Francisco Fernández García

(Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

Los datos más antiguos que conocemos referentes a la celebración en Caravaca de procesiones durante la Semana Santa datan de 1547. En los casi cinco siglos transcurridos desde entonces muchas han sido las vicisitudes y circunstancias que han tenido lugar; ha habido periodos de esplendor y otros de crisis, incluso algunos en los que las procesiones desaparecieron totalmente no llegándose a celebrar ninguna. En esta ocasión vamos a acercarnos a una de las épocas más interesantes de la Semana Santa caravaqueña, la década de los 60 del siglo XIX, tanto por el lujo y esplendor con que se celebraban los desfiles procesionales como también por los numerosos participantes en ellos. Este hecho fue dado a conocer por José Antonio Melgares hace ya varios años; sin embargo hoy vamos a volver sobre él aportando una información más amplia y detallada gracias a las crónicas aparecidas en el periódico La Paz de Murcia en sus ediciones correspondientes a los días 24 y 26 de abril de 1867.

Tras varios años de decadencia en 1866 se reorganizó la Semana Santa caravaqueña gracias a la competencia que mantenían las dos cofradías existentes, la de Nuestro Padre Jesús y la de San Juan, y también sus presidentes, el señor López Sánchez y el Marqués de San Mamés, respectivamente. Siguiendo el teatral gusto decimonónico, hay que tener en cuenta que tanto los grupos de moros y cristianos como los simulacros de combate y el parlamento se incluyen en las Fiestas de la Cruz aproximadamente en esta misma época, las sencillas procesiones de épocas anteriores se convirtieron en fastuosos desfiles procesionales con escuadrones de romanos a caballo y representaciones de escenas bíblicas.

Parece ser que este tipo de celebraciones se realizaron por primera vez en Caravaca en 1866, alcanzando un gran éxito, a lo que contribuyó también el buen tiempo que hizo. La gran aceptación obtenida hizo que al año siguiente se continuara con el mismo modelo, añadiéndole para dar mayor realce la participación de dos bandas de música, una perteneciente a cada cofradía, aunque la de Nuestro Padre Jesús solo pudo participar en las procesiones de jueves y viernes santo «por no haberse podido concluir los uniformes de sus músicos hasta esos días». El anónimo cronista describe así las procesiones: «Entre las numerosas filas de nazarenos, se han representado varios pasajes de la Biblia, como La prisión de los cinco reyes, La venta de Josef, El sacrificio de Abraham, Moisés en el Sinaí, y otros muchos que no recordamos; y además algunos de la pasión de Jesucristo, como La calle de la Amargura, La prisión de Jesús, Los doce Apóstoles, y otros. Estos pasos eran representados con mucha propiedad por jóvenes de ambos sexos. También acompañaba una comparsa de niños hebreos en cada cofradía y además cerraba la procesión un escuadrón de soldados romanos a caballo, pertenecientes a los blancos o Sanjuanistas».

En los días previos a la Semana Santa se suscitó entre las dos cofradías un agrio enfrentamiento ya que ambas creían tener derecho a sacar la imagen de San Juan. Como no encontraban la forma de resolver el conflicto y para evitar escándalos y polémicas, D. Fernando Díaz de Mendoza, Marqués de San Mamés y presidente de los blancos, se desplazó personalmente para comprar y donar a su cofradía una nueva que salió por primera vez en la procesión de viernes santo por la noche.

El éxito obtenido en este año de 1867 fue aún mayor que el del año anterior, quedando reflejado en la crónica firmada por T. M. publicada en “La Paz de Murcia” el día 26 de abril de ese año: «Las procesiones de semana Santa en esta ciudad se ha efectuado este año con una ostentación la más culta y religiosa, digna de su sensato vecindario. Dos brillantes bandas de música marcial con lucidos uniformes amenizaron aquellos sublimes actos. Más de quinientos nazarenos con hachas y bombas, e infinidad de atributos de la Pasión y muerte del Redentor, aparecieron con todo recogimiento y compostura en el curso de esta solemnidad, que atrajo crecida afluencia de forasteros. En medio de tan excesiva concurrencia reinaron el mayor orden y tranquilidad, haciéndose dignas de elogios y simpatías generales las dos cofradías que, con asiduidad, celo y entusiasmo, rivalizaron dignamente para el mejor realce de la festividad religiosa».

La mencionada imagen de San Juan adquirida por el Marqués de San Mamés, cuya autoría atribuye José Antonio Melgares al escultor Francisco Sánchez Tapia, discípulo de Santiago Baglietto, se conservó hasta 1936 en que fue destruida casi en su totalidad (solo se salvó un trozo de la cabeza) por lo que en 1947 tuvo que ser rehecha por el escultor Juan Sánchez Lozano, a quien se entregó lo que quedaba de la original para que lo integrase en la nueva.

La Semana Santa caravaqueña mantuvo durante algún tiempo la brillantez de estos años, comenzando a decaer a partir de la I Republica. El declive fue en aumento en años posteriores estando cerca de su desaparición, hasta que en el año 1897 un grupo de caravaqueños consiguieron devolverle parte de su antiguo esplendor refundando las cofradías existentes, constituyendo otras e instaurando un nuevo modelo que, con pequeñas variaciones, es el que existe en la actualidad.