JUAN ANTONIO SÁNCHEZ GIMÉNEZ.

Después de adelantar en el artículo anterior como la propaganda nazi, ideada por el ministro Joseph Goebbels, pudo convencer y casi hipnotizar a buena parte de la población alemana para atraerla a su criminal causa procederemos a comentar los pilares en la que se asentó la misma. Cabe decir que están muy lejos de estar enterrados en las arenas del tiempo; aislados o en su conjunto, con mayor o menos descaro, de manera involuntaria o premeditada se siguen utilizando en el mundo actual por diversos entes que van desde grandes multinacionales, dictaduras de diverso pelaje, sectas y religiones hasta partidos políticos o clubes de fútbol. Estos serían los  11 principios básicos;

1. Principio de simplificación y del enemigo único. En el caso de la Alemania nazi   eran claramente los judíos aunque también otros colectivos; comunistas, gitanos, testigos de Jehová y homosexuales.  A estos grupos se les achacaba todo mal que la patria y el pueblo pudieran sufrir.

2. Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo; Los adversarios han de constituirse en suma individualizada. La dictadura de Stalin tampoco se quedó atrás en este aspecto; el calificativo de “enemigo del pueblo” a cualquier persona sospechosa de incluso matizar o mostrarse escéptico con el dogma oficial podría llevarle al gulag o el asesinato con nulas garantías judiciales. Recomendable, por cierto la novela de Arthur Koestler “El cero y el infinito” para conocer mejor este aspecto.

3.- Principio de transposición. Cargar sobre el adversario los propios fallos, respondiendo al ataque con ataques similares. De esto tenemos todos los días desgraciadamente en la política actual. Es el famoso “y tú más”, que lleva a la crispación y a la ausencia de soluciones reales a los problemas de la ciudadanía.

4. Principio de exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave. Este principio fue utilizado como señuelo en la Alemania en enero 1933, con el incendio del Reichstag para imponer la dictadura nazi o iniciar la tristemente célebre “noche de los cristales rotos” en noviembre de 1938 

5.- Principio de vulgarización. Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Debe ser, intensa, emocional, que eleve los sentimientos y revolucione las hormonas. En esta época 2.0, la de la hegemonía de las redes sociales, miles de vídeos y mensajes simplistas campan a sus anchas disparando ráfagas diarias de este principio en sus más variadas formas que enlaza con el siguiente.

6.- Principio de orquestación. “La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente”. Y aquí los ejemplos actuales también son inabarcables; desde los eslóganes publicitarios que no se nos olvidan en años por estúpidos que sean o las ideas demagógicas y simplistas de diversos dirigentes políticos; que si vienen a quitarnos los puestos de trabajo, que si España nos roba, que si esto va a ser Venezuela.. La conocidísima afirmación “si una mentira se repite el suficientemente número de veces, acaba por convertirse en verdad” define a la perfección este principio.

7. Principio de renovación. Emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que cuando el adversario responda el público esté ya interesado en otra cosa. Y este se lleva la palma en la actualidad con el fenómeno de la “infoxicación”. Es decir, un auténtico torrente de noticias por distintos medios y a tal velocidad que resulta imposible analizar y contrastar, quedándose el público con el titular, siempre susceptible de ser mangoneado por el emisor.

8. Principio de verosimilitud. Argumentar a partir de fuentes diversas, de  globos sonda o de informaciones fragmentarias. O simplemente decir lo que sería toda la vida ver la paja en el ojo ajeno, muy propio de sociedades actuales en las que prima lo políticamente correcto (que es una forma refinadísima y elaborada de dictadura). Véase el linchamiento que sufrido por Justin Trudeau, primer ministro canadiense acusado de apropiación cultural, que por cierto es uno de los términos más disparatados y grotescos inventados por la izquierda posmoderna norteamericana.

9. Principio de silenciación. Silenciar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el adversario. Este es un principio básico que explica el motivo por el que las distintas formas de poder (gobiernos, grandes corporaciones…) están interesados en el control de los medios de comunicación.  

10. Principio de transfusión. La propaganda puede operar a partir de un sustrato preexistente; una mitología nacional, prejuicios tradicionales, tópicos… El antisemitismo en Alemania no era ni mucho un fenómeno nuevo cuando los nazis llegaron al poder, ya estaba arraigado en el mismo nacionalismo alemán del siglo XIX y en algunas personalidades de la alta cultura como Wagner. 

11. Principio de unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente que se piensa “como todo el mundo”. Todos alguna vez hemos vivido esta situación en mayor o menor medida. En la coyuntura actual no puedo dejar de referirme al separatismo catalán, como utilizando los medios públicos y afines, así como la educación (este uso pernicioso de la educación ha llegado incluso a la ONU) intenta mandar un mensaje contundente a la sociedad catalana y al resto de España, de que el ciudadano catalán debe pensar de una manera determinada o para serlo, a riesgo de ser considerado una “rara avis”, lo cuál lleva implícito una peligrosa dinámica.

La capacidad de mantenerse lúcido contra este tipo de mensajes es difícil,  y se antoja casi imposible hoy en día con las noticias fake, el exceso de información, el bulo y el predominio de gurús que  todo lo saben en las redes sociales, que no dejan de ser muchas veces plazas llenas de griterío, como la que eligió a Barrabás antes que a Jesucristo, lo cual demuestra que la psiqué colectiva en ocasiones no cambia tanto con el paso de los siglos. ¿La única vacuna?. Pues yo no lo sé, pero quizás hacer de la cultura un asunto de Estado más importante que los triunfos deportivos patrios y el fomento de las Humanidades en la enseñanza para dotar al ciudadano de un potente poso cultural y espíritu crítico que impida que la democracia se convierta en una turba dirigida por iluminados como un pastor lleva a las cabras podría ser un buen comienzo.