Pascual García (garciapascual@hotmail.com)

Sólo nos acercamos a la divinidad, así en genérico y con minúscula, pues no están los tiempos para apelar a ninguno de los dioses a los que en estos momentos rezan millones de hombres y mujeres en todo el mundo, cuando concebimos un hijo, le damos un nombre y lo protegemos con nuestra propia vida. Es cierto que hubo una época en la que uno era tan ingenuo que no creía en los instintos de maternidad o paternidad y los consideraba meras zarandajas, pero cuando cogí por primera vez a mis dos cachorros en brazos, con un año de diferencia entre el primero y la segunda, supe que me había equivocado del todo, que la naturaleza era más sabia y poderosa todavía que las ideas del ser humano.

Los hijos no sólo nos prolongan y constituyen lo más parecido a una vida después de la muerte, a una salvación del cuerpo y del alma, sino que nos vengan sin quererlo de todos los resentimientos que hemos ido acumulando desde nuestra infancia, de los errores que cometieron con nosotros sin querer o de un modo consciente aquellos que nos concibieron y nos educaron. Esa es la razón de que un padre y una madre sepan desde el principio con un conocimiento que no se adquiere en parte alguna que sus vástagos tendrán aquello de lo que ellos carecieron, y que el afecto, el cuidado y el trato que merecen serán distintos al que ellos mismos recibieron.

Los vemos empinarse, llorar por todo, aprender las primeras letras, crecer y sonreírnos y no podemos evitar vernos a nosotros mismos en el espejo del tiempo, seguir sus pasos como si regresáramos a esa edad en la que fuimos como ellos. La memoria, entonces, nos trae viejas heridas, pleitos trasnochados, y nos reconforta pensar que nuestros hijos están a salvo de todo aquello. Es posible que también nosotros, de un modo inconsciente, erremos en su educación, pero no podemos dejar de pensar que han venido a nosotros de alguna parte innominada para reconciliarnos con nosotros mismos y con lo que no pudimos ser en unos años, por fortuna, distantes ya.

Son la pureza hecha carne, la inocencia y la ignorancia sagradas, el temblor de la vida que se abre paso entre el mal y la penumbra. Por eso, nos cae encima la obligación de librarlos de cualquier amenaza que los ronde, de ese dolor o vacío que guardarán para siempre en su cabeza y en su corazón y de los que sólo nosotros, sus creadores, seremos absolutamente responsables.

Observo a mis hijos y los oigo hablar y me congratula todo lo que ellos son y no pude ser yo, todo lo que ellos hablan, viven y contemplan y nunca me perteneció a mí. A nadie le echo la culpa de lo que no quisieron o no supieron concederme, pero hoy sí soy yo el único garante de la felicidad de mi prole, de su consciencia y su verdad, de su alegría y de sus derechos.

No es fácil ni cómodo ser padre, atarte a la tarea infinita y fatigosa de educar, cuidar y hacer felices a tus hijos, pues en ocasiones son necesarios el rigor y la severidad para llevar a cabo este cometido de manera adecuada, pero resulta muy grato contemplar la vida regenerada, tu semilla que regresa del tiempo para vengarse de todo el mal que soportaste en tu infancia. Esos pequeños héroes son tus hijos y eres tú también al mismo tiempo.