PASCUAL GARCÍA

Como la vida no es lineal ni cabe en una novela por capítulos ni tiene apenas otro principio que el de nuestros recuerdos más antiguos y, a menudo, inexactos o arbitrarios ni otro término que aquel presentido desde siempre, pues lo único cierto es que se acabará cuanto nos rodea y nosotros nos iremos antes de ese final ineludible, he preferido yo recordar de un modo fragmentario, desordenado y cercano ese tiempo mágico e indulgente de la infancia y de la adolescencia, no porque esté de acuerdo con aquellos que lo califican de paraíso, sino porque en él se hallan, sin duda, las claves de mi existencia entera, mi estrecha relación con Moratalla, con el barrio del Castillo y con la calle Castellar, donde nací́ hace ya medio siglo. Uno es, de un modo indefectible, lo que su memoria contiene y lo que alberga su corazón, el pasado día a día, pedazo a pedazo, que no podemos reconstruir como una cinta cinematográfica, si no es a base de fogonazos que iluminan determinados instantes, mientras que otros quedarán tal vez oscurecidos del todo. Yo he seleccionado en este libro más de un centenar de ellos; muchos relativos a costumbres y usos antiguos, personajes entrañables, amigos, familiares y retazos de una época que he ido concibiendo con las herramientas de la añoranza. Mi madre, mis abuelos, los amigos de aquellas calles altas y toscas, el trabajo duro de la tierra y el instinto de supervivencia son motivos que se repiten necesariamente.

No obstante, ni aquellas calles del Castillo son ya las mis- mas ni es posible trasladar al presente lo que, en verdad, vivimos y experimentamos en unos años complejos que desembocarían inexcusablemente en la etapa histórica española de mayor auge económico, de mayor transparencia política y de un mejor y necesario debate social. Parafraseando a Machado, mi infancia fue un huerto claro donde mandaba todavía un dictador oscuro, del que nos fuimos deshaciendo de manera paulatina para crear casi de la nada eso que ha venido a denominarse la Transición y que a los de mi quinta nos pilló en plena adolescencia.

Mientras escribía esta memoria parcial (todas lo son) me he ido percatando de que mi privilegio se deriva de haber sido el depositario de la memoria de mis padres y de mis abuelos, haber tenido la oportunidad de modelar mi destino con una mayor solvencia intelectual y estar situado ahora en el inicio de un nuevo milenio, que me procura una inmejorable perspectiva. Cualquiera que tenga algunas nociones someras de Historia convendrá́ conmigo que nunca gozó este país de un periodo tan prospero, de tantas libertades y de mayor proyección política y económica. Yo, como el resto de mis amigos, pertenezco a esa época jubilosa y, sin embargo, difícil, arriesgada y apasionante que parecía reinventarse en cada nueva jornada.

Pero en el Castillo la vida discurría de otro modo, con un ritmo diferente y unas expectativas menos halagüeñas. Esa es la temperatura moral y personal que he preferido concederle a esta colección de artículos, hecha con los residuos de la nostalgia, cuyas añagazas y emboscadas he temido siempre. En realidad, aquel dédalo de callejones estrechos, baldosas con macetas y terraplenes con vistas a la sierra, coronado por una fortaleza en ruinas fue mi verdadero mundo durante la primera parte de mi existencia. Estos textos pretenden ser, desde luego, un homenaje sutil pero real a todo aquello.

Un poco antes de cumplir los veinte mi vida dio un giro brusco e imprevisto y a partir de ese momento cambió para mejor. Hasta cierto punto, volví́ a nacer de nuevo y, en buena medida, esta obra es una consecuencia directa de aquel suceso. Pero, a pesar de los años, las novedades, las personas que he frecuentado, los libros que he leído y los lugares donde estuve, no me he ido nunca del numero cuatro de la calle Castellar, del que salí́ una mañana de septiembre en dirección a una ciudad pequeña y acogedora, desde la que no he cesado de contemplar ese tiempo fugaz (esos años fugitivos) y, sin embargo, denso que me ha acompañado siempre.

Aunque lo que he escrito en cada uno de mis libros y, sospecho, también lo que me queda por escribir, tienen un mismo origen geográfico y sentimental, evidente e identificable sin duda, anda, como es común en literatura, encubierto entre lugares y paisajes más o menos ficticios que constituyen un espacio mítico personal, un territorio literario exclusivo, cuyas claves ya han descifrado la critica especializada y algunos lectores. De cualquier forma, tengo la convicción de que este libro responde a un debito antiguo y de que ya nadie podrá́ reprocharme en adelante una supuesta y falsa negligencia con respecto a mi pueblo. De Moratalla, de mi barrio y de mi infancia tratan estos artículos, más de un centenar, que fueron publicándose en el periódico El Noroeste entre 2007 y 2011 con voluntad literaria y el deseo de que al cabo integraran un solo volumen.

Aquí́ están ahora. Los escribí́ para mi gente, aunque es- pero que cualquier otro lector pueda hallar en ellos vivencias comunes y la complicidad que el escritor necesita para ver culminada con un éxito relativo su empresa.