BASILIO PUJANTE CASCALES((@elsursumcorda)

La lectura de un libro de microrrelato tiene unas peculiaridades que la hacen distinta a la del resto de géneros narrativos. Al tratarse de rLa vida imposibleelatos de una extensión normalmente inferior a una página, el lector tiene que entrar y salir constantemente del mundo ficcional que plantea cada historia, algo que no ocurre con las novelas o con los cuentos. A la vuelta de cada hoja nos espera una trama diferente protagonizada por personajes distintos y que nos depararán un final desconocido. Por ello se suele aconsejar que la lectura de un libro de microrrelato sea, al contrario de lo que se podría esperar, lenta y espaciada en el tiempo, o por el contrario acabaremos un tanto saturados por la cantidad de historias que se suceden en pocas páginas.

Eduardo Berti conoce bien el género y emplea un recurso muy útil para que el receptor de la obra no se canse de esa sucesión de mundos ficticios y encuentre cierta coherencia en la obra completa. El centenar escaso de microrrelatos que componen este libro giran todos en torno al concepto que adelanta el título: son historias sobre hechos improbables, personajes extraños o proezas insólitas. Así, se nos cuenta la existencia de una mariposa en la que se transforma en oruga y no al revés («Mariposa humana»); de un hombre que no tolera de ninguna forma ir vestido («Sin ropa»); de otro que queda embarazado aún siendo varón («El hijo»); o de una mujer sin ombligo («La última mujer»).
También comparten muchas de las narraciones de La vida imposible una estructura similar que apuntala esa sensación de unidad que Berti parece buscar en la obra. El narrador comienza aludiendo a una nación o ciudad concreta (Lituania, Montecarlo, Reikiavik) donde se ha producido ese hecho singular que se explica durante el relato. En algunas ocasiones, el autor no llega a desarrollar una trama, por mínima que sea, y se limita a narrar con cierto estilo periodístico la peculiaridad del caso citado. Se trata de los relatos menos logrados de la colección, ya que el lector espera un desarrollo mayor de la historia que queda finalmente como una mera anécdota.
Entre los temas tratados en los microrrelatos del libro, siempre desde la óptica de lo extraño, destacan los relacionados con la creación literaria. Es éste un asunto habitual en los libros de minificción y Berti lo incorpora muy acertadamente a su catálogo de rarezas desde distintas perspectivas. Así, en «Los libros por venir» se sueña con una biblioteca en la que los libros sólo apuntan un posible argumento para que alguien lo complete; en «Bovary» se utilizan todas las palabras del clásico de Flaubert para crear una nueva obra; mientras que en «Un arco equívoco» un traductor crea un libro eligiendo otra acepción, y no la lógica, de poemas o relatos en otros idiomas.
Termina el libro de Berti con una sección titulada «Ramonerías» y que mezcla greguerías, aforismos e incluso algún haiku. Son textos aún más concisos que los microrrelatos y que se mueven entre las definiciones imposibles: «Un sonámbulo: un paseador de sueños»; los juegos de palabras: «Los ateos rezan el padrevuestro»; y la paradoja: «Un amor propio no correspondido». Entre los dos centenares de «Ramonerías», encontramos esporádicamente, al igual que entre los microrrelatos, textos que demuestran la maestría de Berti en las distancias cortas.