JUAN ANTONIO SÁNCHEZ GIMÉNEZ

Una de las preguntas y dudas más recurrentes cuando se  trata sobre el nazismo es como semejante ideología pudo llegar al poder por medio del juego parlamentario y en los años siguientes, y que a pesar de mostrar una brutalidad implacable cada  vez más  a cara descubierta, seguir cosechando apoyos entusiastas y en no pocas ocasiones febriles por una parte muy importante de la población alemana.

Los condicionantes para el triunfo de Hitler  son varios y complejos (difícil coyuntura económica, la herida abierta de la Gran Guerra,  revanchismo por el Tratado de Versalles, etc.), pero sin duda uno  de los factores que catapultó al poder fue el uso de la propaganda, dirigida por el encargado de la misma y posterior ministro Joseph Goebbels. Se trataba de uno de esos individuos que combinaba una extrema inteligencia y preparación académica con el más absoluto cinismo y fría maldad.  Fanático lacayo de Hitler, su siniestro legado fue el lavado de cerebro masivo de la población que conduciría al desastre. Estableció una serie de once principios básicos de actuación que no por sencillos dejan de ser inquietantemente efectivos en la psiqué de las masas incluso hoy en día. Principios que hábilmente combinados con los entonces novedosos medios de comunicación de masas como la radio, el cine, además del uso masivo de cartelería en pueblos, ciudades y principales vías de comunicación, no hace falta decir que lograron en buena parte que su mensaje calara hondo. Un mensaje claustrofóbico y repetitivo hasta la náusea destinado a sembrar el odio y la obediencia ciega al nazismo y a Hitler, y que como ingrediente decisivo tendrá también el más absoluto adoctrinamiento en todas las capas de la sociedad; desde  el “kindergarden” hasta la tercera edad, pasando por la Universidad, cuyos aquelarres de quema de libros ocupan un puesto destacado en los anaqueles de la vergüenza y la infamia. Si a ello añadimos el aplastamiento de cualquier disidencia y el fomento de la delación el resultado, tal y como quedó demostrado, es demoledor; una población entre sumisa y fanatizada con otra buena parte de ella aterrorizada. Hay que destacar también excepciones de valientes  como los hermanos Scholl (de la asociación estudiantil clandestina Rosa Blanca) o August Landmesser, el trabajador que se se negó a levantar el brazo en la botadura de un barco de la marina alemana en Hamburgo se negaron a ser arrastrados por la marea. A propósito de esta cuestión cabe mencionar el libro de Joachim Fest “Yo no”, en el que el historiador alemán narra la odisea que su propio padre (un modesto profesor) que tuvo que vivir durante el nazismo al negarse a acatar su locura. Pero volviendo al principio…¿Cómo es posible que en un tiempo relativamente corto se  pudiera “”nazificar” a una sociedad como la alemana?. Estamos hablando de un país industrializado, con una población mayoritariamente culta y con un impresionante bagaje académico en campos como la ciencia, la filosofía, la literatura, la música o la historia. Es aquí, donde sorprendentemente el nazismo, y con gran habilidad en cuanto a la propaganda supo sembrar las flores del mal que llevarían a la perdición.