José Antonio Melgares Guerrero

Cronista Oficial de Caravaca y de la región de Murcia

Una de las personas que no pasaron desapercibidas en la sociedad caravaqueña durante los años sesenta y setenta pasados, por su natural personalidad, simpatía, gracejo en su hablar y saber estar, fue la  “Señorita Pol” (Paule), profesora de francés en el viejo colegio Cervantes de la Carretera de Moratalla cuando, dirigido por el inolvidable D. José Moya López, era centro de segunda enseñanza “Oficialmente Reconocido”.

La señorita Pol con un grupo de estudiantes

La Srta. Pol (Paula María Rosa Sánchez Aldeguer), fue la única hija superviviente del matrimonio formado por el caravaqueño Julio Sánchez Rigo y la andaluza Encarnación Aldeguer Rebollo, quienes se conocieron en Argelia tras el establecimiento de aquel allí, a los 18 años, como empleado de un tío suyo en una fábrica de papel que éste monto en Purregaux.

Julio nunca se desvinculó de Caravaca, a donde viajaba con frecuencia y tenía buenos amigos entre los boy-scouts de su adolescencia, y  entre el grupo festero de los “Abul-Khatar”, del que fue socio protector desde sus comienzos en el escenario festero en 1959. Su hija Paule, desde su adolescencia, pasaba largas temporadas en la ciudad con parientes y amigos durante las vacaciones estudiantiles.

La guerra de independencia de Argelia (1954-1962) hizo imposible la estancia allí de los habitantes pro-franceses, hasta el extremo de ser perseguidos y amenazados de muerte. Julio y su familia decidieron regresar a España y lo hicieron a Caravaca, montando éste un taller de mecánica de vehículos y un lavadero, en la entonces C. Ángel Blanc (hoy Juan Carlos I (frente al entonces Matadero Municipal), Nº 26, en edificio de nueva planta donde en el bajo montó el taller y sobre él la vivienda familiar.

Venía Julio con buena fama de mecánico, pues conocía al detalle la marca “Peugeot”, de la que había sido concesionario en Orán, por lo que no le faltaron clientes hasta su jubilación laboral.

Con 25 años, Paule, que hablaba a la perfección el francés, se integró en el claustro de profesores del “Cervantes”, tras impedírsele la convalidación en España de su licenciatura en Económicas y su trabajo en Argelia como inspectora de Hacienda. No pensaba en francés, lo hacía en castellano, sin embargo ella misma confesaba no poder rezar, ni cantar en español.

La Srta. Pol, como era conocida entre los estudiantes, y también entre la sociedad local, muy pronto se hizo con el aprecio, el cariño y el respeto de todos, simultaneando las clases en el colegio de “Los Andenes” con el de “La Consolación”, entonces a la espalda del Ayuntamiento, en la C. María Girón. Se hacía acompañar habitualmente de su perro “Pinto”, un pastor alemán que le regaló su entonces novio, y que atendía y entendía perfectamente en francés. Su sistema de enseñanza del idioma, entonces único en la enseñanza media local, se basaba fundamentalmente en el aprendizaje de vocabulario, entrando después en la gramática. Solía pedir cada día memorizar un número determinado de palabras que, al comienzo de la clase siguiente, comprobaba mediante breve examen escrito. Sus cariñosos “cachetes” iban acompañados del “roce” de su pulsera, por lo que eran difíciles de olvidar durante los días siguientes.

La señorita Pol, con su perro

Como solía ser habitual, el Colegio celebraba anualmente su “Fiesta de Fin de Curso”, organizada por los estudiantes de sexto de bachiller, en el seno del “Hogar del Estudiante”. En fecha indeterminada, tras su incorporación al claustro de profesores, la Srta. Pol fue elegida “Madrina de Fin de curso” por los propios estudiantes, haciéndola acreedora de la banda que le acreditaba como tal, y debiendo bailar con cada uno de ellos. Casi siempre dicha fiesta tenía lugar en el Cinema Imperial (o Cine de Verano), gentilmente cedido por la empresa Orrico, siempre generosa con actos extraordinarios de la sociedad caravaqueña. También era habitual que la Srta. Pol celebrara su cumpleaños con sus alumnos/as mayores, en amenas veladas que ella misma preparaba en su casa.

En el mundo de la Fiesta, entonces en sus primeros años tras la reconversión de la misma, fue un muy importante activo, aunque nunca  vistiera el atuendo festero por su natural timidez. Por su origen “africano”, y por la amistad de su padre con los Abul-Khatar, en principio le correspondía implicarse en el bando moro. Pero una noche los cristianos decidieron “raptarla” e incorporarla a sus filas. Fue en el transcurso de una fiesta templaria, en la que se le invistió “camelísticamente” como “Duquesa de Rigo”. Aquel “bautismo festero” fue muy comentado en la entonces “Emisora Parroquial”, desde donde varias veces a la semana se comentaba lo sucedido en las filas de uno y otro bando; y también se emitían “partes de guerra” entre una y otra institución festera, muy del agrado de los oyentes, que aguardaban el espacio radiofónico con ansiedad.

La Srta. Pol contrajo matrimonio mayor (para lo que se usaba entonces). Lo hizo en 1967 con el farmacéutico propietario de la “Botica de las Columnas” Francisco Lloret, trasladando la farmacia desde su lugar de origen a la C. Angel Blanc y edificio de sus padres, entonces en plena expansión urbana, y con mejores perspectivas económicas. En 1974 les fue concedida la farmacia de Barranda, a donde trasladaron el domicilio, abriéndola en la carretera de Granada número 28, donde hoy es regentada por su hija Reyes.

Fruto del matrimonio con Francisco Lloret nacieron sus tres hijos: Julio, Franc y Reyes, siguiendo los varones otros caminos diferentes a la profesión paterna que, sin embargo, sigue su hija menor.

La Srta. Pol tuvo una tercera edad corta y con poca salud física, debido al paludismo que sufrió en su adolescencia, que le provocó la pérdida de la visión de un ojo. También contrajo diabetes, así como una cardiopatía de origen incierto. Todo ello le provocó la muerte, el 25 de agosto de 1996, con sólo 62 años, en Barranda.

Falleció la Srta. Pol entre el afecto de todos, demostrado en los múltiples homenajes póstumos en los que se recordaron sus aptitudes y también sus actitudes y comportamiento en el seno de la sociedad local, entre la que aún se la tiene presente con agrado por sus alumnos y por todos los que tuvieron ocasión de tratarla y gozar de su compañía. Su gracejo al hablar el castellano, con peculiar y personal acento francés, no es fácil de olvidar, a pesar del tiempo transcurrido desde nuestra separación física, que no espiritual.