Pedro Antonio Martínez Robles

Es cierto que el papel no es eterno, como nada lo es. Pero también es verdad que a ciertas edades hay imágenes que nos ayudan a preservar nuestra identidad, a protegerla del daño inevitable del paso del tiempo, que nos dicen lo que somos ahora por lo que fuimos alguna vez; y esas imágenes que de vez en cuando rescatamos del olvido de una caja de latón, o de cartón, o de madera, o simplemente de un saco de tela, nos arrojan de repente toda la vida que pudo haber detrás de un instante detenido para siempre por el abrazo fugaz del diafragma de una cámara de fotos, un instante que soñamos perpetuo, y nosotros con él. Ahora estoy ante una fotografía tomada en el Casino de Calasparra, probablemente, antes de que yo naciera; en ella veo a mi tío Manolo Pérez Haro, a Antonio “El Castañas”, muy joven, casi un crío, también a mi padre (y en él los rasgos de mi hijo), y al fondo de la imagen, bajo el dintel de la puerta de acceso a la cocina, al final de la barra (o al principio, según se mire), a mi tía María, la esposa de mi tío Manolo. Cualquiera diría, al contemplar la fotografía, que la escena corresponde a un tiempo tan pretérito como irreal, que esa normalidad en las relaciones sociales no ocurría del todo así, y que si alguna vez sucedieron esos actos de natural acercamiento, hoy nos parece algo fuera de lo común. Tan devastadores son los efectos de esta pandemia que en nuestras conciencias ha crecido de una manera vertiginosa el convencimiento de que la vida es y va a seguir siendo como la estamos “sufriendo” ahora, con estas limitaciones tortuosas y torturantes ante las que a veces mostramos tímidas rebeliones que son rápidamente sofocadas por quienes disponen –con argumentos la mayoría de las veces poco a nada razonables y en ocasiones bastante contradictorios– cuáles y cómo han de ser nuestras conductas.

Asomarse ahora a esa fotografía del Casino de Calasparra como quien se acerca a una ventana abierta, es contemplar la vida de otra manera, y no resulta costoso para la imaginación de quienes hemos vivido ese tiempo desplegar toda la agitación que la imagen nos ofrece, desde el bullicio de las conversaciones, el ruido de las copas sobre la barra o el soplo vaporoso de la cafetera, al chasquido característico de las fichas de dominó sobre el mármol o el golpe seco de las bolas de billar al encontrarse sobre el cuadrilátero de la mesa. Aquello era lo natural, lo cercano, lo cotidiano; allí, en el Casino, o en cualquier lugar semejante donde nos entregábamos al rito de nuestros actos sociales. Y por remotos que nos parezcan esos días, si nos paramos a pensarlo despacio, son de una proximidad asombrosa, de una cercanía que sobrecoge.

La lamentable situación que ahora padecemos ha venido a imponernos una distancia social y una modificación de nuestras costumbres que no acabamos de aceptar. Comprendo la rebeldía de quienes se resisten a someterse al peso de esta sombra negra que nos atenaza la voluntad de relacionarnos como siempre lo hemos hecho y tengo la confianza de que la vida volverá a ser de la misma manera que siempre ha sido, con su bullicio de conversaciones, su despreocupado ruido de copas sobre los mostradores, sus relajadas tertulias en plena calle o el calor de unos abrazos sin miedo.

 

13 de marzo de 2021