Ya en la calle el nº 1046

La soledad del molino

"Después de más de treinta años volví a cruzar la puerta del viejo molino arrocero de la finca de Cañaverosa"

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Después de más de treinta años volví a cruzar la puerta del viejo molino arrocero de la finca de Cañaverosa. La última vez fue exactamente en mayo de 1992. Acompañaba entonces a mi suegro, que fue el molinero de aquel emblemático establecimiento durante casi toda su vida laboral, para preparar unas muestras de arroz para unas degustaciones que habrían de celebrarse en la ciudad de El Palmar. Venía con nosotros también mi hijo Eliezer, que entonces no alcanzaba aún la edad de cuatro años y hoy pasa con creces de los treinta. Pepe, mi suegro, mostraba ya las evidencias de una enfermedad inesperada, injusta y devastadora que habría de llevárselo en menos de un año; sin embargo, lo vi entregarse con su responsabilidad de siempre a la delicada labor de seleccionar unas muestras de especial calidad que creo recordar que llamó “arroz granza flor”. Cuando conectó las cribas para seleccionar el grano, el molino se llenó de un ruido ensordecedor que quebró la paz silenciosa del molino. Después, orgulloso, me mostró un puñado de granos en la palma de la mano para que pudiera apreciar el tamaño extraordinario de aquel arroz. Han pasado más de treinta años, exactamente treinta y dos desde aquel día, y hasta el pasado día 18 de mayo no había regresado al molino. Fue María José, mi esposa, la hija de Pepe, quien se empeñó en organizar una visita a la finca de Cañaverosa para que los miembros de su amplia familia pudieran disfrutar de una mañana en la que regresaron a sus orígenes, pues todos procedían de algún modo de aquella finca, de su entorno bucólico y apacible. El caserío se conserva igual que siempre, sin una sola modificación, salvo la del tiempo y la memoria. Frente a la casa de los abuelos, el grupo de los treinta y siete que nos habíamos desplazado hasta allí, quisimos inmortalizar el instante con unas fotografías, y también ante la puerta del molino y los tramos de escalera que ascienden por ambos lados hasta la parte superior. Las conversaciones eran animadas y altas las voces con que rescatábamos los recuerdos, quebrando la paz de aquel idílico lugar. Solo al abrir la puerta del molino hubo un unánime silencio, pero enseguida fue creciendo el inevitable rumor de la memoria compartida. Yo preferí rezagarme y dejé que el grupo se adentrara en los diferentes rincones del molino y vi la vieja llave colgada de un clavo en el muro, la alcuza de hojalata sobre la ménsula, la tolva, el cono, las cribas, las herramientas menudas para los precintos de plomo sujetas en la pared, junto a la envasadora, los envases vacíos colmando la estantería, la báscula solitaria y muda, junto a la ventana, sobre la que ningún saco se había posado, seguramente, desde hacía más de tres décadas. Y la silla, la silla vacía en la que Pepe solía sentarse en las silenciosas jornadas de trabajo a llenar y coser aquellos saquitos de arroz que habrían de llegar a las mesas humildes de miles de hogares y a las mesas exigentes de los más selectos restaurantes. Y vi el silencio y la soledad de esos treinta y dos años de golpe, todo el tiempo detenido bajo el polvo como único testigo, el que todo lo cubre, y el que habrá de cubrirnos también a nosotros para que dentro de otras tres o cuatro décadas alguien regrese a los lugares que habitamos para entregarse a la nostalgia y rescatarnos por un instante breve del olvido.

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