PASCUAL GARCÍA

Cuando nace uno en un pueblo como Moratalla y pretende decir alguna cosa importante en un puñado en libros que de vez en cuando leen lectores avezados e inteligentes, se encuentra ante un dilema complicado. Nunca escribiremos de otra cosa que de la primera luz que vimos, de los olores y de los sabores y de la emoción que nos transmitió la mano sudada y aromática de aquella muchacha que acariciamos en la oscuridad de un cine entrañable y cuya piel respondió generosa a nuestras caricias, porque escribir es volver de continuo al origen, como vengo haciendo yo hace treinta años en cada una de mis obras, aunque en ocasiones bajo topónimos, personajes y tramas que podrían haber ocurrido en cualquier parte, porque uno procede de la aldea, todos somos de pueblo y este es nuestro orgullo, pero viajamos en dirección al mundo, traspasamos las fronteras, expandimos la palabra y la idea y pretendemos que llegue lo más lejos posible.

Cuando uno se queda en el pueblo, en cualquier pueblo, y crea, sus limitaciones coinciden con los confines de su territorio, porque cada día contempla la ventana de la casa de enfrente, camina hasta el bar del otro lado de la calle, conversa con los mismos amigos y con los mismos conocidos y vuelve a casa con idénticas sensaciones y con esa extraña opresión que otorgan los lugares pequeños y cerrados. Por un sortilegio ineludible al cabo de un par de meses como poco estará implicado en algún pleito, conflicto o diatriba vecinal, intoxicado por los malos humos de las diminutas, dolorosas y próximas corrupciones locales: alguien con escasos méritos ha obtenido una plaza en la administración  municipal, alguien ronda los pasos seductores de una mujer casada, a tu hijo lo han visto con una muchacha que tú sabes que no lo merece y tus amigos cuchichean a tus espaldas, mientras que alguien ya no te saluda y tú empiezas a repetir día tras día idénticos itinerarios mentales, como un burro alrededor de una noria, porque el único paisaje y el único paisanaje que vislumbras es el de todos los días. Así que de repente te descubres escribiendo obviedades, lugares comunes, variaciones sobre mitos folclóricos, te miras el ombligo y te parece divino. Es una paradoja, pero cuanto más cerca te hallas del lugar que amas más insustanciales y anodinas resultan las palabras de tus relatos y de tus poemas.

El día que te descubres esbozando un soneto a la virgen patrona, tomas la inexcusable decisión de hacer las maletas y marcharte lo más lejos posible. Y desde cualquier lugar de cualquier otra ciudad comienzas a regresar lentamente a aquella primera luz de tu memoria, escudriñas en ese vasto almacén de los recuerdos y de repente aparece una imagen desvaída, la tarde pesada y soñolienta de una primavera todavía levantisca, el aroma frutal del mes de julio o la desolación pétrea de un atardecer de agosto con tu padre bajo los almendros esqueléticos de un secano abrasado, mientras sudas y recoges los frutos de la vida. Una muchacha rubia y muy bella te está esperando en La Glorieta, porque es domingo y tenéis la hermosa costumbre de pasear mientras conversáis y os tomáis un helado del Tío del Chambi. Estás nervioso porque sabes que llegarás tarde a la cita pero ella va a perdonártelo hasta el día en que de vuelta ya de la vendimia francesa la encuentres con otro muchacho sentada en un banco y hablando animadamente.

Miras al pasado y te gusta lo que ves. Algún día escribirás ese tiempo y llenarás un libro con toda esa belleza, porque has descubierto que solo desde la distancia es posible vislumbrar la verdad y trasmitir la emoción que has guardado desde siempre para los otros.

Estás lejos de tu tierra y, sin embargo, solo sabes escribir de ella, porque, te guste o no,  la llevarás siempre en el corazón.