo un cielo de lujo. La edad nos modela a su antojo y en su tránsito acabamos convirtiéndonos en víctimas de su incuria. Pero en aquel tiempo el brillo de las cosas se me aparecía en blanco y negro: la mancha de las ovejas sobre el lecho de la cañada, mientras mi abuelo miraba a lo lejos y maldecía en voz baja y yo me subía a los almendros como un vigía imaginario o un farero de la tierra. Volvíamos al atardecer y cuando mi madre servía la cena en la cocina, ya era de noche en las ventanas. En ocasiones bajaba hasta la calle y exprimía con mis amigos del barrio los últimos minutos del crepúsculo. A principios de diciembre la luz era ceniza y lágrimas en los ojos. Llevábamos los jerséis que nuestras madres nos habían tejido pacientes en las noches después de la cena, gruesos calcetines de lana y, a veces, guantes.

Se nos encendían las mejillas y las orejas, nos brillaban los ojos y nos moqueaba la nariz, pero aguantábamos como jabatos  el mal tiempo y poníamos buena cara al túnel invernal que entraba desde Las Torres hasta la calle Curato, mientras golpeábamos una pelota de plástico o jugábamos al bote.

Por la noche, sumergido en la bodega ilusoria de un  carguero, me tapaba la cabeza con las sábanas y las mantas y me disponía, en la antesala del sueño y en la más absoluta oscuridad,   a exorcizar los miedos de las tinieblas hasta que el cansancio y la calma lograban dormirme. Mi cabeza hervía de imágenes y palabras, de películas y episodios leídos en los escasos libros de mi infancia.

Por fortuna, la luz de la mañana inundaba el dormitorio y mi madre me despertaba para ir a la escuela y yo emergía de las sombras en un charco de luz que la ventana había derramado sobre mi rostro como un regalo de bienvenida. Luego ya en la calle, con el sol de las primeras horas del día y el helor de la noche reciente, el trayecto hasta la escuela era largo y el viento soplaba en nuestras orejas con inquina. Sólo al mediodía, de vuelta a casa, lográbamos un descanso merecido, mientras el sol  de la sierra entraba en la cocina y bendecía la mesa en la que estaba comiendo la familia. Nos aprestábamos a pasar unos minutos de recogimiento, aunque mi padre contase alguna de sus antiguas historias o de sus más recientes pleitos, e incluso, a veces, un chiste o una chanza.

Era la luz de la concordia. No duraba mucho, es verdad, pero el tiempo es relativo y por unos minutos, todo parecía en su lugar, el mundo estaba bien hecho, como proclamaba uno de los grandes poetas españoles del siglo XX, Jorge Guillén, y el invierno de las dos de la tarde nos acompañaba a la mesa, en tanto dábamos cuenta de un excelente potaje de pencas, que había estado cocinándose durante toda la mañana a fuego lento, con la continua atención de mi madre por el punto de cocción  de las alubias y la verdura, por las patatas que le añadía al final del proceso y, por último, por la ligazón del caldo que era lo más importante de aquel manjar humilde y oloroso.

De todo aquel botín de la memoria he reservado las luces innumerables de los días y de las noches ahora que todo es claridad y ya no hay apagones.