Francisco Fernández García

Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

En la anterior entrega conocíamos la reorganización de las cofradías pasionales caravaqueñas en 1897 y las exitosas celebraciones de Semana Santa tanto de ese año y el siguiente, dando inicio a una nueva etapa en la que los desfiles procesionales comenzaron a arraigar de nuevo.

No obstante, las dificultades regresaron en 1899, año en que los blancos anunciaron su baja, aunque algunos días después cambiaron su decisión, lo que fue muy bien recibido en la población: “así se verán mas animadas dichas procesiones que desde el primer año vienen llamando la atención de propios y extraños”. A pesar de los esfuerzos realizados, los problemas organizativos y económicos se agravaron en 1900, incrementándose el desánimo entre sus partidariosy haciendo peligrar su continuidad: “Sentiríamos que los pesimistas se salieran con la suya, privándonos de un espectáculo que tan alto habla de la cultura y sentimientos religiosos de un pueblo; pues hay que convenir, quo las procesiones que se han hecho en esta ciudad en estos últimos años, han demostrado un elevado sentido religioso y un grado de cultura envidiable; tal era el recogimiento, buen orden y seriedad de dichas manifestaciones religiosas”,decidiéndose a mediados de febrero su supresión ese año.

El anunció generó una corriente de opinión conservacionista que forzó a las cofradías a celebrar cabildos extraordinarios para que reconsiderasen su decisión, comprometiéndose todas a su participación en la edición de ese año. Con el apoyo y colaboración del “culto y católico vecindario de Caravaca”, las cinco cofradías existentes “denominadas de Nuestro Padre Jesús Nazareno, de San Juan Evangelista, de Azotes, de Nuestra Señora de los Dolores y Virgen de la Soledad”, iniciaron los preparativos para que el resultado estuviese a la altura de años anteriores, dedicándose “con verdadero entusiasmo, a la organización de sus coros o pequeñas secciones de música y arreglo de tronos en donde se alzarán cada una de las imágenes que deberán salir en las procesiones proyectadas”. Sin embargo, aún surgiría un nuevo problema, y esta vez de difícil solución, ya que la ciudad se vio gravemente afectada por la epidemia de gripe que desde principios de año se extendió por todo el país produciendo gran número de enfermos, situación que se vio agravada por las bajas temperaturas registradas esos días: “La depresión de la temperatura que súbitamente nos hace retroceder a los días de mayor frío en la estación de invierno, es causa de que se  agrave, y extienda considerablemente tan molesta enfermedad, que degenera en bastantes casos en bronco pneumonias ocasionando la muerte de los que la padecen”.

Con la participación de la banda de música local, que inició sus ensayos en marzo, las celebraciones de 1900 se realizaron con mayor sencillez y menor participación que en los anteriores, dando inicio a una nueva crisis, en las que el desánimo y la apatía se apoderaron de los “procesionistas”, que desatendieron sus cuestaciones y postergaron los “preparativos indispensables”, dando lugar en 1901 a la desaparición de casi todas las procesiones, exceptuando la del Santo del Entierro pagada “por el Sr. Marqués del Salar, pues aquí existen los preciosos elementos y los mayores gastos están hechos”.

La práctica ausencia de procesiones ese año hizo que la única celebrada contara con la asistencia de gran número espectadores, demostrando así el deseo mayoritario de su mantenimiento: “el pueblo, deseoso de rendir homenaje al Crucificado, acudió en masa por todas las calles de transito de tan religioso acto y muy especial a la plaza de la Constitución, la que a no dudar contenía en el momento de entrar a ella la procesión más gente que nunca”.

Lo sucedido en 1901 sirvió de escarmiento a los indiferentes, de modo que en 1902 se reactivaron los trabajos organizativos, acordándose la realización de una colecta popular por las principales calles de la ciudad para allegar fondos, que tuvo lugar el 16 de marzo con excelentes resultados en la que participaron de los presidentes de las cofradías de los blancos, azules y morados “precedidos de sus respectivos estandartes” acompañados por la banda de música. A lo recaudado, se sumó la donación efectuada por el actor y director teatral Manuel B. Arroyo, quien en nombre de su compañía cedió “la mitad de los beneficios de la función efectuada el martes o sea ciento veinte y cuatro pesetas”.

La que al parecer no pudo superar la crisis fue la cofradía de los negros, quien anunció su retirada causando gran malestar en la población: “consideramos su retraimiento y su tendencia a la disolución como una lamentable falta de amor cívico, puesto que ajustándose a la norma establecida por las demás cofradías en el presente año bien escasos habrían de ser sus sacrificios y estos estarían siempre harto compensados con la utilidad que reporta al vecindario la celebración de esas manifestaciones públicas del culto externo”. El resto de cofradías redoblaron sus esfuerzos organizando dos secciones de música en tanto que los encarnados contrataron a la Banda de Música de Moratalla. Debido al éxito de la primera jornada, el domingo 23 de marzo se repitió la colecta, igualmente con buenos resultados “teniendo presente la situación tan precaria por la que atraviesa la ciudad”.

A pesar de la ausencia de los negros  y de que “este año no se contaba con los fondos que otros años anteriores”, las procesiones se realizaron con brillantez, contribuyendo a ello el buen tiempo reinante durante toda la semana. El programa consistió en cuatro procesiones, la del Miércoles Santo, la del Jueves Santo y las dos del Viernes Santo, sobresaliendo la del Santo Entierro “pues además de las magníficas imágenes y numerosos nazarenos iba una lucida representación de todas nuestras autoridades y señores oficiales del Ejército”. Las restantes también tuvieron un buen nivel, “casi todas las cofradías se han esmerado en decorar con muchísimo gusto todos los tronos y las efigies, habiendo resultado todas las procesiones en conjunto muy bien; sobre todo por el gran orden que se ha observado en la carrera de todas ellas, el cual les ha dado un carácter de más majestad”, asistiendo a ellas gran número de espectadores, muchos de ellos venidos de poblaciones cercanas aprovechando la excelente climatología. También fueron muy elogiados el sermón pronunciado en la Plaza por el sacerdote D. Mariano Soto Pérez y las dos secciones de música de la localidad que “a pesar de no haber ensayado más que tres o cuatro días, han ejecutado, sus números, con mucho acierto y limpieza”, así como los monumentos erigidos en las iglesias “preparados con mucho gusto, distinguiéndose los de la Concepción, monjas Clarisas y Carmelitas”.

A pesar de los buenos deseos expresados a la conclusión de la edición anterior, la de 1903 fue notablemente inferior, pues a la ausencia de los negros se sumaron la de los encarnados y los blancos, celebrándose tan solo dos procesiones, ambas el Viernes Santo, la matutina, organizada y costeada por los azules, y la del Santo Entierro a cargo de los morados, participando también en ambas un corto número de nazarenos blancos.

En 1904 se reincorporaron los encarnados, preparándose un programa con cuatro procesiones idéntico al celebrado en 1902, resuelto con eficacia y orden, aunque falto de la brillantez de otros años. En cualquier caso, los organizadores se dieron por satisfechos ya que muchos llegaron a creer que “no se verificarían por el desaliento y desorganización que en todas ellas se advertía”. Todas se realizaron con solemnidad y orden destacando las del Viernes Santo “más concurridas de nazarenos que las anteriores”, siendo también elogiados los tres sermones pronunciados ese año, pues a los dos habituales de la mañana y tarde del Viernes Santo, celebrados en la Plaza, en se añadió otro verificado en la Ermita de Santa Elena en la tarde del Jueves Santo “por ofrecimiento de una familia devota del Nazareno”.

No tengo noticias de 1905 y 1906, por lo que desconozco cuales fueron los motivos exactos de que dejaran de nuevo de organizarse, pero el caso es que en 1907 habían desparecido todas, excepto la de la tarde del Viernes Santo, como recoge la prensa local: “La Semana Santa ha pasado en medio de un tiempo desapacible y frío y la desanimación consiguiente por la falta de procesiones; pues excepto la del Santo Entierro, ninguna de las otras se han verificado”, testimoniando la apatía generalizada y el desinterés por su recuperación: “Ya nadie siente entusiasmo por nuestras procesiones, ni se acuerda de que tales actos religiosos deben verificarse”, lo que dio lugar a una curiosa reflexión por parte del cronista de “El Siglo Nuevo”, aplicable no solo a eso año sino a la generalidad de las celebraciones pasionales en nuestra ciudad: “Esto nos hace pensar en el espíritu del pueblo caravaqueño, que con el mismo entusiasmo como acoge los asuntos suele dejarlos”.