Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Recoger la almendra, como todos los trabajos del campo, era una tarea muy dura en mi infancia y con un provecho escaso, por lo menos para mí que ayudaba a mi padre sin que mediara remuneración alguna, porque los beneficios eran para toda la familia, como solía ser siempre. A finales de agosto y a principios de septiembre, cuando los frutos del almendro empezaban a secarse en el árbol, mi padre daba las órdenes de empezar con la recolección. En realidad la cuadrilla, salvo algún día excepcional, la formábamos ambos, padre e hijo, aunque alguna vez se sumaba mi abuelo Pascual al principio, y más tarde mi madre y mi hermana. Aparejábamos la burra muy de mañana para evitar el sol terrible del verano y recorríamos el trayecto hasta las longueras hurtadas a la falda del monte, en la Cuesta Jemeco, provistos de alguna botella de agua, de gorra, capazos, mantas y ganchos para sacudir con tiento y con maña las ramas y que cayeran las almendras sobre las mantas que más tarde recogíamos y echábamos en sacos de esparto. No tengo que decir que la mañana transcurría cansada y, sobre todo, aburrida, y que mi imaginación estaba en cualquier parte menos en aquel secano en el que me había tocado trabajar como un castigo. Al mediodía y después de almorzar con fundamento, cargábamos las tres sacas sobre la burra, dos a los lados y la otra en medio, y regresábamos a Moratalla. Todo se hacía despacio, mi padre insistía en que era preferible coger menos cantidad pero hacerlo muy bien; los almendros eran de diferentes clases  y estaban mezclados, porque mi padre aseguraba que así se macheaban mejor entre ellos, pero nosotros teníamos que separar cada uno de los tipos de fruto porque el precio también era diferente.

Comíamos en casa, descansábamos un par de horas y sobre las cinco regresábamos al secano bajo la maldición de un sol infernal. De nuevo las mantas cubriendo el suelo de los árboles, los ganchos golpeando con cuidado el tronco y las ramas para que cayeran las almendras y los árboles no recibieran daño alguno. Por la tarde el calor era más acuciante, el agua estaba caliente, la tierra reseca y lo árboles erizados. Proseguíamos con la tarea de un modo casi mecánico, vareábamos las ramas, recogíamos las almendras que se habían salido de las mantas, las vertíamos en las sacas, que nos cargábamos al hombro y las subíamos hasta la caseta donde las guardábamos bajo llave, pero había más, por supuesto, porque era preciso secarlas al sol para que no se pudrieran así como las cáscaras, que mi padre utilizaba para dar de comer al ganado.

Por la noche, en el portal de mi casa, vaciábamos el contenido de las sacas e íbamos despojando de las cáscaras a las almendras. En la labor participaban algunos vecinos de manera altruista aunque mi madre solía regalarles al final alguna bolsa con  el fruto de la temporada. La María y el Miguel del Chimenea, la María del Pellejo, la Maruja y la Josefa del Guitero y algunos otros vecinos participaban en aquella labor tediosa e interminable.  Con el ritmo lento de la tarea se iban contando anécdotas, relatos que se repetían desde antiguo, sucesos del pueblo que nos ponían a todos a la orden del día y aquello casi, casi empezaba a parecerse a una fiesta, aunque yo, lo que quería, era irme, lavarme del polvillo de los árboles y salir con mis amigos, que aquellas alturas del año hacían exactamente lo que yo estaba haciendo, pues era la temporada de la almendra y después habría que irse a Francia a la vendimia y en la Pascua recogeríamos la oliva porque cada época traía su afán y su fatiga y nosotros habíamos nacido bajo el signo de la tierra y su servidumbre.