FÉLIX MARTÍNEZ

Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo, Reyes Magos, comidas, cenas, roscón, familia y amigos. Para algunos puede parecer algo abrumador, para otros, quizá, una pequeña muestra de ostentación; otros, empero, pensarán qué suerte. Es a estos últimos a los que les dedicaremos este artículo, más bien habría que decir a lo que significa aquello de “suerte”, si es que acaso quiere decir algo.

                 Si desnudáramos nuestro intelecto, ¿qué es lo primero que pensaríamos con respecto a la suerte? Es posible que nos vengan ideas como que no se pude controlar o que es problema exclusivo del destino: un determinismo un tanto infantil y completamente delegativo de responsabilidad. Otros, mucho más optimistas que racionales, hablarán de que la suerte hay que buscarla. Suele estar detrás de algún árbol, imagino. Pero, ¿alguien sabe cuál es realmente la parte de atrás de un árbol? Bueno, no quiero desviarme en exceso del tema.

En algunos casos hay dos conceptos que aun siendo muy parecidos no son lo mismo, aunque en el lenguaje coloquial que la mayoría de nosotros utilizamos solemos utilizar, de manera indistinta, un término u otro. Pero, ¿son lo mismo? Del gran Aristóteles podemos sacar algunas consideraciones en torno al concepto de azar, que para él no era lo mismo que la suerte. En Aristóteles podemos encontrar, al menos, dos vertientes sobre el azar. La primera de ellas, la que considero más relevante, tiene que ver con el principio de causalidad. Esto es, todo cumple, o conlleva, la relación causa-efecto. Sin embargo, cuando observamos algo y no somos capaces de dirimir esta relación, es decir, cuando vemos un efecto, pero no la causa de este, por ejemplo, hablaremos de un momento o acontecimiento azaroso. Como vemos, consideramos algo como azar por mediación de la negación del conocimiento. Aquella situación que desconocemos o no contralamos la llamamos azar. La otra vertiente de la que podemos hablar, la cual nos va a servir para conectar la primera vertiente con el concepto de suerte, responde a la teleología, o lo que es lo mismo, su finalidad. Al observar el orden que puede llegan a ostentar las cosas, tenemos que admitir, justo por contraposición, que la falta de orden implica una ausencia de finalidad. Por ejemplo, la danza que realizan las abejas para comunicarse con otras para la indicación de una fuente de polen lo podemos considerar como un acto que tiene una finalidad. La finalidad de la danza es la comunicación. ¿Qué pasaría si observamos, y conocemos claro, una danza parecida en unas hormigas? Lo más probable es que en este caso la supuesta danza sea un mero fruto del azar, en cuanto no va a tener finalidad alguna.

Sin embargo, ¿qué pasa con la suerte? ¿En qué se diferencia del azar? Podemos apreciar la máxima distinción en el par objetivo-subjetivo. El azar, o la falta de él, pude considerarse, por lo que hemos visto más arriba, como genérico. Apreciable por un amplio grupo de seres humanos. La suerte, por el contrario, es nuestra, es plenamente subjetiva. La suerte sería un juicio que proferimos conforme a una situación, aunque siempre desde nuestra propia perspectiva. Hablaremos de suerte, principalmente, cuando atañe a nuestra felicidad. A esta suerte se opone la desgracia. Creo que con el ejemplo individual del Sorteo de Navidad nos haremos una idea de esto que hablo. Consideramos la suerte, o la desgracia, como algo nuestro de ahí que utilicemos posesivos al hablar de ella o empleemos verbos copulativos.

Ahora es el momento de examinaros a vosotros mismos. ¿Tenéis suerte? ¿Sois desgraciados? ¿Todo es fruto del azar?