Ya en la calle el nº 1047

La soledad de las armellas, por Pedro Antonio Martínez Robles

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Desde hace años busco en las fachadas de las edificaciones más viejas esas anillas de hierro clavadas en la pared, a la puerta de las casas, en las que solían amarrar las bestias de labor mientras sus dueños realizaban algún trámite doméstico antes de salir hacia la finca o el pegujal que cultivaban o de regreso de los mismos. Todavía quedan algunas de estas armellas en viviendas que conservan su antigua estructura, en casas que fueron tabernas o en establecimientos que dispensaban herramientas, fertilizantes o aperos de labor; anillas con sus espigas clavadas profundamente en los muros de mampostería o de hormigón. La memoria, tan larga en el tiempo si la fortuna consiente que los años no la destruyan, me permite recordar todavía con toda nitidez aquellas largas hileras de burros, de acémilas, de bueyes uncidos que iban y venían de la vega con su paso lento, su chirriar de ruedas de carreta y su rastro de boñigas en las calles, haciendo un alto en el largo pilar de la fuente de El Secano para que los animales aliviaran la sed de sus esfuerzos en la tierra.

Hace más de medio siglo que los automóviles empezaron a desplazar este lento y trabajoso acarreo; solo un carro, un solo carro, se resistió durante años a abandonar este modo de transitar del pueblo a la vega y de la vega al pueblo, alargando su supervivencia hasta bien entrada la década de los ochenta: era el carro de Fernando “El Perete”, que, para desesperación de los automovilistas que ya empezaban a instalarse en el vértigo de la impaciencia y el estrés, solía crear largas colas en su ascenso por la Cuesta de la Conejera hasta la entrada al pueblo.

La soledad de las armellas, por Pedro Antonio Martínez Robles

Hace meses que mi amiga Esperanza López Ortuño derribó su casa, la casa de sus abuelos, un amplio caserón con cochera -donde reposaba desde un tiempo inmemorial una vieja calesa-, caballeriza, patio, salón interior, y dos plantas superiores. En la fachada de la casa, como en la de tantas casas en las que la labor principal era la agricultura, había dos armellas que, con toda probabilidad, los albañiles encargados del derribo habrían sepultado entre los escombros sin consideración alguna, de no haber sido por la precaución de Esperanza, que se empeñó en conservar estas anillas. Conocedora de esta curiosidad mía por las armellas, me prometió una de ellas y hace ya algún tiempo que José Antonio Moya, su esposo, me la hizo llegar. La conservo en un rincón de mi casa, en un espacio destinado a esas cosas, inservibles ya, que fueron en un tiempo útiles en el manejo cotidiano de oficios o quehaceres domésticos. Tal vez, buscando en mi nostalgia el regreso tangible de un tiempo ya imposible, miro la armella colgada en la pared de ese pequeño museo del que me he rodeado, y comprendo que he vivido lo suficiente como para ver que hemos pasado de un aro de hierro en las fachadas de las casas para atar las monturas con las que habíamos de desplazarnos hace más de medio siglo, a unos enchufes en los garajes de hoy para recargar las baterías de los automóviles eléctricos. Haber sido testigo de esos años de “evolución” es algo hermoso, aunque, como de sobra sabemos, la vida es inaprensible y “el tiempo -como bien dice mi buen amigo Antonio Cano- se escapa como el agua de un torrente entre los dedos”, y la memoria, solo la memoria con el recuerdo de estas cosas, nos permite saber que hemos vivido.

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