Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Aunque la afición por la fiesta brava en Moratalla ha derivado siempre hacia el ámbito más popular de los encierros por vereda o la suelta de vaquillas en las calles principales del pueblo, hemos gozado también de una representación torera al viejo uso español en algunos personajes populares que cada año se han significado en esa inclinación por pegar algunos pases más o menos armónicos ante un público expectante congregado en balcones, ventanas, boquetes y rejas,  a los animales que cruzaban el pueblo durante la semana de las fiestas del Santísimo Cristo del Rayo, que ha ido cambiando su posición en el calendario desde mediados de junio hasta  mediados de julio, empujado por la necesidad de recoger los albaricoques en su tiempo.

Nos gusta correr delante de las fieras, jugar con el peligro de su cercanía, ponernos a salvo cuando aprietan su paso, con ese trotecillo constante y peligroso que muy a menudo se próxima en nuestra dirección y que nos corta el aliento, pero solo unos pocos son los habituales cada año en su disposición a portar un capote, una muleta o algo semejante y pretender un lance o un pase en un ancho de la calle o en una plaza para levantar de ese modo el fervor popular del respetable que los rodea y los vigila atento.

Siempre han sido tres, de inspiración bohemia y estilo acendrado, aunque los años hayan seguido pasando por sus cuerpos y por sus rostros, los habituales en estas lides; a los jóvenes a veces nos han sorprendido su falta de forma física, su edad avanzada, la situación de peligro en que se colocaban cada año, la ausencia de interés material, pero nos hemos dado cuenta del milagro de la torería, del carácter bizarro, romántico y desprendido de sus gestos, de la inmensa afición que encerraban estos alardes lidiadores y así los hemos ponderado siempre. El antiguo carácter torero situaba por delante el valor y el arte a la forma física y al deporte. Uno es torero no porque corra mucho, porque salte con facilidad o porque se zafe pronto del morlaco, sino porque ha sido poseído del veneno que la torería ha inoculado en sus venas sin causa aparente, tampoco es que Curro Romero se encontrara en un perfecto estado físico los últimos años de su carrera y ahí estaba, derrochando arte.

No sé a ciencia cierta la posición precisa en que debería nombrarlos según un orden canónico, pues tendría que remitirme a la fecha de su alternativa como en las corridas tradicionales de siempre, pero obviamente no poseo ese dato, como tampoco estoy seguro de su edad exacta. Todos eran del pueblo, pero el Rabote residía aquí y de fuera venían cada temporada el Carpena y el Cantarito. Cuando uno los veía aparecer por la calle, ataviados con algún capote y en actitud arrogante, sabíamos que la verdadera fiesta estaba a punto de empezar y el silencio se hacía en la calle, entre los espectadores de los balcones, a la espera de que llegaran los cornúpetas, se adelantara uno de los toreros y le pegara un pase, un derechazo templado, uno de pecho de pitón a rabo o un ayudado por alto; no siempre era fácil repetir porque ni las dimensiones de la calle ni las condiciones del bicho ni el ánimo del torero lo permitían.

Pero la terna del Santo Cristo, como me ha gustado llamarlos a mí siempre había vuelto a lucirse y había puesto en la tarde festiva de vacas o en la mañana luminosa del encierro la nota dramática y mágica del toreo inmortal, y los muchachos desde algún lugar de la calle habíamos tomado buena nota  del valor y del buen hacer de los tres hombres que cada fiesta ofrecían su pequeño espectáculo taurino de un modo gratuito a sus vecinos y dejaban en nosotros la impronta de  un orgullo moratallero de casta.

También a mí me gustaría brindarles esta faena literaria: Va por vosotros allí donde estéis.