Francisco Fernández García

Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

Si algo ha caracterizado las celebraciones de Semana Santa en Caravaca es sin lugar a dudas su intermitencia, con frecuentes apariciones y desapariciones, exceptuando la procesión del Santo Entierro en la tarde del Viernes Santo que tuvo una regularidad mayor al estar costeada por los Marqueses de Salar. Los últimos años de siglo XIX fueron de una gran decadencia manifestada en todos los órdenes llegando, en el tema que nos ocupa, a la desaparición de las procesiones, con la salvedad señalada, manteniéndose así durante “mucho tiempo” hasta que a finales de 1896 surgió un grupo de caravaqueños decididos a su recuperación refundando para ello las antiguas cofradías.

Sin duda se trataba de un ambicioso proyecto, que no pretendía tan solo la recuperación puntual ese año sino su continuidad y seguridad en el tiempo. Por eso, aunque sus promotores eran conscientes de sus limitaciones económicas y organizativas, debido al escaso tiempo dedicado a su preparación, confiaban en su aumento y mejoría en sucesivas ediciones, aunque en esta inicial contaban con estímulo de que al “no celebrarse este ario procesiones en Lorca, es de esperar sea bastante el número de forasteros que nos honren con su visita durante la próxima Semana Santa”.

En total fueron cinco las cofradías que se reorganizaron siendo conocidas popularmente con el nombre del color de sus túnicas: morados, azules, encarnados, blancos y negros, iniciándose una campaña de afiliación entre los vecinos, que pronto comenzó a dar resultados positivos, tanto en el incremento de participantes como en la concienciación del vecindario: “Danse por logradas las aspiraciones de los iniciadores, a juzgar por el respetable número de los firmantes; y a la verdad que nos agrada esta explosión del sentimiento religioso; comprendiendo asi mismo que, además de rendir el culto merecido a los hechos mas salientes de nuestra Historia Sagrada, se alcanza tambien, con semejante conducta, un inmenso beneficio para las clases industriales y de comercio de esta población”. La expectación generada fue enorme, convirtiéndose el tema de mayor transcendencia entre la población: “no se preocupa la gente de otra cosa que a ellas no se refiera”.

Para contribuir al esplendor de los cortejos, se encargaron al escultor local José López Asensio la restauración de varias imágenes, entre ellas “El Señor de los azotes” y “la Verónica”, así como algunas alegorías. La gran novedad que se introdujo en el aspecto organizativo fue la participación de cofradías diferentes en cada una de las procesiones, estableciéndose de este modo un esquema cercano al actual, repartiéndose asimismo las imágenes entre las cofradías según su advocación y fines: “De los pasos que cada asociación llevara en las procesiones no podemos dar todavía cuenta detallada, porque no esta resuelto el orden que habrán de ir colocadas”.

El programa confeccionado se componía de cinco procesiones participando en ellas todas las cofradías recién reconstituidas, llevando cada una “una numerosa y bonita música”. La primera de ellas se efectuó el Domingo de Ramos, teniendo su inicio en la parroquial del Salvador a las 4’30 de la tarde con el siguiente orden: “la primera cofradía eran los blancos seguían los morados los encarnados los negros y los azules” y figurando en ella tan solo un paso: “una bella escultura del corazón de Jesús”.

La siguiente tuvo lugar a las 6 y media de la tarde del Miércoles Santo, también con salida en El Salvador, estando encabezada por los negros que llevaban una alegoría de la Cruz, a la que seguían los “coloraos con el Prendimiento, los blancos con San Juan, los azules con la Virgen de los Dolores”, realizándose la tercera el Jueves Santo a las 6 de la tarde partiendo de la iglesia de la Concepción, estando compuesta por “los blancos los negros y los encarnados con la alegorías del Apocalipsis, Eucaristía y la Cruz después los encarnados con los Azotes y Ecce Homo y por último los azules con la Virgen de los Dolores”.

Las dos últimas se verificaron el Viernes Santo; una matutina con todas las cofradías y la participación de algunas de las imágenes que habían procesionado en días anteriores a las que se sumaron la recién restaurada imagen de la Verónica y el paso de la Segunda Caída, no conservado en la actualidad, y por la tarde la tradicional del Santo Entierro, llevada a cabo “con la asistencia de las cinco cofradías los encarnados con el Señor de la Misericordia, los azules con la Virgen de las Angustias, los morados con el Santo Sepulcro, los blancos con San Juan y los negros con la Virgen de los Dolores”. Como se puede observar, se trata de un programa muy similar al actual, llamando la atención la presencia de la Cofradía de la Virgen de la Soledad en todas las procesiones, sin utilizar nunca su imagen titular y haciéndolo bien con alegorías o con la Virgen de Dolores, cuyo uso al parecer compartían con los azules. También es significativa la denominación de “los colorados” como Cofradía de los Azotes o de Jesús amarrado a la columna, lo que indica que su advocación titular era esta y no la del Cristo de la Misericordia, como sucede en la actualidad. Precisamente fue esta cofradía, la que año siguiente contrató a la prestigiosa compañía teatral de Emilio Thuillier para que diesen cuatro representaciones en nuestra ciudad, para obtener fondos para sufragar sus gastos.

Con mayor preparación y experiencia los desfiles procesionales de 1898 superaron a su predecesor, resultando “lucidas, vistosas y ordenadas” ya que se introdujeron novedades para mejorar el programa, incrementándose también el número de participantes que demostraron estar “más acostumbrados y más instruidos en la acompasada marcha de las procesiones”. Igualmente se puso un mayor cuidado en el adorno de los pasos, destacando el “del Prendimiento, tan sencillo pero primorosamente adornado; el Señor de la Columna parecía que en la confección de sus ricos y delicados adornos no se han podido mezclar las manos humanas sin marchitar y deshojar aquellas pequeñas y bonitísimas flores; el Cristo cargado con la Cruz, preciosa imagen que iba en un paso muy bien adornado y luciendo su rica y valiosísima túnica bordada primorosamente en oro; las nuevas alegorías con tanto gusto arregladas y las modificaciones hechas en las que ya salieron en el pasado año” y se incluyeron mejoras, figurando entre las banderas de los morados y de los colorados, bordada esta última por jóvenes de la localidad, la reforma de las túnicas y capirotes efectuada por algunas cofradías y el cambió de iluminación del paso del Santo Entierro, sustituyéndose las bombas de luz opaca por blandones de cera, incrementándose así el dramatismo de la escena.

Asimismo fueron muy elogiados los cinco coros de música que acompañaban a las cofradías, “numerosos y bien organizados, aunque para completarlos han tenido que traer personal de Murcia y de todos estos pueblos próximos”, así como un guerrero a caballo que encabezaba la marcha de los morados, que causó un gran efecto, pidiéndose lo propio al resto de cofradías para el año próximo, redoblando sus esfuerzos para ayudar a su consolidación y esplendor: “Para el año que viene, podían abrir la marcha de las procesiones cinco guerreros a caballo, cada uno con el color de su hermandad; podían reformarse muchas túnicas y capirotes, que buena falta les hace; sustituir todas las bombas por blandones y otras cosas que pueden ocurrírseles a las inteligentes personas que están al frente de estas corporaciones”.

El resultado de las celebraciones de 1898 fue magnífico, asistiendo a las mismas gran número de espectadores, no solo de la localidad sino también “mucha gente forastera de los pueblos comarcanos y de nuestros campos, viéndose las calles tan animadas como en los días de nuestras mejores fiestas” y realizándose todos los actos con brillantez, tranquilidad y orden demostrando así, en opinión del anónimo cronista de El Diario de Murcia, que “Caravaca es un pueblo muy sensato y muy cristiano”.